Andrew Devonshire, el undécimo duque, recibió en Australia, donde analizaba posibles inversiones familiares, dos telegramas de su madre que le informaba, en dos golpes graduados, de lo que en realidad había sido la súbita muerte de su padre. Era el otoño de 1950 y faltaban catorce semanas para cumplir el sueño fiscal del progenitor.
El décimo duque había previsto transferir sus propiedades -que incluían más de 100.000 acres y varias mansiones, con derechos de minería, en Derbyshire, en Eastbourne, en Yorkshire y en Irlanda- a una fundación, de tal modo que sus decendientes evitasen el impuesto de sucesiones, que estaba entonces al 80%. Pero le faltaban catorce semanas cuando murió para cumplir el plazo entre la transferencia formal y la firma que cerraba el trato. El hijo, Andrew, se encontró ante la obligación de pagar una colosal carga del Tesoro. Las negociaciones duraron 24 años y tuvieron consecuencias artísticas y materiales.
Los Cavendish -nombre familiar de los duques de Devonshire- aún viven en la mansión de Chatsworth, donde una mujer local, Bess of Hardwick, levantó, en la frontera entre los siglos XVI y XVII, una de sus grandes mansiones, pasión que combinó, a través de matrimonios y conspiraciones, con la creación de dinastías. Sus descendientes de hoy residen en una parte de la casa, que no tiene parecido con la original, pagando un alquiler a la fundación. Y eso gracias a que pudieron pagar a la Hacienda pública parte de los impuestos con las obras de arte que habían acumulado los duques en Chastworth durante cuatro siglos. De qué tierras o mansiones se entregaban al fisco se encargaron otros, pero las obras de arte las eligió el undécimo duque en persona, con el criterio -según cuenta en su libro de memorias, 'Accidents of Fortune'(Accidentes de la Fortuna)- de elegir lo mejor en vez de más cantidad.
Los visitantes de la mansión de Chatsworth ya no pueden ver un bronce griego de Apolo, un ritual de bendiciones del siglo IX, bosquejos de Van Dyck, cuadros de Holbein, Rembrandt y Rubens. Aunque hay algún Tintoretto y alguna copia proveniente del estudio de sir Thomas Lawrence, en salones y pasillos visitables. Se pueden ver también algunas compras de arte contemporáneo del duodécimo duque y de su mujer. Hay trabajos que parecen menores de Lucien Freud, viejo amigo de la familia, de Anthony Caro y de Sean Scully. El duque- Andrew, como su padre, es vicepresidente de Sotheby's.
Jaume Plensa
De esa combinación entre el interés por las artes plásticas de una de las familias aristocráticas más ricas e influyentes de los últimos cuatro siglos y el ansia de la casa de subastas de mostrar obra más allá de los confines limitados de su sede en el barrio de Mayfair, en el mismo centro de Londres, nace 'Beyond Limits'. Más allá de los límites espaciales de una galería o un museo convencional, fundamentalmente. Aquí, como en el Parque de Escultura de Yorkshire (YSP) y el Chillida Leku donostiarra, obra que tiene con frecuencia un tamaño difícil de encajar encuentra el espacio para respirar. Es la tercera edición de una muestra que también atrae nuevos visitantes a la mansión, sus jardines y el parque circundante.
Son veinticinco obras de estilos variables. Desde el inmenso bebé flotante y cosido a nuestra tierra por el nudillo del meñique, de Marc Quinn, a la sensual y horonda promesa de maternidad de la 'Pomone Drapée', de Aristide Maillol, que encaja extraordinariamente bien en el centro de las fragancias del jardín de Chatsworth.
Una figura humana de Jaume Plensa, se sienta en el césped y, con las piernas entre sus brazos, observa la mansión. Está vacía y la membrana que le da silueta y le une al mundo es un tejido de letras, de palabras aún por construir o descifrar. Como tantas otras obras de esta exposición, parecería diseñada para este jardín, envuelto en un paisaje diseñado por el gran arquitecto del paisaje inglés, Lancelot 'Capability' Brown.