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Cultura

ALBERTO GARCÍA-ÁLIX FOTÓGRAFO

El Reina Sofía muestra en una retrospectiva la crudeza y la elegancia del arte de Alberto García-Álix
05.11.08 -

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Con permiso de la RAE -la palabra no está en su Diccionario-, la muestra que desde ayer dedica el Reina Sofía a Alberto García-Álix no es una retrospectiva sino una introspectiva, idea que robamos al comisario, Nicolás Combarro.
El fotógrafo madrileño despliega en esta exposición, titulada 'De donde no se vuelve', su clasicismo estético y su profundidad en la mirada, y ha cambiado su 'chupa' de cuero por un rebecón de lana; el whisky, por un zumo de naranja... Sigue siendo un tío duro, pero a estas horas y en este lugar lo parece menos. «Acabo de despertarme -dice-. Trasnoché y esta mañana a las nueve tuve una entrevista».
-Después de vivir en París se fue a Pekín. ¿Por qué?
-En París hice una trilogía de vídeo. La experiencia fue buena, pero no fuí en buenas condiciones. Era un momento muy delicado de mi vida. Tengo el hígado en una fase 4, con una cirrosis muy avanzada, parte del hígado necrosado y me veo obligado a tomar un tratamiento. Pero, como en la vida vienen todas juntas, atravesaba además una separación sentimental dura. Y me conozco a mí mismo...
-Necesitaba poner tierra de por medio.
-En ese momento no me podía permitir ni el alcohol ni otras cosas. Me doy cuenta de que la única manera de escapar es saliendo de Madrid y empezar de nuevo. Y me voy a París. El primer año, con el tratamiento de Interferón, es muy duro. Fue una etapa de fractura personal muy grande y pasé un momento muy obsesivo y depresivo. Lo superé al año y medio. Dios aprieta, pero no ahoga. Y me enamoré de nuevo...
-¿Cómo fue su experiencia asiática?
-Necesitaba el aliciente de ese viaje. Allí empecé el texto de esta exposición. Me encantó la gente, el país... En muchas cosas me recordó al Madrid de los años ochenta. Hay una eclosión de energía juvenil, de fuerza. Se sienten entrando en la Historia como una gran potencia. Todo es nuevo. Hice muchos amigos.
-¿Se entendía con ellos?
-Yo sonrío y ellos sonríen. A la semana ya tenía pandilla.
-¿Ha tenido que enfrentarse a muchos demonios?
-Como todo el mundo. Demonios tenemos todos. Me siento mi peor enemigo muchas veces por mi carácter patológico.
-Es curiosa su teoría: ve la fotografía como un médium. Habla de su colección de fotografías como una colección de futuros cadáveres y revelar las fotos es algo así como resucitar a los muertos. Todo muy paranormal...
-Es una licencia que me permito, pero no deja de ser verdad. Ves, por ejemplo, un buen día la foto de tu madre o de tu padre que creías perdida y es un poderoso médium que te devuelve al pasado. Mi fotografía siempre ha girado alrededor de mi vida. Cuando hago un repaso de mi obra me veo obligado a dialogar con los que son parte de mi experiencia. Todo está ahí: lo bueno, lo malo, los ausentes... Me meto en el laboratorio a revelar y veo la foto de mi hermano muerto saliendo en esa oscuridad.
-¿Roba algo del fotografiado?
-No le robo nada. Le doy algo y él me da algo a mí. No me gusta mirar. Me veo obligado a mirar con intencionalidad cuando tengo la cámara en la mano. Esa intencionalidad me quita de repente la inocencia. Como fotógrafo decido dónde y cómo mirar.
El último retrato
-Es extraño, porque normalmente creemos que un fotógrafo es un curioso, un voyeur o un tímido parapetado tras una cámara...
-Cuando cojo la cámara soy como un cazador.
-Creo que ha narcotizado todas las penas y hoy se ríe de ellas. -Ha sido una licencia poética. Durante años tuve problemas con los narcóticos, (aunque son maravillosos, qué le vamos a hacer). He sido capaz de dejarlos, que ya es mucho. No tengo demasiados daños encima.
-¿Ha tenido que pagar un precio muy alto por ello?
-He pagado un precio muy alto de ausencia de gente que quería mucho. De la pandilla, queda uno de cada diez. Los recuerdo lleno de cariño y de amor. No tengo remordimientos. Ahora me pregunto: ¿qué habría sido de nosotros si no hubiéramos entrado en aquello?
-¿Es más un optimista con pronóstico reservado que un pesimista crónico?
-Yo soy optimista por naturaleza, aunque mis obras me salen un poco tristes.
-¿Sigue manteniendo dos cámaras: una Leica y una Hasselblad?
-Sí. Para la calle uso más la Leica, es como un cuaderno de apuntes. La Hasselblad implica pararse a mirar más, necesitas más tiempo. Es muy humillante si llevas la cámara y regresas sin una sola foto.
-¿Recuerda cuándo y a quién hizo su última foto?
-El retrato de una amiga hace unos días.
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