a crisis económico-financiera mundial absorbe el discurso político y mediático y monopoliza también, por sus previsibles repercusiones en el bienestar ciudadano, la preocupación social. No hay mal que por bien no venga. En el caso del País Vasco, el indudable mal de la crisis nos ha traído el bien colateral de sacarnos del debate monográfico en que estábamos absortos y que a punto ha estado de asfixiarnos. Gracias a ella, respiramos el aire que todo el mundo respira y que, pese a hallarse contaminado, no está, al menos, tan viciado como el nuestro. Decía un conocido jeltzale que necesitaba la independencia «para respirar». Yo le aseguro, que, al paso que nos encaminábamos hacia ella, se habría ahogado antes de alcanzarla.
Curiosamente, es el partido al que el citado jeltzale pertenece el que con más alivio ha recibido este cambio de ambiente. Ha visto en él la oportunidad de abandonar el camino cegado de la consulta y de confrontarse con sus adversarios en un terreno que, tras el fracaso cosechado, considera más propicio para sus intereses: el de la gestión económica. La circunstancia de la crisis mundial le ha dado la razón, frente a su propio candidato, en el pulso sobre la conveniencia de reconducir el debate hacia planteamientos más acordes con el sentir ciudadano. Sin embargo, y por satisfecha que se sienta la dirección jeltzale con el nuevo rumbo que han tomado las cosas, va a toparse con serios obstáculos a la hora de mantenerlo invariable en los cinco largos meses que aún nos separan de las elecciones. Tres son los que a mí me parecen más dignos de destacar.
En primer lugar, resulta difícil de creer que el discurso del «estamos mejor, porque lo hemos hecho mejor», al que parece limitarse, de momento, el nacionalismo, pueda ser sostenido en el tiempo y resultar convincente. Aparte de que en buen número de parámetros estemos más o menos como los demás -coste de las hipotecas, encarecimiento de la vida, dificultades crediticias, retraimiento del consumo y temor por el futuro de los ahorros-, no puede para nada excluirse que la crisis general vaya a repercutir, pronto y con fuerza, en lo que ahora se presenta como nuestra mayor fortaleza comparativa: el entramado industrial y el empleo. Y cuando esta repercusión comience a percibirse en el cuerpo electoral, quien haya abusado del discurso comparativo acabará pareciendo tan poco de fiar como hoy parece quien en su día se resistió a reconocer, no ya la gravedad, sino la propia existencia de la crisis. Cuando las cosas le van mal a uno, poco importa cuánto peor les vaya a los demás.
En segundo lugar, ni la trayectoria política del candidato jeltzale ni la de los socios con los que probablemente se presentará éste a las elecciones auguran el mantenimiento prolongado de un discurso socio-económico incontaminado por la política. Hay tics de los que uno no puede liberarse de la noche a la mañana, y la obstinación con que socios y candidato han defendido el discurso soberanista difícilmente podrá verse satisfecha con una mera defensa de «más autogobierno para más bienestar». Cuando la vanguardia se ha adentrado, con tan arriesgadas y excitantes incursiones, en territorio enemigo, el repliegue tras la línea de trincheras sólo puede interpretarse como derrota. Y ésta, ni el candidato ni sus socios podrán soportarla. El asunto se ha hecho ya para ellos una cuestión de amor propio, en la que 'sostenella' es opción más plausible que 'enmendalla'.
Finalmente, y en estrecha relación con lo segundo, la más que probable orfandad en que habrá de encontrarse el electorado de la izquierda abertzale en los próximos comicios representará para muchos nacionalistas -entre los que sin duda se encuentran el candidato jeltzale y sus citados socios- una tentación de probar suerte en ese nuevo caladero con el cebo apropiado del soberanismo. La tentación se les hará prácticamente irresistible, cuando la posibilidad de la pérdida del poder adquiera, con el acercamiento de la fecha electoral, inquietante verosimilitud. El temor a que la solvencia ante la magnitud de la crisis -solvencia, por cierto, siempre incierta- no constituya incentivo suficiente para movilizar en su favor al electorado contribuirá a que el nacionalismo recurra, como último recurso, a la excitación de las emociones nacionales e identitarias. Porque, en ese momento de incertidumbre, la incorporación de ese electorado huérfano de representación le parecerá al nacionalismo la única tabla que pueda salvarlo de un verosímil naufragio.
En cualquier caso, y aunque los jeltzales logren superar estos obstáculos, siempre van a encontrarse en la contienda con adversarios interesados en recordarles su reciente pasado y en prevenir al electorado del más que probable riesgo de que vuelvan a repetirlo en el futuro inmediato. Economía y política no podrán, por tanto, disociarse al gusto de cada uno.
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