La 'mano de Dios' acunará la selección argentina de fútbol. La religión color albiceleste. Diego también tiene la suya. Le rezan a diario más de 100.000 almas, incondicionales de un ángel caído, jugador al que nadie enseñó los códigos de la fama, un ejército de fieles que integran la Iglesia Maradoniana. El 'pibe de oro' resurge otra vez de sus cenizas, del fango del alcohol y las drogas, lugares comunes de un astro derrotado por la vida. Pero el balón, que le ha hecho inmortal, le vuelve a brindar la enésima ocasión para redimirse de sus excesos. Hoy, en su 48 cumpleaños, y salvo problemas de agenda, será presentado como nuevo seleccionador de su país. «No tiene ningún punto de comparación con los otros regalos», confesó ayer 'El Pelusa'.
Los malos resultados han acabado con Alfio Basile y la paciencia de la Asociación del Fútbol Argentino (AFA), que ha decidido depositar su confianza en Diego Armando Maradona. A su lado estará Carlos Bilardo, director técnico de la selección, el hombre encargado de custodiar al que muchos consideran como el mejor futbolista de todos los tiempos. 'El pibe de oro', que siempre ha demostrado un indisimulado desprecio por el riesgo, pondrá en juego algo mucho más valioso que la clasificación de su país para el Mundial de Sudáfrica: su imagen de mito. La apuesta de su vida.
La prolija carrera como jugador - ha disputado casi 700 partidos oficiales y ha marcado 345 goles- contrasta con su escasa experiencia en los banquillos. Casi nula. Maradona ha entrenado tan sólo al Deportivo Mandiyú y al Racing de Avellaneda y el resultado, desvelan las estadísticas, fue un desastre. Aguantó seis meses como técnico -entre los dos equipos- y de los 23 partidos dirigidos apenas sumó tres victorias. Ahora, sin embargo, se hará cargo de Argentina y su margen de error es mínimo.
Para que la responsabilidad no abrume al 'Pelusa', de nuevo en las trincheras, contará con el apoyo de Bilardo. Pero el nuevo preparador argentino, no obstante, ya ha aclarado que nadie tomará las decisiones por él. «El silbato lo empuñaré yo», advirtió. El director técnico de la albiceleste aseguró que «Maradona tenía mucho entusiasmo por estar en la selección nacional. Después de jugar tres mundiales -ganó el de México'86- ya le ha llegado el momento y debe aprovecharlo».
«Él estará en la cancha»
Muchos han expresado su temor de que se produzca una bicefalía al frente de la selección, pero Bilardo ya se ha encargado de espantar el fantasma de los egos. «Siempre tiene que haber un número uno, que es el que tiene que hacer las cosas y dirigir, solucionar los problemas y escuchar a todos. Yo me dedicaré a la parte técnica y a las tácticas. Él -en referencia a Maradona- estará en la cancha y yo a su lado, si quiere; si no, me pondré arriba para que no haya problemas».
Maradona ya ha aclarado que su primera tarea consistirá en «hablar con los jugadores que están en el país». Después, según avanzó el suegro del Kun Agüero a la emisora La Red, viajará a Europa para conversar «con los muchachos de allá». Uno de ellos será Lionel Messi, al que hace no mucho acusó de ser demasiado «individualista»; vamos, un chupón. El futbolista del Barcelona, no obstante, mostró ayer su lado más conciliador y se lo puso fácil al nuevo técnico de Argentina. «Sé que Diego me aprecia y no le guardo rencor». Y también se refirió a su querencia por el balón. «Soy así desde que era un 'pibe' y no intento cambiar; soy instintivo».
El chico que empezó a dar sus primeras patadas en la Villa Florito, un barrio de chabolas a las afueras de Buenos Aires, de familia humilde que pasó necesidades, alcanzó el estrellato y luego se dio a la mala vida. «Me habían subido a la cima de la fama y, una vez allí, nadie me dijo qué tenía que hacer», se sinceró Maradona. La cocaína le secuestró la voluntad. Se sucedían los positivos, las clínicas de desintoxicación, el exilio a Cuba e incluso se temió por su vida. Además, por sus causas penales relacionadas con las drogas tiene prohibida la entrada en algunos países.
Ahora le toca rehabilitarse a los ojos de una nación. Del mundo entero. Al frente de la albiceleste. El salvoconducto de un mito que, según cantó Calamaro, no era una persona, sino «un hombre pegado a una pelota de cuero».