N o hay alcalde en España que no aspire a tener su propio palacio de congresos, un edificio fardón que acoja eventos multitudinarios, saraos emblemáticos, ferias potentes, festivales cosmopolitas. Los palacios de congresos son el último grito en la decoración de municipios. Puestos a elegir entre un parque o un palacio, los alcaldes no tienen dudas: «Llama a algún arquitecto de esos extranjeros que vamos a plantar aquí un palacio de congresos bueno».
Ya lo ven, las ciudades comienzan a molar en serio cuando tienen su megacentro de reuniones. El éxito es total si se consigue construir un edificio más feo y faraónico que el de los pueblos vecinos. En Villarriba se mueren de envidia porque el centro de convenciones de Villabajo es más grande y tiene más auditóriums que el suyo.
Una vez construido el tremendo armatoste, el alcalde lo inaugura y se saca un millón de fotos para la posteridad. Después, en el cóctel, llama a su mano derecha y hace con él un aparte: «Buen trabajo Gómez, oye, una pregunta: ¿esto del palacio de congresos para qué sirve exactamente?». Entonces Gómez le da un par de vueltas al asunto, pone cara de estratega y aventura una hipótesis: «No lo sé, alcalde, ¿tal vez para hacer congresos?»
En ese preciso instante la cosa se complica. Por lo que se ve, estamos a punto de que en el país haya más palacios de congresos que congresos propiamente dichos. Eso es un problema, claro. No hay mercado para todos. Jon Ortuzar, el director del Euskalduna, pronostica que el sector «cascará» pronto. Mientras tanto, ya hay palacios que, viendo que no tienen una feria de podología que llevarse a la boca, están tirando los precios. La Asociación de Palacios de Congresos de España señala que la competencia es atroz. Y eso sólo en los mejores casos. En los peores, es directamente desleal.
Lo gracioso es que siguen construyéndose palacios de congresos. Muchos. Un 30% más cada año. No debe de resultar sencillo convencer a un alcalde ilusionado de que no tiene sentido abrir un Centro Internacional de Ferias y Convenciones en su coqueta pedanía montañesa. «¿Por qué nosotros no si todo el mundo tiene uno?», nos contestará. Igual habría que reunirlos a todos y organizar un congreso para explicarles crudamente la situación.