«Raro es el niño que entre los 2 y 6 años no ha sufrido una o dos veces al año infección de anginas». Poca gente se ha librado de ello. De sus dolores, su malestar, la fiebre, la dificultad al tragar... Dependiendo de la generación, quien más, quien menos, casi todos hemos pasado días en casa sin ir al cole, hemos sido atiborrados a antibióticos o incluso sometidos a una operación de extirpación. «Hace 40 años, en una mañana operábamos a 18 niños en el mismo ambulatorio», recuerda Jesús Algaba, actual jefe de la Unidad de Otorrinolaringología del Hospital Donostia.
El abordaje que la comunidad médica ha dado a esta dolencia, «que no es una enfermedad grave», ha ido evolucionando con el tiempo. Si en las décadas de los 60 y 70 la regla era la extirpación de las amígdalas a la mayoría de los niños con infecciones de este tipo, y posteriormente se dio paso a un período -los 80 y 90- en el que las «teorías médicas» aconsejaban evitar el paso por el quirófano «para preservar las defensas para el organismo que proporcionaban» las amígdalas, ahora se ha recuperado la tendencia a las operaciones, aunque de un modo «más racional» y con «indicaciones más claras, concretas y seguras» que hace 40 años, indica Luis Mutio, jefe de la Unidad de Otorrinolaringología del Hospital de Zumarraga.
Eso sí, el regreso al quirófano llega con novedades. Ahora se opera a más adultos que antes, «niños que en su día tenían que haber sido intervenidos y arrastran una amigdalitis crónica de adulto». Además, el «abuso de los antibióticos» en el tratamiento de la dolencia ha provocado también que haya un aumento del número de operaciones en niños, asegura Jesús Algaba, también presidente de la Sociedad Española de Otorrinolaringología.
«Error importante»
Las amígdalas forman parte de un círculo de órganos linfoides ubicados en la orofaringe, es decir, en la parte posterior de la boca. «Tienen una función defensiva en una edad determinada de la vida». Al cumplirse un año, los órganos «llegan a su máxima expresión y hasta los 5 desarrollan esa labor defensiva creando anticuerpos» ante agresiones externas, como bacterias, virus u otros elementos que hay en el ambiente... «Más allá de los 6 ó 7 años, las amígdalas involucionan y lo normal es que se atrofien y desaparezcan», explica el otorrinolaringólogo.
Algaba sostiene que existe un «error importante» sobre la función defensiva de las amígdalas. «Efectivamente, la tienen, pero en una época concreta de la vida y cuando están bien. A los 20 años una persona no debe de tener infecciones de anginas, porque sus amígdalas deberían de haber involucionado y prácticamente desaparecer». En su opinión, «esas anginas infecciosas que no sirven de defensa lo único que hacen es perjudicar».
En la actualidad, en el Hospital Donostia se realizan al año alrededor de medio millar de extirpaciones de amígdalas y la lista de espera «es importante». A esta cifra -la intervención se practica en todos los hospitales comarcales- se ha llegado después de años de evolución en cuanto al criterio que llevaba a la extirpación. «Hace 40 años se operaba mucho más que ahora», recuerda Algaba. Entonces, en el manual médico se tendía a extirpar las amígdalas con infección. «Cuando empecé como especialista en 1968, operábamos a los niños en el mismo ambulatorio. Los niños hacían cola en el pasillo y en un mañana intervenía a dieciocho. En cambio, hoy en día podemos operar a cuatro en una jornada».
La intervención de entonces no tiene nada que ver con la actual. «Los anestesiábamos nosotros mismos en el ambulatorio, con un gas anestésico llamado trilene. Se ponía la mascarilla al niño y, cuando se dormía, le abríamos la boca. Con un aparato llamado Sluger (una especie de guillotina) se cortaba la amígdala. Tardábamos medio minuto en cada operación. Luego se colocaba al niño cabeza abajo y se paraba la hemorragia», recuerda el presidente de la Sociedad Española de Otorrinolaringología. Hoy en día, la intervención es muy diferente. «Se opera en quirófano, intubado, con anestesia general y seguridad absoluta de que no haya hemorragias».
La medicina evoluciona. De una época en la que se intervenía «al 30% ó 40%» de los niños, se pasó a un tiempo, hace 20 años, en que operaba a poquísimos. Empezó a estar vigente que las anginas eran defensas y que había que intentar conservarlas siempre». En la actualidad, el abordaje de la amigdalitis ha sufrido un nuevo «cambio de criterio» que ha recuperado la actividad del quirófano en este campo, «pero no tanto como hace 40 años». Hoy en día, «las indicaciones que llevan al quirófano son más claras y establecidas».
Más en adultos
Entre los nuevos fenómenos que ahora pasan por el quirófano, se encuentra el repunte de casos de adultos, que suponen el 15% de las intervenciones que se realizan. «Hace 20 años no teníamos, como ahora, tres o cuatro ingresos en urgencias de adultos con flemones y abscesos (acumulación de pus) periamigdalinos que, aunque se curen, tienden a reaparecer». En esos casos está indicada la extirpación de las amígdalas. «Son pacientes que en su día no fueron amigdalectomizados y que llegan a adultos con amigdalitis crónica y esos flemones», indica el jefe de Otorrinolaringología del Hospital Donostia.
Además, los quirófanos acogen más «extirpaciones en niños porque se abusa de los antibióticos en el tratamiento». En opinión del doctor Algaba, hay que procurar no dar antibióticos de entrada porque, si se toman, «matan al germen, el cuerpo no crea anticuerpos para luchar contra la infección y a los quince días el niño vuelve a recaer. Es un círculo que al final le lleva al quirófano». Por ello, el otorrinolaringólogo recomienda «que el niño pase dos o tres infecciones de amígdalas sin tomar antibióticos, con analgésicos, antipiréticos para bajar la fiebre, muchos líquidos...»
En la actualidad, está indicada la extirpación en niños que «tienen cinco o seis episodios al año de amigdalitis aguda, cuando ronca por las noches, sufre paradas respiratorias, padece otitis... Todas ellas son indicaciones claras». Algaba sostiene que hoy la indicación está más establecida. «Hace 20 años, no se daba importancia a un niño que dormía por la noche y roncaba. Ahora, se sabe que un niño que ronca por la noche es posible que pueda tener un síndrome de la apnea del sueño que puede causar parada respiratoria. Incluso hay niños que mueren por la noche de muerte súbita y probablemente esa fallecimiento se debe a una obstrucción por sus amígdalas y adenoides». Algaba destaca que los niños operados experimentan un cambio «espectacular».
dolor de garganta, molestias al tragar, dolor de oído y fiebre. Depende del tratamiento, los síntomas pueden durar 3 ó 4 días. Las crónicas son más propias de adultos.
tiene cinco o seis episodios al año de amigdalitis aguda, ronca por las noches, tiene atrofia de amígdalas, sufre paradas respiratorias, padece otitis»...