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Mundial de Fórmula 1. Gran Premio de Japón

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El Numancia ha subido en el escalafón. Ha ingresado en la zona UEFA y apunta directamente a la Liga de Campeones. Se ha transformado en el Villarreal por unos cuantos retoques aquí, una mano de pintura allá y una férrea dirección no apta para mentes débiles. Poco queda del Renault calimero que se atribuía todas las fatalidades habidas y por haber. Y casi ningún resto de naufragio flota por las inmediaciones de Fernando Alonso, capaz de amarrar cualquier resultado por encima del peor vaticinio. Puede fallar el coche, pero no este piloto. El mejor del nuevo siglo. Alonso también ganó en Japón, quince días después de levantar el pulgar en la noche de Singapur.
«Lo dábamos por muerto a mitad de temporada», reconoció ayer el ovetense al respecto del monoplaza con el que ayer venció. Estaba muerto, vino a decir el máximo jefe técnico de Renault, Pat Symonds. Tanta paz lleve como gloria deja, pensaba al borde de la desesperación la afición española, cansada como estaba de haberse habituado a la crónica de sucesos con el dichoso R28.
Solvencia
El coche que nunca pasaría a la historia es ahora un libro abierto. Lo de Singapur fue suerte, sí, aunque Alonso se había mostrado muy solvente en la clasificación del sábado, capaz de pelear por la 'pole'. Lo mismo en la ronda sabatina de Fuji (cuarto el español). La ratificación de que nada es lo que parece en la Fórmula 1, de que casi nadie sabe nada de lo que pasa en los garajes por mucha gente que allí trabaje, llegó ayer en el circuito propiedad de Toyota. De repente, el R28 vuela.
Lo mejor de la Fórmula 1 son las salidas. Antes y ahora, se trata de una reacción instintiva que afecta al sistema nervioso del ser humano, a su prestancia para sujetar el brío. Un piloto, un mecanismo para poner en marcha un coche y un acelerador. Eso es todo. Luego llega lo otro, el cálculo de la gasolina, los gráficos que indican el desgaste de los neumáticos, el sistema métrico decimal que impone su voluntad sobre cuerpos y mentes... La salida de Fuji fue el comienzo de los sanfermines. Toros en estampida por encima de una amalgama de corredores ansiosos. La vieja ley no escrita de la Fórmula 1: comer o ser comido.
A Hamilton se le aflojaron los muelles en una reedición del año pasado. Salió fatal, parado sobre la primera raya de la parrilla y ofuscado en la curva inicial, casi fuera de carrera. Igual de mal lo hizo Raikkonen, hundido en un atolladero sin solución a la vista. Las jerarquías del sábado dieron un vuelco en cuatrocientos metros. Kubica y Alonso asumieron el mando y dijeron hasta luego, Lucas. El BMW tuvo ritmo y también el Renault, tanto en la recta de un kilómetro y medio como en la parte lenta de atrás.
Hamilton trabaja en favor de la fogosidad. Lo que pierde en un segundo lo quiere recuperar al siguiente. Un espíritu saludable, al margen de simpatías o antipatías, que ayer se llevó por delante Felipe Massa. El brasileño no aceptó el adelantamiento limpio, quirúrgico, del inglés en la segunda vuelta y arremetió con muy mala baba contra él saltándose una chicane. Impotencia total. Lewis Hamilton tuvo que remontar desde la última plaza como otras tantas tardes. Acabó duodécimo, sin puntos, por los dos que logró de mala manera su gran rival en la lucha por el título, Felipe Massa, un piloto sin alma de campeón.
En el duelo entre amigos, Kubica paró antes que Alonso. Otra sentencia en la F-1. El que se detiene antes, pierde. Mientras el polaco cargaba gasolina, el asturiano aceleró. Adelantamieno en los garajes y pista libre para el doble campeón del mundo, un tipo intratable cuando, como ayer, atrapa el maillot amarillo.
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