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Buen conversador y viajero, aunque su rincón preferido está en Kanala, Vidarte representa a una generación de vascos cosmopolitas que sienten orgullo por sus raíces
21.10.08 -

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Elegante y capaz
MIKEL CASAL
Juan Ignacio Vidarte visitó por primera vez el Guggenheim de Nueva York porque aparecía en la guía Michelín. Corrían los años ochenta y el joven economista, licenciado en la Universidad de Deusto, cursaba un máster en dirección de empresas en uno de los mejores centros universitarios de Estados Unidos, el MIT, cercano a la ciudad de Boston. En una de sus excursiones se acercó a Nueva York, subió por la Quinta Avenida y entró en el edificio de Frank Lloyd Wright, una especie de platillo volante acabado en cemento que brilla en las mejores páginas de la historia de la arquitectura.
Aquel estudiante de posgrado, que compartía aulas con profesores y alumnos de todas las partes del mundo, no podía imaginarse que veinte años más tarde se convertiría en un habitual del museo y que ocuparía un despacho de altura en sus dependencias administrativas, con el cargo de director de expansión internacional.
La historia de Vidarte está marcada por el día en que su primer jefe, Juan Luis Laskurain, se encontró con su otro jefe, al menos en la Fundación Guggenheim de Nueva York, Thomas Krens. Entre ambos se tejieron los primeros hilos del museo de Bilbao, luego amarrados también por Joseba Arregi, entonces consejero de Cultura del Gobierno vasco. En ese cruce estaba él, y pronto se hizo insustituible para lo que tenían entre manos no acabara en papel mojado.
Vidarte había trabajado con Laskurain, influyente miembro del PNV, en la Cámara de Comercio y en la Diputación de Vizcaya. Y Krens no dudó en señalarle -nada más conocerle en 1991- como el interlocutor de las instituciones en la negociación del proyecto, ya que sólo él dominaba el inglés con la suficiente soltura y entendía la mentalidad norteamericana, para la que no existen horas, ni distancias, ni días obligatorios de fiesta.
Símbolo generacional
Si el Guggenheim representa la modernidad de Bilbao y su ventana al futuro, su director general simboliza una nueva generación de vascos educados en universidades extranjeras, con experiencia internacional, dominio de idiomas y orgullosa de sus orígenes.
A sus 52 años, y después de haber estado en los cuatro picos de los puntos cardinales,Vidarte aún encuentra en el paisaje de Kanala, en la Reserva de Urdaibai, una magia insuperable que le hechiza desde niño, desde que iba a la casa de su tía abuela, maestra del pueblo, y degustaba el plato que más le tienta, la ijada de bonito.
Su cara será probablemente la más conocida de su familia, aunque su padre, ex presidente del Colegio de Abogados de Vizcaya, llegó a estar en los carteles de todo el territorio al presentarse como cabeza de lista al Senado, por el PNV, en las elecciones del 15 de junio de 1977, cuando Vidarte estaba terminando la carrera.
Seguidor del Athletic -llegó a participar en alguna tertulia televisiva sobre el equipo, siempre con una actitud bastante crítica- ha llevado a San Mamés a cotizados artistas como Jeff Koons, el autor del 'Puppy', y a otras visitas ilustres. Vidarte oficia de bilbaíno no sólo en el aspecto futbolístico y, si hay dos tipos de mapamundis de Bilbao -el del Casco Viejo y el del Ensanche-, él pertenece a éste último, pues en esa zona ha vivido prácticamente toda su vida.
A partir de ahora pasará casi tantas horas en el avión y en Nueva York como en la villa. Con motivo del décimo aniversario del Guggenheim, el año pasado, su máximo responsable dijo que no se veía otros veinte años en el museo. Por conocimientos y experiencia, podría dirigir cualquier empresa, pero buscarle un relevo es una tarea muy difícil, si no imposible, y este nuevo nombramiento corrobora la importancia capital de su figura en la 'galaxia Guggenheim'.
Como muchos tímidos, puede parecer distante, una impresión acentuada por los milimétricos cortes de sus trajes y su gusto inglés por corbatas y zapatos. Pero en la distancia corta se desvanece esa percepción y sale a flote la de un hombre afable y buen conversador, con capacidad para hablar con sentido de cualquier cosa, y que prefiere pasar por alto las maneras para llegar más fácil a la persona.
Los árabes de Abu Dhabi le esperan. Sólo personas como Vidarte pueden sacar lo mejor de ellos.
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