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Los últimos frailes de San Michele, el cementerio de Venecia, han dejado el convento que velaba las tumbas desde 1829
13.10.08 -

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Adiós a la isla de los muertos
El ataúd del futbolista Helenio Herrera, en góndola hacia San Michele. / AP
Los funerales de Venecia, sobre todo en invierno, son una de las cosas más melancólicas y sobrecogedoras que hay. El difunto realiza un verdadero viaje, alejándose de la ciudad por el Canal Grande a bordo de una góndola negra o una barca funeraria. Tras perderse en la bruma, llega a la isla de San Michele. Esta ínsula cuadrada, que se ve a la izquierda cuando se llega a Venecia de tierra firme, es una isla cementerio. No hay otra cosa que tumbas. Bueno, hay una iglesia, la primera renacentista de la ciudad, y un convento. En él viven los frailes franciscanos que se ocupan del camposanto desde 1829, cuando lo abrió Napoleón. Pero sólo quedaban cuatro, ya muy mayores, y su orden se está vaciando. El 7 de octubre dejaron definitivamente la isla.
Con gran pesar, los frailes Ildefonso, Ilario, Giuseppe y Zeno se han trasladado a la iglesia de San Francesco della Vigna, en Venecia. El superior dijo estas últimas palabras antes de irse, que quedarán para la historia: «Así tus frailes sobre una pequeña barca mandan el último beso, parten esta noche, hacia dónde y por qué no saben, muerta para siempre una grande presencia». Quien les toma el relevo es bastante más prosaico, pese al nombre. Se llama Veritas, pero es una gran sociedad municipal de servicios, que se ocupa de tuberías, luz, gas, reparaciones y de todo un poco en Venecia. También de los cementerios. En la laguna hay nueve, repartidos por las diferentes islas, pero el de San Michele es el único de Venecia. Inconfundible, de lejos parece una fortaleza de cipreses.
La presencia religiosa en la isla se remonta al menos al siglo X y el monasterio contaba con una enorme biblioteca. Luego fue cárcel política con Napoleón, verdugo de la Serenissima Repubblica y quien ordenó crear allí el cementerio de la ciudad, pues hasta entonces los difuntos se seguían enterrando en las iglesias. Cuando se llenaban, los restos se llevaban en barca a la isla de Sant'Ariano, que todavía, hasta 1933, era un fantasmal vertedero de montañas de huesos humanos.
En San Michele están enterrados personajes célebres, como Sergei Diaghilev, fundador de los Ballets Rusos, su amigo Igor Stravinsky y los poetas Joseph Brodsky y Ezra Pound. También el 'Barón Corvo', fiel notario de la vida homosexual veneciana, seudónimo del escritor inglés Frederick William Serafino August Lewis Mary Rolfe que, por suerte para el marmolista, sólo figura en la lápida con los dos primeros nombres. También, como saben los buenos aficionados al fútbol, está la tumba de Helenio Herrera. El escritor Jan Morris, autor de un libro clásico sobre Venecia, describe en él algunas curiosidades, pues aquello está lleno de tumbas de viajeros sorprendidos por la muerte. Como una lápida de un señor de Staffordshire cuyo epitafio es: «Nos dejó en paz, 2 de febrero de 1910». Morris defiende la teoría de que, al contrario que las bodas, los funerales son algo muy veneciano.
También otras islas de la laguna están perdiendo su identidad a marchas forzadas, para plegarse al único negocio que funciona, el turismo. El caso más flagrante es Murano, cuyas fábricas de cristal cierran para convertirse en hoteles de cinco estrellas. Se están construyendo dos. Lo mismo ocurre en Burano, Pallestrina o Poveglia. El manicomio femenino de San Clemente ya es un hotel de lujo y en el sanatorio de Sacca Sessola están a punto de abrir otro. En la Giudecca, donde sólo estaba el famoso Cipriani, han abierto tres este año.
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