Un viejo aeropuerto de techos bajos y grandes soportales en la entrada, una circunvalación sin fin silueteada por una inacabable marabunta de coches, paisaje de favelas a la derecha y suntuosos rascacielos de oficinas a la izquierda, una manzana de hoteles alineados con vistas a la avenida de Interlagos, la sede del vetusto circuito dedicado al gobernador de Sao Paulo José Carlos Pace... Esa panorámica se ha grabado a lo largo de años en la retina de Fernando Alonso, un consumidor compulsivo de imágenes, que ni olvida ni borra de su disco duro. Es el Sao Paulo de sus dos coronaciones como campeón del mundo, de su accidente, de su pelea con McLaren. Brasil nostálgico para el asturiano, que ayer firmó el mejor tiempo de la sesión pero que echa en falta el foco estelar del protagonista de la pelea.
«Vengo a Brasil y recuerdo cuando pisé por primera vez el aeropuerto, las calles, el hotel, los carteles publicitarios, las casas -cuenta Alonso-. Llegué como uno más y cuatro días más tarde me fui como campeón del mundo. Me gusta este país».
La relación de Alonso con Brasil evoca el episodio de 2007, la salida de pista de Hamilton, la disputa de los dos coches McLaren y el éxito inesperado de Raikkonen. Pero en este país, ha vivido en la montaña rusa. Desde 2001, cuando a bordo de un Minardi, se hospedó en un hotel «con aspecto de favela», hasta ayer. En 2003 empotró su Renault recién estrenado contra las vallas de Interlagos y, camino de la ambulancia, levantó el pulgar para tranquilidad de los suyos. En 2005 y 2006 encadenó sus dos títulos mundiales. Y en 2007 pregonó su divorcio con McLaren en una carrera irrepetible.
La rutina de la F1
Esa cadena de sensaciones sobre la pista se transforma en vida de autómata fuera de ella. En 2007, como en 2003, Alonso repite residencia. Se aloja en el barrio de Morumbi, exclusivo sector de la ciudad con vistas a la pobreza del otro lado de la Marginal Pinheiros. Y como el año pasado, y el anterior, y el de más atrás, la gerencia del Hilton le ubica en la misma habitación. El mismo hotel, la misma alcoba, las mismas vistas, el mismo coche a la puerta con chófer para el transporte a Interlagos... «Es la rutina de la Fórmula 1», sonríe.
A Sao Paulo ha regresado su fiel Amadeo, un ex 'boina verde' curtido en mil batallas que le guía por una de las ciudades más peligrosas del mundo. Recién llegado del Amazonas y siempre sonriente y solícito, transporta al ovetense hasta el barrio de Interlagos. El circuito se construyó hace más de treinta años fuera de la urbe, en la superficie de la nada, y ahora es parte del extrarradio rodeado de favelas y una inquietante visión de penurias. Un proyecto en estudio de las autoridades locales pretende trasladar el Gran Premio de Brasil del viejo Interlagos a la parte alta de Sao Paulo.
Alonso asiste como oyente al duelo entre Hamilton y Massa, lejos del cartel estelar de otras tardes. Sin dar apariencia de envidia: «El podio es el objetivo máximo en esta carrera. Mentiría si dijese que un quinto puesto me va a satisfacer después de la mejoría del coche. Todo dependerá de cómo se desarrolle la carrera».