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Los medios de comunicación evitan difundir imágenes de muertos o heridos cercanos, por la presión social y la propia toma de conciencia de los periodistas

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Lo que no queremos ver
'Fusilamientos del tres de mayo', de Goya, arquetipo del horror en la pintura española. / EL CORREO
'Una imagen vale más que mil palabras'. No lo niegan ni psicólogos, ni redactores, ni, claro está, los propios fotógrafos. «Pase lo que pase, lo primero que busca la gente es la escena de los hechos. ¡Quieren ver! Y nosotros tenemos que ofrecerles esa información siempre y en todo lugar. Sin caer nunca en lo truculento ni en lo morboso», asegura Unai Risueño, un joven fotorreportero vasco afincado en Holanda, que actualmente colabora con varias agencias españolas y neerlandesas. Aunque su fuente de ingresos principal -paradojas de la vida- es otra muy distinta: Unai se gana el sustento diario con reportajes fotográficos de funerales y entierros, «algo muy extendido en este país».
Son álbumes primorosamente encuadernados que luego se pueden compartir con los amigos; en sus páginas aparecen las únicas fotos de compatriotas fallecidos que se toleran en Holanda. «En España también hemos avanzado mucho en este sentido. La dignidad de las personas debe respetarse, el derecho a la información tiene límites», advierte Vicente Sánchez de León, presidente de la Agrupación de Telespectadores y Radioyentes (ATR). Hasta el punto de que el accidente aéreo en Barajas del pasado 20 de agosto sentó un precedente de orden judicial: Javier Pérez, titular del juzgado nº 11 de Madrid, prohibió la emisión de las imágenes grabadas por los equipos de emergencia para, en sus palabras, «preservar la intimidad de las víctimas y no herir la sensibilidad del público». Aquel mandato no admitía medias tintas; hace tres semanas, la Guardia Civil requisó la copia de un vídeo sobre el siniestro que había difundido un periódico de tirada nacional.
Queda, sin embargo, una pregunta en el aire. De no haber mediado el veto del juez, ¿se habría caído inevitablemente en lo escabroso? En opinión de Ana Ortas, subdirectora de informativos de Telecinco, «la profesionalidad de los periodistas lo habría evitado». No le cabe duda de que en el área de información general «se trabaja con un respeto exquisito hacia las víctimas»; y aprovecha para deslindar con pulso firme su labor «de lo que hacen esos 'magazines' donde se mezcla lo informativo con algo que podríamos llamar 'social'».
Irene Villa
Los medios de comunicación nunca muestran nada «sin valorar previamente su repercusión», insiste Ana Ortas. «En la actualidad hay más consideración hacia los afectados porque antes pesaba más el impacto, el deseo de presentar la crueldad de la realidad». Escenas como las de Irene Villa, una niña de 12 años con las piernas seccionadas, «ya no se difundirían, la sensibilidad ha cambiado mucho desde 1991». La presión de las asociaciones de víctimas y la toma de conciencia de los propios periodistas han terminado rebajando drásticamente la crudeza de las imágenes. Ahora bien, las cautelas se toman «siempre que se trate de personas a las que les podemos poner nombre y apellidos». Cuando son críos chinos, georgianos o afganos, nadie se siente aludido.
Este fenómeno ocurre en todo Occidente: si la sangre de inocentes se derrama en otro continente parece que no impresiona tanto. Las agencias internacionales de noticias distribuyen las imágenes y «al final todos sacamos las mismas». Nadie pone el grito en el cielo, ni amenaza con llevar a los tribunales a ningún periódico o televisión. Ése es el miedo que coarta a los medios en EE UU. Como apunta Patricia Alvarado, colaboradora de CNN en español para América, «el respeto hacia las víctimas nacionales es fundamental, de lo contrario se desatan las críticas y puede haber demandas».
