En 1983 Barack Obama dejó la multinacional en la que trabajaba como asistente en un rascacielos de Manhattan, llenó el coche con sus bártulos y condujo dos días seguidos hasta Chicago. «Eso es lo que quiero hacer, organizar a los negros en un movimiento de bases por el cambio», decidió. Tenía 22 años. Hoy, a los 47, un millón de personas esperan aclamarlo como nuevo presidente de Estados Unidos en un parque de Chicago al que no le falta simbolismo.
El Parque Grant, a orillas del lago Michigan, fue el escenario de batallas campales con la Policía en el verano de 1968 coincidiendo con la celebración en Chicago la Convención del Partido Demócrata. Paradójicamente el actual alcalde de la ciudad lleva el mismo nombre, Richard Daley, del que la regía en aquella fecha. El actual es el heredero de una familia de políticos blancos, en una ciudad que eligió al primer alcalde afroamericano de EE UU, Harold Washington. Precisamente fue él quien inspiró al joven Obama a seguir su vocación. El aspirante demócrata le escribió varias cartas para colaborar con su movimiento pero no recibió respuesta, así que acabó aceptando un contrato mal pagado de organizador comunitario en barrios pobres de Chicago para un grupo de iglesias.
El alcalde Daley tiene hoy la oportunidad de reescribir la historia de su familia, como la ciudad de quitarse el estigma del 68 y los demócratas de sumarse al movimiento del cambio que ha creado Obama. Pero la frontera entre el éxito de una celebración y la repetición de los errores pasados es muy delgada: sólo 70.000 personas tienen entradas para acceder a la zona acotada que rodeará al escenario donde se espera a Obama a partir de las 10 de la noche (5 de la madrugada en España), hora a la que se cerrarán las urnas en California.
Eso quiere decir que, si se cumplen las predicciones del alcalde, la mayor parte de ese millón de seguidores se agolparán tras las vallas, lo que puede crear momentos de tensión con una Policía que no se caracteriza por ser la más amable del país. Todos los permisos y las vacaciones de los agentes han sido suspendidos. Mantener el orden esta noche costará a la ciudad dos millones de dólares (más de 1,5 millones de euros), que la campaña de Obama ha accedido a reembolsar. «Si cuando tenía 9 años mis padres me hubieran llevado a la fiesta electoral de la victoria de John F. Kennedy sería algo que hubiera recordado el resto de mi vida», explicó a 'The Chicago Tribune' Steve Woods, un vecino de la ciudad que piensa llevar a su hijo.
Alerta del servicio secreto
Y si Obama es elegido presidente también se dispararán las alarmas de seguridad de los servicios secretos. Hace tres meses que su casa, en un área noble del lado sur de Chicago donde se agrupa la comunidad de color, es como una trinchera. Barricadas de cemento protegen cuatro manzanas alrededor de su pequeña mansión Victoriana entre Hyde Park y la universidad. La Policía no permite ni caminar por una de esas aceras custodiadas desde las que no se ve la casa ni de lejos. Si no fueran vestidos de uniforme y llevarán rifles de asalto rusos parecería un hotel de extranjeros en la Zona Verde de Bagdad. Poco más se puede hacer para protegerle, aparte de trasladarle a un búnker con escudos antimisiles como es la Casa Blanca.
La Universidad de Chicago en la que Obama tuvo un día su despacho ha mantenido la zona como una isla cosmopolita en medio de un área obrera y segregada con barrios de los que han querido huir los propios negros para criar a sus hijos lejos de la marginalidad y la delincuencia. El de Obama, sin embargo, nunca terminó de perder el esplendor de esas mansiones de los años veinte, que aunque pasó por tiempos de decadencia ya ha recuperado el nivel de clase media alta.
El candidato no esperará en casa los resultados, sino en el hotel Hyatt, cercano al Parque Grant donde la campaña ha establecido su sede para la noche electoral. Otro lugar con simbolismo en la memoria de la promesa demócrata criada en la exótica Hawai, que en su libro 'Sueños de mi padre' recordaba cómo a los 11 años recaló en un motel de la llamada 'loop' de Chicago de la mano de su abuela, quien decidió que era hora de que conociera el territorio peninsular de EE UU.
Hasta el tiempo sonríe a Obama. Los meteorólogos predicen para hoy las temperaturas más suaves que se hayan dado en una noche electoral en los últimos 44 años, un alivio para quienes temían las horas de espera bajo el relente en una noche de noviembre en Chicago. Previsiblemente los puestos de chocolate caliente que ha autorizado instalar la campaña demócrata en sintonía con las autoridades municipales no harán tanto negocio como esperaban, pero gane o pierda el senador por Illinois, la de hoy será una noche caliente en la ciudad de Al Capone.