A finales de 2006, el relator especial de la ONU para la vivienda, Miloon Kothari, visitó algunas ciudades españolas, entre ellas Bilbao. Lo que vio no debió gustarle demasiado porque unos meses después advirtió que en poco tiempo el país se enfrentaría a una «grave crisis inmobiliaria» que afectaría a «gran parte de la población». El experto de la ONU afirmó que el mercado inmobiliario español estaba en manos de unos pocos actores que se repartían «ganancias astronómicas» e instó al gobierno a controlar la especulación.
Como es lógico, en aquel momento al señor Kothari nadie le hizo el menor caso. Estábamos a otras cosas, francamente ocupados. Vivíamos nuestros últimos momentos en el interior de la burbuja inmobiliaria, esa monstruosa pompa de jabón rellena de gas anestesiante. Eran tiempos frenéticos. Mientras unos suplicaban hipotecas draconianas para comprar pisos de precios desorbitados, otros fantaseaban con la millonada que alcanzaría su casa en pocos años. Se hablaba de los pisos con una mezcla escalofriante de deseo y veneración. Los pisos, los pisos, los pisos. Las inmobiliarias florecían en la ciudad como florecen las plantas carnívoras y los comerciales de corbatas fluorescentes dejaban agresivas tarjetas en los buzones: «Tenemos clientes muy interesados en adquirir un inmueble en esta zona.»
Bien, de todo aquello ya no queda nada, tan sólo memorias funerales, como decía el poema clásico. La crisis de la que hablaba gente como Kothari ya está aquí. Se ha instalado en el salón, ha puesto los pies sobre la mesa y, por lo que se ve, su idea es quedarse una larga temporada. Mientras se desinfla, la burbuja adopta un aspecto patético, tristísimo, absurdo. Los bancos han clausurado la ventanilla de los créditos chispeantes y las casas no se venden. Este año cerrarán miles de constructoras e inmobiliarias. En la ciudad apenas queda rastro de las grandes cadenas de venta de pisos. Para ellas, el 'Boom' se ha transformado en un 'Bang' y lo cierto es que no nos dan demasiada lástima. Se acabó el juego, chicas. No va más. Las inmobiliarias supervivientes dicen que está aumentando la venta de pisos baratos. Es bueno que, pese a todo, conserven intacto el sentido del humor. Como si en Bilbao existiesen pisos baratos.