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Política

31.10.08 -

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Los primeros momentos tras un atentado son de auténtica confusión, de voces temblorosas por la incertidumbre sobre la suerte que hayan podido correr los compañeros. No importa el frío, la lluvia ni el miedo que uno lleva en el cuerpo después de ser testigo de la explosión, de sentir cómo tiembla el suelo a tus pies poco antes del estruendo. Lo importante es saber lo que ha ocurrido con los «demás», si han tenido tanta suerte como tú.
Por eso los teléfonos móviles jugaron ayer un papel fundamental para dar sosiego a la comunidad universitaria navarra frente al drama del terrorismo de ETA. Gracias a él muchos avisaron a los suyos de que estaban sanos y salvos, pudieron comunicarse con sus compañeros y algunos incluso se atrevieron a sacar fotos con el teléfono inmediatamente después de la explosión. Marta lo hizo mientras escapaba del lugar y sus imágenes -algunas de ellas protagonistas de la portada de EL CORREO DIGITAL durante el día de ayer- revelan la confusión provocada por el atentado, la huida de los estudiantes en medio de un jardín embarrado con una columna negra de fondo. La deflagración provocó lesiones de distinta consideración a 28 jóvenes: ansiedad, nerviosismo, cortes por el impacto de cristales reventados por la onda expansiva y tímpanos perforados, entre otras heridas. Ninguna de carácter grave. El aula más afectada fue la número 18.
El azar jugó su papel. Lo sabe una estudiante tinerfeña a la que la explosión le cogió dentro de su coche hablando por teléfono. Acababa de aparcar a unos 30 metros del lugar de la detonación. Durante una hora había intentado hallar un hueco en las proximidades del coche bomba. Harta de intentarlo, desistió. «No estoy muerta porque Dios no lo quiere», acertaba a decir.
Teresa, bilbaína de 22 años y estudiante de Filosofía y Periodismo, logró confirmar por el móvil que los suyos estaban bien, pero también que los alumnos de Arquitectura estaban retenidos durante un tiempo hasta que la Policía comprobara que no había peligro de más bombas -hubo una llamada falsa en tal sentido-. En su estreno con la cara más cruel de la actualidad, decidió acercarse hasta el edificio más afectado por la explosión junto a unos compañeros, tras dar un rodeo por el espacio acordonado. Preguntaron a un policía que custodiaba el inmueble por la situación de los alumnos. Les tranquilizó saber que ya habían sido desalojados, pero que él no estaba para dar información, que «eso es cosa del gabinete de Prensa». Teresa, con las playeras de barro hasta el tobillo, siguió su ejercicio de periodismo, cuaderno en mano. La lección de ayer fue que la vida está por encima de todo.
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