El mercado de La Ribera está enfermo. Más de lo que pensaba el Ayuntamiento de Bilbao cuando encargó a Labein un estudio para detectar posibles daños estructurales antes de emprender su reforma. Los análisis realizados en los últimos meses, con más de cien catas y ensayos de laboratorio, han puesto de manifiesto «el proceso corrosivo» que afecta al hormigón, cuya masa se fabricó con arena de playa. La estructura del edificio, construido en 1927, «no es apta para soportar las cargas previstas en las debidas condiciones de seguridad», lo que exigirá una intervención contundente. La mayor parte del inmueble será derribada y reconstruida, respetando su estilo arquitectónico y sin interrumpir en ningún momento la actividad comercial.
Las autoridades municipales informaron ayer a los comerciantes y a los partidos políticos antes de hacer público el diagnóstico sobre uno de los edificios con más solera de la ciudad, ligado a su estampa y su tradición. Los concejales de Obras y Servicios y Salud y Consumo, José Luis Sabas y Sabin Anuzita, respectivamente, les transmitieron un doble mensaje: las obras se acometerán por fases de modo que interfieran lo menos posible en el funcionamiento de la plaza de abastos y el inmueble conservará sus señas de identidad, aunque con una novedad importante.
El ábside que da a San Antón se eliminará para dotar al recinto de una nueva entrada y ganar una pequeña plaza entre el mercado y la iglesia, dos edificios «que ahora compiten» por falta de espacio. De esta forma se recuperará el proyecto original de Pedro Ispizua, que inicialmente no contemplaba esta construcción aunque luego la incorporó «por la presión comercial», explica el arquitecto Emilio Puertas, redactor del proyecto de reforma. También se suprimirán las escaleras exteriores frente a los soportales de la ribera para dejar el acceso a nivel de calle, con un atrio central.
Corrosión y humedades
Sin embargo, el mercado conservará sus rasgos más característicos: los ocho torreones y el ábside de La Merced, que se restauró después de las inundaciones. De hecho, estos son los únicos elementos que se salvarán de la piqueta. El edificio padece algo más que achaques. En julio de 2002, un primer informe encargado por Bilbao Ría 2000 concluyó que «no se aprecia a simple vista ninguna patología estructural», y hasta ahora no se había profundizado. Desde 2004, los técnicos han insistido en la necesidad de hacer un estudio más completo, pero la sociedad mercantil que entonces lideraba la reforma no lo ha llevado a cabo. En mayo, poco después de que el Ayuntamiento tomara las riendas del proyecto, Labein inició el trabajo de campo, en horario de tarde y fines de semana para no alterar el día a día de la plaza.
La investigación ha sido exhaustiva. Desde los planos originales del proyecto hasta las 169 catas en pilares, vigas y losas para valorar cómo envejece el hormigón. En las imágenes del microscopio se aprecian incluso restos de conchas porque en la construcción original, como era habitual en la época, se utilizó arena de playa. «Entonces se pensaba que el hormigón era eterno», dicen los técnicos.
Pero no. El contenido en cloruros -sal marina- que provocan corrosión supera los límites establecidos en la mayoría de los pilares, vigas y losas que se han analizado. Un problema agravado por la «elevada humedad» del mercado. La condensación de las cámaras «va empapando la masa de hormigón» y, aunque el edificio logró sobrevivir, las inundaciones de 1983 dejaron huella. Además, presenta filtraciones «tanto ahora como en el pasado». Las imágenes tomadas en el interior de las plantas -especialmente la más baja, la de pescado- muestran armaduras que se deforman, oxidaciones, picaduras y otros «vicios ocultos» del hormigón.
Los expertos también han «recalculado» la estructura para evaluar su resistencia. El resultado es elocuente. Incluso aunque la armadura de acero estuviera sana, la capacidad de aguantar cargas en la mayor parte del edificio está por debajo de los 100 kilos por metro cuadrado, cinco veces menos de lo que exige la normativa actual para superficies comerciales. José Luis Sabas aseguró que en la actualidad «el edificio está estable, pero no podemos incrementar cargas». Se evitará el acceso de maquinaria pesada y la planta superior, que está desocupada, sólo se utilizará «para labores de mantenimiento».
Además, se adoptarán «medidas urgentes de seguridad»: refuerzos de las secciones de hormigón más afectadas por la corrosión, reparación de humedades, eliminación de los recubrimientos que puedan desprenderse y vigilancia del entramado estructural. Todas estas tareas se adaptarán al horario comercial, al igual que el refuerzo del ala que da a La Merced para concentrar allí provisionalmente los 94 puestos de la plaza.
De esta forma, se acometerá el derribo del ala de San Antón -dejando un espacio intermedio para atenuar las molestias- a partir de junio de 2009, según las previsiones del Ayuntamiento. Después los puestos se moverán a la parte nueva para intervenir en el ala de La Merced. «Sólo habrá traslados internos, el mercado no se va a ninguna parte», enfatizó Sabas, quien añadió que el gobierno municipal «no quiere dilatar ni un día más» la esperada reforma.
Las obras empezarán, por tanto, en 2009 y durarán unos tres años. El presupuesto no se ha dado a conocer, a falta de culminar el proyecto constructivo. Aunque los derribos encarecerán el proceso, el Consistorio no cree que se aparte mucho de las últimas cifras que se barajan, alrededor de quince millones de euros. Tampoco se ha determinado la parte que abonarán los comerciantes, porque el proceso deberá ir quemando etapas. Lo que sí se puede recrear es cómo quedará el mercado cuando todo acabe: con el mismo estilo aunque algo más pequeño y más luminoso en el interior. Las dos entradas -en La Ribera y San Antón- mantendrán su imagen característica con una gran cristalera entre dos torreones.