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Fútbol 29 semanas en el banquillo de Osasuna

José Ángel 'Cuco' Ziganda, un hombre «cercano y buen compañero», amante del golf y la naturaleza, asume su marcha de Osasuna como un fracaso personal
19.10.08 -

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«Cuando nos pusieron en el cargo estábamos contentos y orgullosos. Nos parecía que eran el mejor presidente y la mejor directiva del mundo. Ahora tenemos que seguir pensando lo mismo». Incluso en el adiós, 29 semanas después, la caballerosidad. José Ángel 'Cuco' Ziganda (Larrainzar, 1 de octubre de 1966) se fue sin decir una palabra más alta que otra. La discreción del navarro, siempre comedido en sus declaraciones, sin veneno ni malicia. Sólo así se explica la reacción que tuvo tras ser cesado como entrenador de Osasuna. Fulminado por sorpresa en su propia casa. Con el rostro esculpido por la tristeza, roto por dentro, esbozó una sufrida sonrisa, dio las gracias al club, deseó mucha suerte a su sucesor -José Antonio Camacho- y se marchó en silencio. «El coche vendrá solo a Tajonar», confesó el día de su despedida. ¿Por qué le han destituido? No hay que buscar teorías conspiratorias. Simplemente, la directiva dejó de confiar en él.
La de 'Cuco' Ziganda es una historia bicolor. A lo largo de sus diecisiete temporadas en activo, en las que ha marcado más de 140 goles, entre Liga, Copa y UEFA, sólo ha sudado dos camisetas: la de Osasuna y la del Athletic. Cultivado en la huerta de Tajonar, una de las más productivas de España, pronto despuntó por su instinto goleador. Torpe depredador de área que supo sacar el máximo provecho de su talento. Los que le conocen destacan la «astucia» con la que se movía en el terreno de juego, «consciente de sus defectos» para transformarlos en virtudes. En la temporada 1991-1992, previo pago de 150 millones de las antiguas pesetas, dejó Pamplona y recaló en Bilbao; en sus tres primeras campañas como rojiblanco hizo un total de 59 dianas. Botas llenas de dinamita escolarizadas en la tierra navarra.
Entró con sigilo en el vestuario del Athletic. Sin hacer ruido, como es él, discreto en formas y con hambre de triunfo. Quería hacer «algo grande en un club grande», recuerdan sus ex compañeros, un novato con aplomo de veterano que pronto captó las claves rojiblancas. Aplicó aquella máxima de ver, oír y callar y descifró el código de conducta interno para integrarse en la que iba a ser su segunda casa futbolística. Le encantaba jugar a las cartas -Luis Fernández era uno de los incondicionales de las timbas-, al 'pinchazo', una manera de socializar con la plantilla. Muy religioso, iba con frecuencia a la iglesia y a misa siempre que podía. Descolgar el teléfono y preguntar cómo es 'Cuco' Ziganda es un ejercicio de repetición que acaba en una respuesta homogénea: «Es un tipo sano, cercano, un tanto callado pero legal y buen compañero; sabe aguantar la presión, aunque sufre por dentro».
Y eso que la vida le tenía reservado un hueco en un 'verde' bien distinto de los campos de fútbol. Su futuro pasaba por dedicarse al negocio familiar de las ovejas, la fabricación de yogur y las demás delicias lácteas, pero el chaval sólo pensaba en el balón. Se pasaba horas jugando en la cancha del pueblo y, alimentado por su deseo, pasó por todas las categorías inferiores de Osasuna hasta convertirse en profesional.
En el banquillo de Osasuna
Explotó como nadie sus cualidades de delantero. El apodo, 'Cuco', le llegó por esa facilidad que tenía de transformar en gol todo lo que se cocía dentro y cerca del área. Su don de ubicuidad era innato, puro instinto, inentrenable. Pronto se ganó el cariño del vestuario y de San Mamés, que no dejaba de corear su nombre, y jamás intentó hacer lo que no sabía. La pelota le quemaba en los pies, rebelde, nada de regates, así que prefería tocarla de primera hacia las bandas para luego buscar el remate. Cuando se despidió del Athletic para volver a jugar con Osasuna en Segunda, hace ya una década, lo hizo con 291 partidos en las piernas y 91 goles en las alforjas.
Tras unos años al frente de las categorías inferiores del conjunto rojillo, Patxi Izco le confió las riendas del primer equipo. Tenía un reto enorme por delante: hacer olvidar a Javier Aguirre, cuya sombra, alargada, no ha dejado de eclipsarle desde el inicio. Cayó ante el Hamburgo en la previa de la Liga de Campeones -sin perder ninguno de los dos partidos-, y esa derrota marcó su trayectoria en el banquillo de Osasuna. Además, un sector de la grada jamás le aceptó.
Un apasionado del golf y la naturaleza, se refugiaba siempre que podía en el caserío con su mujer, Rebeca, y sus dos hijas; el silencio de allí era el contrapunto al ruido que rodeaba su profesión. La pasada campaña fue un calvario: el equipo se salvó en la última jornada y, ya entonces, Izco se planteó prescindir de Ziganda. Sin embargo, decidió renovarle para destituirle cuatro meses después. Por sorpresa. Sin previo aviso. En un domingo sin fútbol. Con una llamada telefónica bien entrada la madrugada ¿El motivo? Los malos resultados. La junta le vio incapaz de reconducir la situación.
En Pamplona se comenta que el presidente consultó a la plantilla -dividida en dos frentes- la viabilidad del cese. Tiró para adelante y contrató a Camacho, con el que había 'coqueteado' tiempo atrás para ofrecerle el banco de Osasuna. Incluso apoyó a 'Cuco' después de negociar con el de Cieza. Más tarde, dijo que esas declaraciones las hizo porque en ese momento eran «políticamente correctas».
El cese, según fuentes consultadas, ha hecho mucho daño a Ziganda. «Es un golpe anímico porque le ha pasado en su casa», argumentan. Algunos, incluso, dicen que 'Cuco' lo ha vivido como un «fracaso personal». Pero todos coinciden en que se «recuperará muy pronto»... Y que volverá a los banquillos.
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