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Vizcaya

los vecinos exigen medidas

Un grupo de inmigrantes marroquíes, en torno a diez personas, vive en precario en un solar junto al palacete de la ribera de Deusto

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El solar de Zorrozaurre más próximo a las viviendas de la ribera de Deusto, junto al muro donde se lee el rótulo de Artiach en grandes letras de molde, se ha convertido en un terreno abonado para las chabolas. Hay tres donde viven alrededor de diez hombres, inmigrantes magrebíes, y otra rudimentaria construcción a medio levantar. La estampa parece fuera de tiempo y de la imagen de la ciudad, pero encaja con un terreno donde abundan los ladrillos, tablones, tejas y otros materiales de obra. Incluso un camión y dos casetas que, puestas una sobre otra, imitan una casa. En la puerta hay una bandera del Athletic y a su lado, un colgador plegable con ropa tendida.
Suficiente para sobrevivir a falta de algo mejor, al menos así lo creen los inquilinos de este pequeño asentamiento. «No llegó a dos horas» lo que tardó uno de ellos en fabricarse un techo con sus propias manos «y un poco de imaginación». Lo cuenta mientras fuma un cigarrillo y escucha la radio sentado ante una mesa con mantel de plástico blanco que se sustenta sobre ladrillos. Su hospitalidad está intacta. Enseguida invita a los extraños a sentarse y se apresura a extender un cartón para que no se manchen la ropa. Nació en Marruecos hace 41 años, pero lleva «media vida» en España y domina el idioma.
Aunque, como es lógico, prefiere hablar poco. Ni de su nombre, ni de su trayectoria vital. «Tuve papeles y los perdí», dice. Lleva dos meses viviendo en esta chabola, que comparte con otros tres hombres, también marroquíes. «Los conocí aquí». Otro de sus vecinos «es argelino». Cuenta que se han apuntado a algunas asociaciones que les prestan apoyo y se han instalado en este precario campamento «a la espera de algo mejor». Suelen ir a los comedores sociales, también tienen un hornillo y sobre la mesa hay platos y una sartén. «En Lagun Artean o en Zabala, lavas la ropa y te duchas».
Materiales de obra
Así transcurre la vida en la trasera del solar número 58 de la ribera de Deusto, una estampa que condensa por sí sola los contrastes que habitan en Zorrozaurre. Chabolismo a las puertas de la gran operación de regeneración urbana de Bilbao, en una zona que se vestirá de vanguardia con la arquitectura de Zaha Hadid, y junto al palacio Madaleno, restaurado con su estilo señorial y sus miradores revestidos de madera. El solar donde se levantan las casetas pertenece a la inmobiliaria Gordoniz, que restauró el edificio de viviendas y las ha puesto en venta. Allí quedaron algunos restos de la obra y la empresa utilizó la parcela para hacer acopio de materiales para otras promociones.
«Han estado mucho tiempo allí y nadie ha tocado nada», afirman los responsables de la agencia. El terreno está vallado, pero los vecinos detectaron hace unos meses las primeras incursiones. «Saltan la tapia que está al lado de los futuros garajes o entran por el otro lado», describe el presidente de la asociación, Ángel Umaran. El colectivo ha enviado varias cartas a la inmobiliaria y al Ayuntamiento para que tomen medidas ante una situación «que no es deseable por nadie. La gente que se ha instalado en el solar hace la vida allí mismo, la comida con fuego, sus necesidades, los desperdicios... y tienen un efecto llamada que hace que otros se vayan acercando al barrio», advierten.
El solar está en el corazón de la ribera, frente a la iglesia. Aunque no se han producido incidentes graves, los residentes sostienen que «ha aumentado el número de robos y delitos en el barrio», al igual que la sensación de inseguridad. Temen que el asentamiento crezca cuando se derriben los pabellones de Nife y Elorriaga, frecuentados por 'okupas', porque aún queda mucho terreno libre y montones de ladrillos.
La inmobiliaria ha reparado el vallado «en numerosas ocasiones, pero al día siguiente vuelve a aparecer roto». Ayer había un hueco por el que era fácil asomarse al improvisado campamento, con platos y cubiertos a remojo en latas de metal que alguna vez contuvieron un 'panettone'. Las pintadas del muro y el omnipresente rótulo de Artiach, que se conservará por su interés patrimonial, son un extraño telón de fondo para los enseres cotidianos, como el detergente o las zapatillas de deporte que se almacenan en los huecos de las ventanas. En el colgador hay vaqueros, mochilas, camisetas y ropa de abrigo, a la espera de que llegue el frío. «Conozco el clima de Bilbao», dice el hombre que escucha la radio mientras deja pasar el tiempo. «Yo soy camarero, aunque podría trabajar en cualquier otra cosa. Y me gustaría aprender euskera. Agur», se despide.
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