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12.10.08 -

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El terreno de la política lingüística
JOSÉ IBARROLA
E l Consejo Asesor del Euskara del Gobierno vasco está estudiando y discutiendo en estas semanas la ponencia titulada 'Bases para la política lingüística del siglo XXI', elaborada bajo los auspicios de la Viceconsejería de Política Lingüística. Patxi López, candidato a lehendakari por el PSE, presentó también hace unos días, en un documento público, sus posiciones básicas sobre el tema. Lo hizo en una convocatoria abierta en la que, por cierto, el 'a ver quién va' dio paso al 'a ver quién no ha venido'. Un ejercicio saludable de normalidad democrática. El consejero de Educación ha tenido que echar el freno de momento en sus proyectos de reforma legal sobre los modelos lingüísticos en la educación. Kontseilua, anclado en el Sinaí, anda paseando con garbo sus diez mandamientos para impulsar el uso del euskera. Algún articulista farragoso, sin ser consciente de que el masoquismo tiene límites en las personas normales y sin querer admitir que lluvias de palabras esconden a veces desiertos de ideas, anda quejoso, en fin, de que nadie se digne contestar a sus artículos. A mí tampoco me contestan, pero no se me ocurre lloriquear por eso. Pienso que la gente tendrá cosas más interesantes que hacer.
Lo que se mueve en torno a idiomas que perviven bien que mal, uno a lado de otro, en sociedades bilingües, suele ser cuando menos complejo y delicado, porque suscita pasiones, no sé si bajas o altas, que pueden acabar perjudicando de forma grave la propia convivencia social. En efecto, las posturas sobre este tema suelen ser casi tan variadas como las personas. Hay extremos: para muchos castellanohablantes, aunque sería más oportuno denominarlos 'no bilingües', el euskera es un estorbo. Lo mejor es olvidarlo. Algunos defienden esta posición argumentando con teorías de calado, que para eso somos universitarios: ni se puede obligar a nadie a aprender un idioma que no es el suyo (a propósito, no sé si se puede aprender un idioma que sea suyo), ni nadie tiene derecho, llegado el caso, a reclamar la posibilidad de aprenderlo, utilizando fondos públicos, teniendo todos a mano, como tenemos, una lengua común. Se trata de una argumentación de extraordinaria finura dialéctica, como se ve. Como para perder el tiempo en contestaciones.
En el otro extremo están los mandamientos, claro, como todo lo religioso: bastaría un acto de fe para que el euskera fuese la lengua única de la comunidad en el plazo de unos años. Hagan esto y lo otro, que nosotros, autonombrados sumos sacerdotes del tema, vigilaremos sus pasos. Fe y decisión política: con eso se arregla todo. Ambos extremos tienen en común la posesión de la verdad, y se caracterizan por disponer de recetarios que quieren aplicar sin tener responsabilidad alguna en la gestión. Total, si sale mal, cargarán otros con las críticas. Ésa es la situación ideal a la que todo humano querría llegar.
En medio de todo eso se halla el ciudadano común, mucho más lleno de dudas que de certezas. Algunos de estos ciudadanos son bilingües, en un grado u otro. Otros son monolingües, al menos en lo que se refiere al binomio euskera-castellano. Estos últimos, en mayor o menor medida, y siendo mayoría, no parecen preocuparse en exceso de que los poderes públicos fomenten el uso del euskera. Les gustaría hablarlo y desean que sus hijos lo hagan. Es por eso por lo que matriculan a sus hijos de forma mayoritaria en modelos bilingües. En cualquier caso, entienden que saber más de un idioma es algo beneficioso y útil (bueno, en realidad varios estudios han demostrado esto con argumentos muy sólidos). Se trata de una opción democrática que han elegido las familias vascas, aunque haya ciudadanos que frunzan el ceño ante esta situación.
