Los equipos de Aíto coinciden en desarrollar una inspiración sobredimensionada cuando llegan a Bilbao. Se presentan (antes el DKV y ahora el Unicaja) con la vitola de conjuntos de mayor rango que el bilbaíno, lo que es una realidad, y conforme desarrollan su juego se ven protegidos por un velo casi imperceptible. Se sienten intocables. O para ser más exactos, saben que con ellos en cancha la escrupulosidad será norma. No falla. Son buenos y se benefician tanto de los bajones del oponente como de las situaciones que minan la confianza del más débil. Y, siempre desde que el iurbentia está en la ACB, ha sido así. El 'modus operandi' y también el signo del resultado final.
Cinco triunfos del técnico madrileño en otras tantas visitas al Bilbao que le toca el corazón más que otros enclaves 'aceberos'. Muy parecidas entre ellas. La de ayer fue una versión más de la serie. Variaron algunas caras, pero la esencia de la historia emergió inviolable. Como lo hicieron las coincidencias con algunos de los momentos menos estelares vividos por el Bilbao Basket una semana atrás en Manresa. La falta de pegada, la escasa potencia de su 'crochet', el minimalismo ofensivo del segundo acto encerraron al equipo en un cuarto oscuro del que no supo salir.
Sota, caballo y rey en la pizarra cajista. Primer mandamiento: acabar como sea con la resistencia de Javi Salgado. Se la jugó Aíto a descabezar al iurbentia pensando y/o creyendo que el relevo del base de Santutxu es un jugador de corte más explosivo y menos capacitado para la organización. Así fue. Cada vez que el capitán dejaba escapar el ronquido de sus afligidos pulmones, salvo en el cuarto inicial, el iurbentia ofreció una imagen más distante de la que se supone marcará su trayectoria. Con el beneplácito arbitral al colocar la permisividad en un punto absolutamente infrecuente -que conlleva chispitas de injusticia dado que es uno de los oponentes el más capacitado y acostumbrado a moverse en esas aguas-, los constantes dos contra uno sobre el bilbaíno acabaron incidiendo en el juego.
El segundo aspecto que buscó en el marco de su aparente sencillez el Unicaja fue incomodar al resto de los jugadores apostados en la línea exterior. Aceptó a cambio la fragilidad en el rebote bajo su propio aro. Pero fue una inversión a largo plazo que le supuso unos rendimientos atípicos para esta época de crisis. Y como pata que completa el trípode, la calidad de Carlos Cabezas y Jiménez, que por mucho que lanzaran solos, tenían al santoral de cara con su finura y certeza.
Para combatirlo todo, el iurbentia tiró de fondo de armario. Buscó y rebuscó en el catálogo de defensas zonales y encontró buenas soluciones. Durante treinta minutos, la labor represora del ataque malagueño mereció un notable y pareció ensamblar las piezas del rompecabezas. Pero algo pasó. En los cinco minutos y medio desde el arranque del segundo cuarto, sólo un triple de Recker. El balance completado el ciclo, demoledor. 2 de 10 en canastas de dos puntos y 1 de 8 en triples. Parcial de 3-15 que acabó convertido en un 8-25. Desolación. El iurbentia parecía grogui, arrinconado, cubriéndose malamente a la espera de la llamada del gong salvador.
Técnica y antideportiva
La preocupación era evidente en las huestes vizcaínas. El aliento de las gradas llegaba con signos de congelación. El castigo, sustentado en el demérito propio en ataque, había penetrado en el corazón del Bilbao Basket. Pero resurgió tras el descanso. Como siempre, desde la defensa. La zona se incrustó en la piel del Unicaja como una infección para la que no encontraba una cura rápida. Las distancias disminuyeron al tiempo que recuperaba el calor el equipo y su público. Todos a una tiraban de la maroma y notaban que el premio se acercaba.
36-42 y 39-45. Seis puntos sólo de desequilibrio. Nada en el baloncesto. Los de Aíto, perturbados, malvivían desde la línea de castigo. El partido se dirigía hacia un nuevo escenario. Pero volvió a caer el telón y ocultó el mundo de oportunidades por el que suspiraban los de Vidorreta. Técnica a Weis y el Unicaja que se mete una dosis de oxígeno puro. Arteaga la señaló y el público, de repente, recordó de quién se trataba. Ni se le había silbado en la presentación. Después, sobreinterpretó una sanción a Paco Vázquez, como los excesos con los que Jiménez adorna cada palo que recibe. La última cuenta en el rosario fue una antideportiva, también al pívot francés. Quizá acertó en alguna acción, pero sus maneras distan mucho de las del mejor colegiado del país. Demasiadas piedras en el camino de la rehabilitación del iurbentia.
Bloqueado mentalmente, el recurso de los locales fue apostarse más allá de la línea de tres y bombardear la central de operaciones de Unicaja. Tarde. Aíto ya había conseguido activar mucho antes el escudo antimisiles.