Cinco testimonios tratan de esclarer qué ocurrió para que muriera el escritor argentino Alejandro Bevilacqua. ¿Asesinato? ¿Suicidio? ¿Muerte accidental? Cada persona cuenta la historia según le va la fiesta, y habla tanto de sí mismo como del fallecido. «No podemos conocer ni contar la verdad absoluta porque eso exigiría tener en cuenta todos los elementos de un hecho y todas las características de una persona. Flaubert no contó toda la verdad sobre Madame Bovary, sólo la que a él le interesaba», explica Alberto Manguel, autor de 'Todos los hombres son mentirosos' (RBA), la novela en la que se cuenta este relato.
En esa perspectiva personal reside la clave de la creación. Por eso no entiende el plagio. «Para mí la creación literaria vale por lo que tiene de trabajo propio. Es lo que más me gusta, y lo que menos, tener que tratar con editores o con periodistas, que son una raza terrible. No le veo la gracia al plagio, a ponerme el sombrero de otra persona. Es como hacer el amor en una cama usada».
Una prueba de este sesgo particular en los relatos lo encuentra el argentino Manguel en las crónicas históricas. «Generalmente, se termina sabiendo más del cronista que de los hechos narrados», apunta el autor que introduce en su obra un personaje «algo fofo», que se sufre de «desaliño crónico» y que se llama igual que él, Alberto Manguel. «Espero que no sea yo», apunta con una sonrisa.
Eterno invierno
El protagonista de la novela, Bevilacqua, ha salido de las cárceles de la Argentina de la dictadura y ha recalado en el Madrid de los años inmediatamente posteriores a la muerte de Franco. «Yo lo visité entonces y no era este país magnífico de hoy. España me pareció gris, lúgubre, deprimente, como si siempre fuera invierno, pero comparado con la cárcel, al personaje le parece un paraíso».
La historia de 'Todos los hombres son mentirosos' surgió de una conversación con Graeme Gibson, marido de Margaret Atwood, que se desarrolló cuando Manguel vivía en Toronto (Canadá). «Graeme estaba trabajando para el Pen Club y me comentó el caso de un escritor que se había escapado de las cárceles de Castro y que había publicado una novela en Miami, robada a un preso que luego murió». Existía el hecho objetivo del plagio, y los diferentes puntos de vista que podía haber sobre él.
Cuando aún no había cumplido los veinte años, a mediados de los sesenta, Manguel tuvo en Buenos Aires a un maestro de excepción, el escritor Jorge Luis Borges. El autor de 'El Aleph' se había quedado ciego y él, que trabajaba en una librería, iba a leerle a casa. «Miles de personas leyeron para Borges. Le leía sobre todo su madre, pero también vecinos, libereros, periodistas. Necesitaba volver a los libros que le guistaban y me pedía que cogiera los cuentos de Henry James, Kipling y Stevenson. Me hacía detenerme para hacer comentarios y me pedía a veces que los anotase, palabras con las que Stevenson, por ejemplo, comenzaba un relato y que luego volvían a salir. Era como ver a un mecánico examinar los motores de diferentes coches».
Después de vivir veinte años en Toronto Manguel se mudó a principios de esta década a la zona de Poitou-Charentes, cerca de la ciudad francesa de Poitiers, porque necesitaba espacio para su biblioteca de 30.000 volúmenes, y consiguió una granja a un precio razonable.
Los libros han sido su pasión y su objeto de estudio, como demuestra una de sus obras más conocidas, 'Una historia de la lectura'. «Me fastidia el contraste que la industria quiere imponernos entre lo electrónico y el libro de papel, quizá para vender más 'e-books' y abocarnos a su necesidad. Es una oposición irreal, lo mismo que oponer el avión y el tren, el coche y la bicicleta, la radio y la tele, el vídeo y el cine. Todo está presente, y está muy bien que sea así, más aún en el caso del libro, que es muy distinto al texto electrónico».