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Economía

30.10.08 -

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E l proceso de fusión de las cajas vascas inicia su fase final. Lo hace amputado del vértice menor, una vez que la Vital ha decidido esperar a mejores tiempos antes de sumarse a la iniciativa. Por el contrario, tanto la BBK como la Kutxa y los poderes que dirigen a ambas se han cansado de las innumerables trabas que aparecían en la fusión 'a tres' y han decidido tirar por la calle de en medio y plantear un proyecto 'a dos'. La búsqueda del tamaño ha sido una constante en el sector financiero y su bondad ha sido un dogma de fe que no necesitaba justificación racional. Curiosamente, el tamaño no ha servido de defensa a las muchas instituciones financieras -todas, muy grandes- que han sucumbido a los embates de la crisis actual. Bancos y cajas gigantescos, supranacionales y poderosos han visto cómo se diluía su solvencia y cómo se malbarataban sus balances en cortísimos períodos de tiempo.
Pero, a pesar de la experiencia vivida, no hay duda de que la búsqueda de tamaño va a seguir siendo un objetivo de primera línea en los próximos meses y en todo el mundo. A mí no me parece mal y, vista así, hay que aplaudir la fusión de las cajas vascas. No obstante, no consigo olvidar otro objetivo de igual importancia teórica o, mayor aún, si introducimos en la ecuación el aspecto público de las entidades concernidas. Me refiero a la competencia, que quedará algo cercenada en el ámbito vasco.
Desde un punto de vista completamente aséptico se podían haber compaginado ambos objetivos -tamaño y competencia-, pero deberíamos haber seleccionado al compañero de viaje ideal entre las entidades complementarias, en lugar de entre las vecinas. Claro que eso nos conduce directamente al asunto del poder. Y ahí topamos con la insalvable muralla que rodea a las cajas vascas.
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