De lejos, los garabatos de Cy Twombly parecen todos iguales, líneas curvas y amalgamadas, nacidas de la espontaneidad y del radio de acción de la muñeca y el brazo. Hay que acercarse para comprobar que no hay dos trazos iguales, como no existen dos segundos idénticos en la vida, y que las curvas y cabos sueltos traslucen energía y pasión, sí, pero también inquietud y sufrimiento. Es como si Twombly se acercara a una pared para pintar sus grafiti y tratara de comunicar al mundo sus complejos sentimientos. Belleza y desazón: así se define lo sublime, y si hubiera que ilustrarlo valdría con sus cuadros.
Esas líneas delicadas y tumultuosas, fechadas entre 1955 y 1959, o entre su estancia en Nueva York y su asentamiento en Roma, es lo primero que se ve en la exposición 'Cy Twombly', que ayer se inauguró en el Guggenheim comisariada por Carmen Giménez.
A lo largo de las cien obras que componen la muestra, Twombly, de 80 años, desarrolla sus técnicas y sus estados de ánimo, visibles en su empleo del color, desde el rojo que domina su serie 'Ferragosto', pintada en Roma durante el caluroso verano de 1961, hasta sus superficies negras y grises con pequeñas inscripciones cuadriculadas, que hizo con pintura industrial diez años más tarde.
Acompañada del director general del Guggenheim, Juan Ignacio Vidarte, y de Nicholas Serota, director de la Tate Gallery de Londres, coorganizadora de la exposición, Carmen Giménez subrayó la fascinación del pintor estadounidense con la cultura clásica europea y la de Asia Central, la de Afganistán e Irán. Seducido por ella, dejó el centro mundial del arte después de la Segunda Guerra Mundial, Nueva York, y se instaló en Roma. Fue una de las señales de que Twombly iría a contracorriente en su carrera, aunque no la única.
Uñas clavadas
Casi al final del recorrido se expone 'Nueve discursos sobre Comodo', la serie que compró el Guggenheim en 2007 por 21,5 millones de euros. Considerada como una de las obras clave del arte contemporáneo y una gran adquisición a juicio de Serota, el ciclo representa la caída del Imperio Romano y significó un profundo bache en la trayectoria de Twombly. Expuesta en la galería Leo Castelli de Nueva York en 1964, los críticos no sólo le enseñaron las uñas; también se las clavaron.
No entendieron que siguiera a su modo el trazo libre y automático del expresionismo abstracto, una corriente que entonces se daba por enterrada. Su pintura, en este sentido, recordaba demasiado a la de Pollock, a quien él admiraba. Y su pasión por el clasicisimo se consideró como una falta de sintonía con los tiempos, con el triunfo y la crítica del presente que pregonaban Andy Warhol y los propios amigos de Twombly, Robert Rauschenberg -que ha prestado varias piezas a la muestra- y Jasper Johns.
Incluso se permitió pintar «fuera del estudio» -al natural- en la serie 'Bolsena', como recordó Serota, una costumbre encumbrada por los impresionistas pero totalmente pasada de moda en los sesenta, años más afines a los espacios densos y llenos de humo como la Factory del propio Warhol.
Sólo desde los años ochenta, cuando el prestigio del minimalismo disminuyó y la 'pintura-pintura' volvió a reivindicarse, empezó a levantar cabeza. Vivía lejos del bullicio neoyorquino, en su querida Italia, cerca de los clásicos, alérgico a esclavitudes mercantiles del arte, aunque con saneados compradores en Alemania y Suiza.
'Nueve discursos sobre Comodo', serie ya vista en la muestra 'Arte en América', ha estado cuarenta años en una colección privada en Roma hasta que la compró el Guggenheim. En ella está la carrera posterior del artista, los fondos grises, los grumos de pintura, las explosiones de color, la ligereza del blanco. Serota confesó su «envidia» por que el Guggenheim tenga en sus fondos esos cuadros, si bien la Tate posee las 'Cuatro estaciones', lienzos de gran formato que generan con la serie 'Ferragosto' la sala más vistosa, cálida y alegre de la exposición.
«Su obra se inspira en los maestros históricos, pero no los imita. Trata de que brote su espíritu», resume Giménez, conservadora de la Fundación Guggenheim en Nueva York. La muestra también acoge, sobre todo en la primera planta, una selección de su obra escultórica, que abandonó en 1959 y que está hecha con objetos 'poco respetables', como un pay-pay o unas cajas de madera para embalar. En esto se asemejaba a Rauschenberg, pero Twombly le daba de nuevo un aire clasicista pintando todo de blanco, mientras que su amigo mostraba esos materiales en toda su crudeza.
Despúes de proscrito, Twombly se ha convertido, como sus artistas más admirados, en un clásico. Reservado y taciturno, según quienes le conocen, por fin ha logrado, quizá a su pesar, la fama.