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La vigesimosegunda enmienda obliga a respetar la tradición impuesta por el primer presidente de rechazar el tercer mandato
28.10.08 -

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Dos frases, dos momentos, un solo hombre. A poco que la realidad se empeñó en demostrar que en Bush nada era lo que parecía tras el 11-S, una frase se extendió desde la playa de Sausalito hasta la isla Ellis: «Esto no ocurriría si la ley permitiera que Bill Clinton hubiera podido presentarse a un tercer mandato». Algún tiempo más tarde, cuando las armas de destrucción de Sadam no aparecieron bajo ninguna alfombra iraquí y los cadáveres de los soldados norteamericanos regresaron a casa cubiertos por la bandera de las barras y las estrellas, surgió otra: «Menos mal que existe el límite constitucional que impide que presidente pueda ser reelegido dos veces».
Bush, en su complicadísima simplicidad, lo ha conseguido. Ha logrado unificar a republicanos y demócratas en la creencia de que se ha ganado con méritos incuestionables el título de peor inquilino de la historia de la Casa Blanca. Adonde no podrá aferrarse gracias al espíritu de George Washington y la restricción de la enmienda vigesimosegunda, la que le desterrará su desastre a su rancho de Crawford, cerca de Waco, escenario de otro esperpento, el de los davidianos. El gran politólogo Pierre Hassner sostiene que «América sigue siendo un Estado fuerte que puede sobrevivir a Bush. Está la enmienda vigesimosegunda que vela porque los políticos no permanezcan en el poder más tiempo del conveniente».
Desde 1951 ningún presidente norteamericano puede disfrutar de más de dos mandatos. Lo marca una enmienda de la Carta Magna redactada básicamente por el hecho de que el demócrata Franklin Delano Roosevelt ocupó el Despacho Oval cuatro legislaturas consecutivas (1932, 1936, 1940 y 1944) amparado en la urgencia creada por la Segunda Guerra Mundial. Era la 'causa mayor' que permitía el ritual de la democracia del Capitolio. Bush tuvo también la suya, la guerra de Irak, y los americanos cumplieron con la tradición de no cambiar de comandante en jefe de las Fuerzas Armadas en pleno proceso bélico. Así llegó su segunda parte. En su defensa habría que confesar que también a Abraham Lincoln le ocurrió lo mismo durante la Guerra de Secesión.
El ala legislativa republicana forzó la situación para impedir, según señalaba en aquella época, que el presidente acabara por acumular demasiado poder. Eso sí, el partido entonces en la oposición tuvo la deferencia de esperar a que muriera Roosevelt para sancionar la nueva norma. Lo pagó Harry Truman, el vicepresidente que le sustituyó durante los dos últimos años del mandato y que, por tanto, sólo pudo ser reelegido en una ocasión.
«Elecciones continuas»
«Las elecciones deben ser libres, continuas e indefinidas». La frase es de George Washington. Fue el gran defensor de la rotación en la Casa Blanca, consciente de que hubiera sido muy difícil convencer al pueblo americano, tan obsesionado por el espectro de la tiranía, de la conveniencia de largos mandatos. El texto original de la Constitución firmada en Filadelfia aseguraba que «el presidente será elegido por cuatro años y podrá ser reelecto tantas veces como el pueblo de Estados Unidos piense que vale la pena otorgarle la confianza». Pero Washington opinaba que «esas circunstancias asemejarían al máximo dirigente del país con las monarquías hereditarias europeas» y estableció en 1776 un ejemplo que nadie se atrevió a no seguir. Declinó presentarse a la reelección al final de su segundo mandato. «Una república debería estar por encima de cualquier hombre».
Allí nació una norma no escrita que alentó a todos sus sucesores a considerar el retiro al finalizar sus segundos cuatrienios. Thomas Jefferson no pudo negar «el sonoro precedente» marcado por su antecesor. Adams, Madison, Monroe, ... y hasta Lincoln siguieron el ejemplo. Otros -como Theodore Roosevelt- trataron de saltárselo, pero las primarias de sus propios partidos les recordaron que la tradición se respeta. «El pueblo ha previsto sabiamente que, para reformar el poder, debe pasar por sus propias manos cada cierto tiempo». Así nació una tradición que dura hasta la actualidad, una ley no escrita hasta 1951. Ese año nació la vigesimosegunda enmienda.
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