Tienen más de seis millones de habitantes. Son bombas de relojería detonadas por complejos mecanismos sociales y económicos. Junglas de asfalto en las que gentes de toda condición luchan por su espacio y su supervivencia. Lugares en los que reina el anacronismo. Hogar de los rascacielos más modernos y las chabolas más rudimentarias. Exponente del más preciado legado cultural y del neoliberalismo más feroz. Terreno para gigantescos complejos residenciales de lujo y para la actividad de todo tipo de mafias. Tráfico de personas, estupefacientes y armas frente a pujantes centros comerciales. Burdeles de mala muerte junto a magníficos centros de belleza. Extremos que se dan la mano. Seis de las diez ciudades más pobladas del mundo están en Asia y la proporción va en aumento. La reforma agraria propuesta por la Asamblea Popular China no hará sino alentar la emigración rural que nutre las gigantescas urbes del siglo XXI. El país de Mao y el de Gandhi serán los que acojan las mayores aglomeraciones urbanas en 2015. El mito de México DF tiene los días contados.
Hong Kong, siete millones de habitantes, ocho de la tarde. El neón releva al sol. Las calles, hasta entonces casi despobladas, se llenan de vida. Los monótonos pitidos de los semáforos marcan el ritmo de una población ávida de gastar. Se llenan los centros comerciales y los restaurantes. Abren sus puertas los clubes de lujo. En esta ex colonia británica habitan tres de los veinte hombres más ricos del planeta. Y se estima que un 15% de la población es millonaria. En euros.
En la otra cara de la realidad, el mendigo que rebusca en los contenedores de basura junto a un imponente edificio de 50 plantas. Vestido con bolsas de basura que dejan ver más de lo que tapan, encuentra una lata de atún. Rebaña su contenido y la introduce en una de las cajas de cartón que empuja con un rudimentario carrito. Es uno de los muchos 'recicladores' extraoficiales de la ciudad. Chatarreros y recogedores de cartones que hacen de las sobras de la riqueza su modo de vida. A su lado, vehículos de lujo y ejecutivos de Armani.
Hacinados y con iPhone
Zhou Shizhen tiene un buen trabajo. Su renta anual, 32.000 euros, un 30% más que la media de España. Sin embargo, sólo puede pagar el alquiler de un diminuto y destartalado apartamento de Kowloon, la parte continental de Hong Kong. Un piso de 43 metros cuadrados en un gigantesco bloque de 47 plantas «Son frecuentes los complejos residenciales de 500 familias. Vivimos hacinados pero con la última tecnología», comenta. Su iPhone 3G contrasta con un frigorífico anticuado, un cuarto de baño propio del tercer mundo y un sofá lleno de parches. Ahora, poco a poco, se va viendo relegado por inmigrantes chinos, que van traspasando en silencio la frontera que separa la ex colonia británica y el continente, teóricamente un mismo país. La reforma agraria, dice, «sólo empeorará las cosas». Ciudades de más de diez millones, como Chongqing, Tianjin, Guangzhou y Shenyang están ya a punto de explotar.
Dos mil kilómetros separan Hong Kong de Calcuta, explosivo cóctel de 15 millones de almas. Calles cubiertas de cuerpos ennegrecidos por el sol, pieles curtidas y ojos sin brillo. A las cinco de la madrugada, el asfalto de la capital del estado de Bengala se asemeja a una fosa común. Miles de personas descansan sobre él enrollados en mantas. Algunos perecen de noche y son recogidos por los servicios municipales. Apenas amanece, la segunda ciudad más importante de India es un cementerio viviente.
Pero hay quienes disfrutan de los últimos modelos de Mercedes, o de saris bordados en oro y adornados con piedras preciosas. Ha nacido una pujante clase media de jóvenes informáticos y empresarios que han encontrado su lugar en el mundo globalizado. Que disfrutan de los cada vez más numerosos establecimientos de ocio para la élite india, en un país que, según Naciones Unidas, tiene una de las mayores bolsa de pobreza del mundo. En ciudades como Calcuta, Nueva Delhi o Bombay, esa bolsa se desborda. Las tres dan cobijo a más de diez millones de personas, de las cuales alrededor de un tercio vive en la pobreza más extrema.
Es el caso de Kumar, un hombre de 32 años que vive en la calle con toda su familia. Tiene tres hijos, el más joven de pocos meses. Vive con su mujer y con los padres de ambos, y hurgan en la basura de uno de los vertederos. El sucesor de mayor edad, de 7 años, lo acompaña en su tarea mientras la madre y los ancianos mendigan en las congestionadas avenidas de Calcuta. Cocinan y comen en su trozo de asfalto, sobreviven a duras penas. Son un ejemplo de las miles de familias que han abandonado el campo para buscar un futuro en la gran ciudad. «Ya no podemos volver», lamenta Kumar. «No hay trabajo, no hay esperanza. Sólo espero que mis hijos puedan vivir en mejores condiciones». Ninguno de ellos está escolarizado. «Si fueran al colegio, ¿quién nos ayudaría a conseguir dinero?», pregunta la madre, que, llevada por la desesperación, aprovecha su aún atractivo físico para prostituirse. 50 rupias por servicio (1 euro). Su caso se repite en otros gigantescos núcleos urbanos como Dacca, capital de Bangladesh, o Karachi, capital económica de Pakistán.
El lado oscuro
En todas ellas, las nuevas zonas residenciales, protegidas por seguridad privada y equipadas con todo tipo de amenidades, no tienen nada que ver con las escenas de los depauperados suburbios. Un mundo paralelo, aislado de la dura realidad de la mayoría. Oasis de paz en un desierto tumultuoso. Impecables piscinas, pequeños parques, modernos gimnasios y selectos clubes son habituales dentro de sus fronteras electrificadas. Parece como si la polución atmosférica no se atreviera a penetrar en ellas.
Manila, doce millones de habitantes. Bangkok, nueve millones. Miles de calles por las que fluye la vida. Mareas de vehículos que confluyen y divergen. Un caos tan atractivo para unos como repulsivo para otros. Un impecable hombre de negocios conversa por su móvil mientras espanta a un mendigo. Un puntapié. Turistas se fotografían frente al Intramuros de la ex colonia española y el exuberante Palacio Real de la capital tailandesa. Una hora para medianoche. El neón ya parpadea y los taxistas se afanan en conseguir que sus clientes se dirijan hacia Patpong, uno de los centros de la piratería y la prostitución de Bangkok, o hacia alguna 'casa' de jóvenes prostitutas de Manila. Exiguas minifaldas, ceñidos pantalones, miradas lascivas y besos en el aire.
«No hay nada que no se pueda comprar en las grandes ciudades asiáticas», comenta el gerente de un burdel de lujo de Bangkok, meca del turismo, sexual y lúdico en el sudeste asiático. Pero no sólo sucede en países en vías de desarrollo. Singapur, una reluciente ciudad-estado de seis millones de habitantes, paradigma de la riqueza de la región, se ha visto sacudida por escándalos protagonizados por adolescentes que se prostituían para obtener bienes de consumo. Se une el tráfico de drogas, castigado con la pena de muerte en el continente. Pese a ello, al caer el sol, Yakarta, capital de Indonesia y una de las urbes más inseguras del sudeste asiático, con doce millones de personas, se convierte en un polvorín. Redadas de policías, muchos de ellos corruptos, sangrientos enfrentamientos entre bandas y la delincuencia organizada se apoderan de la noche en las grandes aglomeraciones metropolitanas. Lo más cercano al infierno en la Tierra.