La ofensiva puesta en marcha por ETA tras la ruptura del alto el fuego tuvo su primer gran atentado en el cuartel de la Guardia Civil de Durango. Los terroristas aparcaron un coche bomba con cerca de cien kilos de explosivo junto al edificio y lo hicieron estallar en 45 segundos. La explosión destruyó parte del edificio, hirió a dos guardias civiles y causó incontables daños en los casas de las inmediaciones.
Desde entonces, ETA ha atacado en otras tres ocasiones edificios policiales. En Legutiano acabó con la vida del guardia Civil Juan Manuel Piñuel. En la comisaría de la Ertzaintza de Ondarroa, sólo la suerte evitó una masacre. En Zarautz, también en una comisaría de la Ertzaintza, los etarras colocaron una bomba dentro del recinto y estalló sin que nadie la detectase. Además del daño causado, estos atentados tienen una fuerte carga simbólica, puesto que suponen atacar a quienes se suponen que deberían estar mejor protegidos. La realidad, sin embargo, ha puesto en entredicho la protección de los edificios policiales.
Según los expertos, si ETA ha elegido este tipo de acciones «es porque son fáciles». En este sentido, los mandos de la lucha antiterrorista están convencidos de que los etarras simplemente tuvieron que realizar una comprobación para tantear si su ataque era factible. «Seguro que les ha bastado con detenerse un día junto a un edifico policial. Con estar un minuto con el coche parado ante cualquier base les fue suficiente para conocer el tiempo de la reacción de las fuerzas de seguridad», aseguran.
Por ello, desde que comenzó la ola de atentados, Policía, Guardia Civil y Ertzaintza han modificado sus rutinas para intentar hacer frente a estos ataques. En el exterior se han colocado vehículos blindados y las patrullas se realizan con armas largas y chalecos antibalas. Además, se han adoptado otro tipo de medidas discretas para disponer de una mayor capacidad de reacción. El Ministerio de Interior anunció que dedicaría seis millones de euros para mejorar la seguridad de los edificios en el País Vasco. En el caso de la comisaría de Zarautz, la consejería creó una partida para elevar el muro de seguridad de la base.
No obstante, los expertos son tajantes: «la seguridad definitiva no existe». La prueba, según su testimonio, «son situaciones como las de Irak, en las que la tecnología de un Ejército como el americano y su impresionante capacidad operativa es incapaz de acabar con los atentados». En este sentido, una de las preguntas que se realizan todos los mandos policiales es hasta dónde se puede llegar a la hora de tomar medidas en busca de la máxima seguridad.
El caso de Irlanda
Podemos analizar ejemplos cercanos. En Irlanda, por ejemplo, las comisarías llegaron a convertirse en acuartelamientos militares. La policía realizaba las patrullas con la cobertura del Ejército y los edificios estaban flanqueados por muros de hormigón y acero de una decena de metros de altura. Para un conocedor de la situación irlandesa durante los años más duros de la actividad del IRA, la sola comparación de esa situación con la realidad vasca es «grotesca». Los terroristas norirlandeses utilizaban francotiradores y morteros de grueso calibre para acosar a las fuerzas de seguridad. Su presión militar era tal que algunas bases de vigilancia sólo se podían abastecer con helicóptero y mediante tácticas de vuelo propias de una zona de guerra.
En este sentido, las fuerzas de seguridad saben que cuentan con un handicap. Siempre van por detrás de los terroristas. Según la frase acuñada por el Ministro de Interior, Alfredo Pérez Rubalcaba, «el Estado tiene que parar todos los balones para tener éxito. A los terroristas les es suficiente con meter un gol para haber conseguido su objetivo». Por ello, y según un mando de las fuerzas de seguridad, la mejor de las medidas de seguridad es la desarticulación de comandos, a poder ser mientras todavía se encuentran en Francia o cuando acaban de cruzar la frontera. «Si no pueden llegar a actuar, los muros son innecesarios. La mejor prevención es la detención», remacha.