El 'New York Times' le llamaba ayer «pato cojo» y advertía de que «si quedaba alguna duda de que el presidente Bush ha quedado políticamente impotente por sus tribulaciones de los últimos años, se despejaron el lunes cuando, a pesar de sus llamadas personales, más de dos tercios de los republicanos votaron en contra del plan» para rescatar la economía de EE UU y del mundo. Aun así, su intervención de ayer antes de que abrieran los mercados dio aire a la Bolsa.
El terremoto político provocó el mayor desplome -un 6,97% y más de 700 puntos- que haya sufrido el Dow Jones en su historia y sacudió los mercados de todo el mundo. «Estoy decepcionado, pero puedo asegurar a nuestros ciudadanos y a los ciudadanos del mundo que éste no es el final del proceso legislativo», dijo el mandatario desde el Despacho Oval, en conexión con todas las televisiones del país.
El presidente apareció cansado y ojeroso para lanzar un desesperado llamamiento a los legisladores para que apoyen su proyecto, que prevé destinar 480.000 millones de euros a la salvación de los bancos. «Estamos en un momento crítico para nuestra economía» que requiere medidas «urgentes», subrayó. «Si no actuamos ahora, la situación empeorará día a día» y el impacto de la crisis financiera será «doloroso y duradero», añadió.
Bush había trabajado todo el fin de semana para llegar a un acuerdo y se había pasado la mañana del lunes telefoneando a los diputados republicanos para asegurarse su voto. De ahí la sorpresa de que 133 de ellos se rebelaran, en contraste con los apenas 65 que se unieron a 140 demócratas para apoyar la ley.
El 47% en contra
La Cámara de Representantes no volverá a reunirse hasta mañana. Los líderes de ambos partidos prometieron que se dará una nueva votación en la que esperan contar al menos con los 13 votos que faltaron, pero el descalabro político no permite creerse muchas predicciones. Un tercio del Senado y toda la Cámara de Diputados se juega la renovación en las elecciones del 4 de noviembre. Ayer todos los periódicos de cada estado sacaban en portada cómo habían votado sus representantes, con foto, nombre y apellido. En la capital de Mississippi, el estado más pobre por renta per cápita, sólo uno de los cuatro lo había hecho a favor: Chip Pickering, el único que no se presenta a la reelección.
El lastre político que dejará aprobar una iniciativa que grava a cada ciudadano con 2.300 dólares más de deuda pública para rescatar a la banca pasará factura en las urnas. Pese a los esfuerzos de la última semana, el 47% de los estadounidenses sigue en contra del plan de rescate. Por eso el objetivo de los políticos es convencer a la calle de que el plan no es para beneficiar a Wall Street, sino para salvarles a ellos.
«Es una cifra muy larga, pero es que estamos tratando con un problema muy gordo», admitió Bush. El candidato demócrata, Barack Obama, lo puso en letras rojas: «Si no actuamos inmediatamente, miles de negocios de todo el país cerrarán sus puertas y cientos de miles de personas se quedarán sin trabajo». Y tampoco es hora de repartir culpas: «Si la casa de tu vecino está ardiendo, no te pones a decir que era un irresponsable que fumaba en la cama y siempre se dejaba la estufa encendida, sino que la apagas por lo menos para que no arda la tuya», tradujo Obama.
Los primeros a convencer eran los legisladores. Algunos, como el demócrata Gene Taylor, veían «la oportunidad de volver a trabajar en una solución que beneficie más que a Wall Street». Su colega Gene Taylor opinaba que el plan de dar «capacidad ilimitada al secretario del Tesoro, Henry Paulson, para gastar una suma astronómica sólo podía ser peor si se asignara a ese cargo a Michael Brown», el responsable federal del desastre del Katrina.