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ALAVA - VIZCAYA | Personalizar edición | RSS | ed. impresa | Regístrate | Miércoles, 22 octubre 2014

Vizcaya

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Dicen que la humanidad se divide entre aristotélicos y platónicos. Los bilbaínos, en cambio, lo hacemos entre los que piensan que es un tigre y los que piensan que es una leona. Hablo, por supuesto, del portentoso felino que habita la azotea de un conocido edificio de Botica Vieja, en Deusto. El debate sobre la naturaleza del animal pertenece a esa intrahistoria jocosa e insignificante que anima la vida de todas las ciudades, incluida la nuestra.
Quienes llevan años defendiendo que la bestia es una leona se llevarán un chasco al ver estas fotos. Fíjense en la zona clave: es un tigre. No hay más que hablar. En algunas tabernas castizas, en lugar de bilbainadas, hoy van a entonarse palinodias.
El tigre de Deusto fue esculpido en 1943 por Joaquín de Lucarini, un artista que sabía muy bien lo que hacía y que quizá por eso ha pasado al olvido. Entre otras obras, completó el conjunto escultórico sobre el Cid del puente de San Pablo de Burgos. También la elegante niña lectora que está en la Alameda del Conde de Arteche, junto al parque de Doña Casilda.
La escultura del tigre fue un encargo de la empresa de correas que tenía su sede en el edificio. Hay quien sostiene que el dueño tuvo algún encontronazo con la burguesía local y se vengó coronando su fábrica con una fiera que ruge día y noche mirando hacia Indautxu.
El tigre comenzó siendo un emblema publicitario y hoy es uno de los símbolos de la ciudad: una de esas cosas nuestras, de toda la vida, que sólo tienen sesenta años. Obsta decir que a la gente el bicho nos encanta. Entre otras cosas, porque es un tigre que tiene aspecto de tigre y no de silla, como el 80% de las esculturas del momento. Además de hermoso y realista, es hiperbólico, fantástico y terrible.
Podría haberse escapado de una película de Ray Harryhausen. Sin duda. hay mucho que agradecerle a este felino. Gracias a él, Bilbao se parece un poco menos a Bilbao y un poco más a Gotham, sobre todo cuando anochece y se pone a llover en serio.
Magnífico e inverosímil
Testigo de nuestro pasado industrioso y embajador de nuestro presente de 'videoclip', el tigre de Lucarini resulta al tiempo magnífico e inverosímil. ¿Qué hace esa fiera ahí, en el tejado?, nos preguntan, al pasear por Abandoibarra, los amigos que vienen de visita. Nosotros no sabemos muy bien qué contestarles porque, visto con frialdad, es un poco raro que haya un felino de nueve metros de longitud encima de un edificio de viviendas.
Ahora, al menos, tenemos la seguridad de que se trata de un tigre y no de una leona. Las dudas han quedado totalmente disipadas. Es un pequeño paso para la zoología, pero uno enorme para los debates de la villa. Un tigre, demonios. ¿Qué otra cosa iba a ser? Un tigre de 'terrible simetría', como el de Blake. Un tigre como el de Borges; a saber: fuerte, inocente, ensangrentado y nuevo, sólo que bilbaíno y de hormigón. Ahí es nada.
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