Como chicos educados, abatidos y arrepentidos a los que una broma pesada se les fue de las manos. Así se presentaron ayer ante el tribunal que les juzga Ricard y Oriol, los dos jóvenes acusados de apalear y quemar viva hace tres años a una indigente que se había refugiado en un cajero automático de Barcelona para pasar la noche. «Sólo hacíamos el tonto. No queríamos hacerle daño a la señora Rosario, sólo darle un susto», aseguraron. Ambos incriminaron a un tercer amigo, menor de edad, que ya ha sido condenado a ocho años de internamiento por estos hechos.
El crimen ocurrió la madrugada del 16 de diciembre, cuando los acusados celebraban una despedida con un grupo de amigos. Los dos jóvenes, que se enfrentan a sendas condenas de 28 años por asesinato con alevosía y ensañamiento, admitieron que entraron al cajero de La Caixa donde dormía la mujer y, ante el «mal olor» que había en el habitáculo, decidieron «molestarla» para que «se fuera». Le insultaron y le lanzaron varios objetos, como una botella de plástico o un cono de tráfico, hasta que la mendiga se levanto y echó el cerrojo.
«No había intención de provocar, sólo de molestar, como una mosca que se te posa en la nariz», comparó Ricard P. «Dejamos que cerrara» porque «ya era suficiente», apuntó Oriol P., quien añadió que después regresaron con sus amigos para continuar de fiesta, sin darle mayor importancia al incidente.
Pero, según versión, J.J.M. propuso por «iniciativa propia» regresar para echar a la mujer del cajero. Como la víctima no le relacionó con sus amigos, le abrió la puerta y continuaron tirándole objetos. Ricard P., que confesó sentirse «bastante estúpido» por su implicación en los hechos, reiteró que su intención no era hacerle daño. «Si realmente hubiéramos querido hacerlo, no habríamos ido con la cara descubierta, es obvio», señaló este procesado, que fue identificado gracias a la grabación de las cámaras de seguridad del cajero.
Bidón de disolvente
Minutos después, el menor, provisto con un bidón azul que había recogido de una obra cercana y que resultó contener disolvente, le dijo que le acompañara de nuevo al cajero para «darle un susto». «Creo que ni él mismo sabía lo qué iba a hacer», afirmó Ricard. Ya en el interior, según los acusados, J.J.M. roció el suelo con el líquido inflamable y «echó a correr». En cuestión de segundos, ocurrió una explosión y saltaron las alarmas del cajero y de los coches cercanos. Los chicos aseguraron que la mujer siguió insultándoles mientras se alejaban del lugar. «Pensamos que había conseguido salir».
Esa misma mañana, los procesados se fueron a Zaragoza. Estuvieron atentos a las noticias de los informativos y los periódicos, pero no encontraron ninguna reseña sobre lo ocurrido. Al día siguiente, J.J.M. contó a Ricard que había visto un pequeño altar con velas frente al cajero. Oriol se enteró del trágico destino de la indigente por los Mossos d'Esquadra que le detuvieron.