Pedro Zarraluki se desdobla entre la gran ciudad y el campo «cada vez más». Será por eso que su última novela, 'Todo eso que tanto nos gusta' (Destino), trata de la huida de unos cuantos personajes en crisis a una zona rural para encontrar ese pequeño paraíso de cada día. Es una comedia coral y melancólica, donde casi todo se resuelve para bien, pero que arrastra mucho dolor. La vida misma.
-Hemos leído sobre padres que van en busca de sus hijos y adolescentes que investigan sobre sus verdaderos padres, pero aquí el que huye es un sesentón, y el que persigue, su hijo de cuarenta.
-Este libro puede leerse en dos niveles. El primero es el de esa relación padre-hijo, en la que el padre es un jubilado que decide acabar con su tediosa vida cotidiana. Es de fuerte carácter, mientras que el hijo es débil y lo pierde todo porque se lo quitan otros. El padre se sentía atrapado en lo que había llegado a ser su vida, la tele y la butaca. Tiene toda la vida por detrás. Y aquí está el segundo nivel: en la joven María, que tiene toda la vida por delante y siente la angustia de todo lo que puede ser.
-La misma angustia a distintas edades.
-El padre dice «yo no recuerdo ningún momento en que me haya sido fácil vivir». Eso es. La idea es que hay que congraciarse con los momentos buenos de la vida, esos pequeños paseos por el paraíso, destellos de felicidad. Hay que saber disfrutarlos. No sabemos.
-El padre está buscando el paraíso y lo encuentra en el Ampurdán.
-Su familia está arrasada y es curioso que se recomponga con el golpe de timón del padre.
-¿Por qué tantos secundarios?
-Los secundarios me interesan como esbozos. Y están influidos por gente que he conocido. En el Ampurdán hay mucho anarquista reciclado en el campo, como Lola la de la fonda. La italiana está basada en Elsa Pereti, diseñadora de Tiffany que se retiró al campo. La entrevisté una vez y me fascinó. Los secundarios son los infiltrados del autor en la novela para ir analizando a los personajes.
-Paquita y Marcelo, la maestra ciega y el lector compulsivo, son los más literarios.
-Ellos representan una idea con la que quería trabajar: la de la memoria como un saco donde todo va cayendo y se confunde. Ella renuncia a la realidad y él adquiere una cultura caótica de tanto leer que al final ya no sabe lo que ha vivido y lo que no.
-Para superar la crisis, ¿mejor un cambio?
-Rodearte siempre de las mismas personas, con los mismos diciendo lo mismo. Cambiar de escenario conlleva gentes nuevas y a veces la gente que no conoces te ayuda de alguna forma.
-Tanto hablar de crisis, ¿es ese el origen del libro?
-Yo estoy en crisis siempre, cada día desde que me despierto hasta que decido qué voy a hacer. Vivo en Barcelona pero cada vez paso más tiempo en una casa que tengo en un pueblo, cada vez voy más porque es lo que me apetece. Es un desdoblamiento.
-La novela empieza muy pesimista pero acaba como un cuentito.
-Soy de carácter melancólico y escribo esto para animarme. Y creo que las historias no es que acaben bien, es que no duran lo suficiente. El libro va in crescendo, desde estar totalmente hundido a cambiar la actitud del narrador. Es una comedia melancólica. Si hasta acaba en boda. Pero está teñida de la melancolía que es la realidad. Somos muy supervivientes. El mensaje es que hay que dejar los errores de lado para poder disfrutar.
Reconoce que le cuesta mucho «arrancar una historia» porque antes de comenzarla debe tener muy clara la atmósfera en que va a desarrollarse y necesita «pasearse un tiempo a ciegas por ella». Zarraluki dice que «escribir es meterse en una historia durante mucho tiempo, a veces, durante varios años» y «es tener una doble vida». Añade que, para él, «no hay nada más apasionante» y que, a esta tarea, dedica «la cabeza, el corazón y cientos de horas de trabajo».