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Sociedad

crimen machista en santurtzi

La mujer estrangulada alertó en agosto a la Guardia urbana de que era maltratada por su marido, que anoche ingresó en prisión

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Docca ya había llamado a la Policía
Cientos de personas se concentraron ayer en Santurtzi contra los malos tratos. / FERNANDO GÓMEZ
Doccas David vivía aterrorizada en el encierro al que le había condenado su marido, Iván P. Apenas salía de casa y su contacto con los vecinos de la casa donde residía en la localidad vizcaína de Santurtzi, en el número 11 de la calle Ramón y Cajal, era mínimo. Pese a que las discusiones con su pareja eran constantes, nunca se atrevió a denunciarle. Aunque sí llegó a alertar a las fuerzas de seguridad de que soportaba una situación de maltrato. Lo hizo el 21 de agosto a través de una llamada telefónica. Pero su caso no fue más allá de un seguimiento temporal de oficio, ya que ella rechazó la ayuda de los servicios sociales del municipio.
En aquella ocasión Doccas, de 26 años y natural de Sierra Leona, reconoció lo que, a buen seguro, era sólo la punta del iceberg de las agresiones que presuntamente sufría a manos de su esposo y ahora autor confeso de su asesinato. «Me empuja y me agarra por el cuello», desveló al agente que le escuchaba al otro lado de la línea. Tenía una niña de apenas un año y sólo quería marcharse del domicilio conyugal. Según apuntaron ayer fuentes de la investigación, no quiso saber nada de la ayuda y el asesoramiento asistencial y jurídico que le garantiza el protocolo contra la violencia sexista que tiene activado el Ayuntamiento de Santurtzi. Para ella, la única solución era «divorciarse».
Pese a todo y durante dos semanas, los responsables de seguridad llamaron de modo regular a la mujer para asegurarse de que la situación no empeoraba. Al percatarse de que no se reproducían los problemas, restaron trascendencia al caso.
Mejor suerte corrió la anterior compañera de Iván P., que huyó de Santurtzi para alejarse de su agresor. Según confirmó el Departamento de Interior del Gobierno vasco, la mujer, también de origen africano y que tiene un hijo de seis años con el presunto maltratador, sí tuvo el valor para presentar dos denuncias contra él. Desde mayo de 2007, contaba con una orden de alejamiento.
«Esta vez la ha matado»
El asesinato de Doccas David fue macabro. Los ertzainas que entraron al domicilio encontraron a la joven boca abajo sobre la cama, con los pies y las manos atados con cuerdas. Juan, vecino del inmueble, no podía dejar de imaginarse la cruel escena. Y de lamentarse por no haber intervenido a tiempo. «Había grabado el teléfono de la Policía local en el móvil para alertarles sí volvía a oír jaleo, pero no reaccioné», repetía.
Según explicó, en el portal estaban acostumbrados a los gritos procedentes del primero derecha. «Muchas veces, de madrugada». Pero la riña del domingo por la mañana les preocupó de un modo especial. Sobre todo a la mujer de Juan. «Oyó a la esposa gritar tres veces y tuvo un presentimiento. 'Ese hijo de puta la ha matado', me susurró». Juntos esperaron a que volvieran a oírse los ruidos para actuar, pero el silencio lo invadió todo, y recuperaron su rutina diaria. «¡Cómo podíamos imaginarnos que la había asesinado de verdad!», lamentaba.
Ayer, el Instituto Anatómico Forense realizó la autopsia de Doccas. Aunque aún no se ha hecho público el resultado, el Departamento de Interior sí adelantó que presentaba signos de haber sido estrangulada. Iván P., que confesó a los agentes haber ahogado a su mujer, ingresó anoche en prisión por orden del juez.
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