Dentro de esa órbita, poco a poco, se van adoptando criterios uniformes en España. «Eso sí, vamos con mucho retraso, hace apenas cuatro años que contamos con un código deontológico eficaz. Antes, sin un órgano de control independiente, era imposible...», admite Manuel Núñez Encabo, catedrático de Ciencias Jurídicas y miembro de la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España). Ciertamente la Comisión de Quejas y Deontología de la FAPE marca un antes y un después: es un 'buzón' donde hacer llegar las críticas de peso, fundadas y legítimas, contra los medios de comunicación. «Si nos mandan una protesta, dictamos una resolución en 25 días. Y cuando consideramos que hay razones para condenar, lo decimos sin tapujos. Nuestra sanción es el desprestigio de ese medio, algo durísimo para cualquier cabecera que se precie», subraya Núñez Encabo. Hoy por hoy, trabajo no les falta a los dieciséis profesionales que integran esa entidad, entre periodistas, expertos en ayuda humanitaria, abogados, catedráticos y personalidades vinculadas a Cáritas.
Pese a todo, hay víctimas que sufren una sensación de impotencia «insoportable», denuncia Pilar Manjón, presidenta de la Asociación 11-M Afectados por el Terrorismo. «Hay periódicos que no se merecen tal calificativo y ahí siguen. Todos sabemos de gente que entró sin permiso en la habitación de un hospital para sacar fotos de una mujer en coma. Y estamos hartos de exigir que no se publique en los suplementos especiales, con cada aniversario del atentado, la imagen de aquel joven con los ojos reventados. Su madre y él mismo no lo aguantan». Aquella escena dio la vuelta al mundo; ha quedado grabada en la memoria, como la niña vietnamita del napalm.
¿De verdad remueven conciencias el horror y la sangre captados por una cámara? El cadáver del ingeniero bilbaíno José María Ryan, maniatado y con un tiro en la cabeza, ¿hizo mella en la población que jaleaba a ETA? Los cuerpos martirizados de gemelos judíos, a manos del doctor Mengele, ¿ablandaron el corazón de algún nazi? ¿Nos hace mejores haber visto esas imágenes? «Esa es la pregunta del millón. Cada uno tendrá su opinión, pero yo creo que no. El impacto que produce una foto depende de cada uno. Se siguen cometiendo tantas atrocidades... Yo defiendo la existencia de imágenes como documento, es importante que se guarden como testimonio de lo ocurrido. Y no me opongo a su publicación, siempre y cuando se cuente con la autorización de los afectados», reflexiona Nekane Parejo, autora del libro 'Fotografía y muerte: representación gráfica de los atentados de ETA (1968-1997)'.
Sensibilidad europea
Con más o menos matices, todo apunta en la misma dirección. Sirva de ejemplo que el pasado 29 de septiembre, la FAPE (Federación de Asociaciones de Periodistas de España) organizó en Madrid un foro bajo el título 'Tratamiento informativo del accidente aéreo de Barajas' y sólo hubo tres puntos de acuerdo: «Necesidad de respetar el dolor y la intimidad de los familiares de las víctimas; crítica a las distorsiones que suscitan los programas de entretenimiento; compromiso de mejorar para afrontar con mayor rigor y transparencia situaciones similares en el futuro».
No hay vuelta de hoja. Desde la distancia, se percibe aún con más nitidez la evolución de los últimos años. Así lo ve Manuel Trujillo, director de psiquiatría del Hospital Bellevue de Nueva York y testigo directo del 11-S: «Está claro que España está adoptando una sensibilidad similar a la anglosajona, o europea en general». La intimidad del ciudadano medio se ha vuelto infranqueable -salvo consentimiento previo- «y la muerte de las personas cercanas no se quiere ver en toda su crudeza». La conclusión cae por su propio peso: en un mundo saturado de imágenes, donde cualquiera puede invadir la privacidad del vecino con la cámara del móvil o colgar en Internet lo que le parezca, los medios extreman las precauciones para no ofender a nadie. Su patrimonio más valioso es la confianza y el respeto de la gente.
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