En cuanto a los bilingües, muchos de ellos, no todos, andamos buscando espacios en los que podamos expresarnos en euskera, sin renunciar a la lengua que utilizo en estos momentos. En casa, con algunos amigos, en algunos momentos en el trabajo, etcétera. No sé si tenemos derecho a más. Quizás no, pero como lo tengamos (y me temo que sí, que tenemos derecho a algo más que a hablar en casa) habrá que arbitrar medidas para que esos derechos acaben teniendo réplica práctica. Que podamos llamar por teléfono a la Administración y que nos contesten en euskera. Que si vamos al médico, nos puedan atender en nuestra lengua, y que en un centro sanitario entiendan que si un niño pide 'lo!' es que está cansado y quiere dormir. Que no entiendan que está pidiendo un vaso de agua, en una sociedad tan cosmopolita como ésta.
Asegurar algo de eso, dígase lo que se diga, no se puede hacer si no se arbitran medidas políticas discriminatorias en un grado u otro. Medidas políticas que favorezcan el uso de un idioma frente al otro. La cuestión no está en negar la mayor (no hacen falta medidas), sino en intentar encontrar el sistema por el que de forma gradual, y de modo que genere la mayor aceptación social posible, se puedan satisfacer esos legítimos derechos. Es así como funcionan todas las cosas en la sociedad: cuando se proponen políticas de apoyo a determinados grupos o se impulsan determinadas acciones, siempre es a costa de que el resto de las personas a quienes esa acción no beneficia se vean afectadas, de forma directa o indirecta, en otros intereses suyos, por legítimos que sean. Ésa es la esencia de la democracia, que con sus medidas siempre discrimina a unos frente a otros.
Muchos de los que apoyamos el uso del euskera pensamos que estas medidas se deben basar más en el fomento, la ayuda y la promoción que en la imposición y en la obligación. Muchos creemos que sólo la libertad y la voluntad de los hablantes hará posible que una lengua se utilice o no. Por supuesto que se necesita un caldo de cultivo, por supuesto que se necesitan leyes, por supuesto que en las ventanillas de la Administración el uso del euskera debería ser normal y prioritario, por supuesto que se debe impulsar su uso. Pero una vez cumplido eso, sólo la voluntad de los bilingües asegurará el futuro del idioma. Cuando pudiendo utilizar una lengua u otra a la hora de pedir un café en un bar, por ejemplo, eligen el euskera. Esa voluntad que se pone en juego cuando vemos a parejas hablar en castellano entre ellos pero dirigirse en euskera a sus niños. O cuando los estudiantes universitarios de líneas bilingües hablan en castellano entre sí. Moisés no suplirá jamás esa voluntad, aunque baje del monte con cara de mal genio y envuelto en rayos y truenos.
Un idioma debe ser atractivo, y el hablante se debe reconocer y sentir cómodo en él. Llamamos la atención por eso ante medidas coercitivas, ante medidas que, aun siendo legales e incluso legítimas en ocasiones, se pueden volver en contra del euskera en el futuro: ¿Hace algún bien al euskera una novela escrita de forma chapucera, una clase en la Universidad en la que el alumno euskaldun tiene dificultades para entender el chapurreo del profesor, un programa de televisión que provoca sonrojo, un noticiero que incluye noticias derivadas de la aplicación de criterios profesionales desconocidos en el mundo de la prensa? ¿Hace algún bien al euskera el fomento de actividades en las que euskaldunes sin tacha se sienten en realidad en pajar ajeno por la enorme sobrecarga ideológica? ¿Beneficia al futuro del euskera que se intenten experimentos sociales a gran escala -me refiero al cambio de modelos en educación-, sin que hayan sido sometidos a un estudio práctico previo? ¿Aseguraremos mejor el futuro si acabamos generando con nuestras propuestas rechazo social en una sociedad que ha realizado ya una gran apuesta por el idioma? Me temo que no. Me temo que, aun encontrando argumentos legales para hacer todo eso, ciertas actitudes y exigencias acabarán siendo letales para el futuro de la lengua.
Creo que es otro el terreno en donde nos debemos mover. Un terreno en el que la osadía debe dar paso a la prudencia. Así es como entiendo yo la ponencia base del Consejo Asesor. Espero y deseo, en fin, que la discusión iniciada resulte de utilidad a quien tenga que tomar decisiones.
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