Los pendientes de ella son dos arañas ancladas en el lóbulo, del cuello le cuelga un murciélago, el bolso es un ataúd de piel forrado de raso rojo y proyecta un viaje a Transilvania, a los dominios del conde Drácula. Él viste una impecable camisa de rayas; esta vez no lleva corbata pero, como siempre, adorna su americana con un pañuelo en el bolsillo. Ella es Marta Fernández, de estética gótica; él, Javier de Juana, de estética formal. Son irreconciliables, pero sólo en apariencia. Ambos comparten una honda sensibilidad estética.
-¿La ropa es una forma de expresión?
-Ambos: Sí.
-¿Qué expresan?
-M. F.: Depende de cada uno. No es algo que viene de fuera, sino un submundo, algo que se lanza al mundo. Me visto así porque me gusta, porque soy así.
-J. J.: La imagen es un lenguaje. Nos vestimos para proyectar nuestra personalidad y, para ello, se necesita criterio. Podemos vestir como queremos o como creemos que debemos vestir. Somos un equilibrio entre fondo y forma y, en la medida que cultivamos la forma, potenciamos el fondo. A la forma se la considera equivocadamente superficie.
-Hay quienes no aprecian esa superficie.
-J. J.: Sí, disimulan, dicen que la ropa se la compra la esposa o la secretaria, pero no es cierto. La imagen es tan importante que es lo que confiere ese tirón a la moda, aunque en ella subyace un pequeño drama: yo sé cómo veo a los demás, pero ignoro dramáticamente cómo me ven. Eso no se resuelve ni con fotos ni con cámaras, por eso preguntamos a los otros '¿Cómo me cae esto?'.
-M. F.: Sí, ¿cómo me ven? No solemos pensar que nos ve el de enfrente, y depende de sus prejuicios, de cómo se haya producido el encuentro, de la cara que hemos puesto, de si hemos sonreído. La moda marca unas tendencias y cada cual toma de ella lo que le gusta, se reelabora en la mente, en la cabeza de cada cual. Y algunas personas no tienen la mente abierta para recibir lo que queremos darles.
-¿Notan que les miran por la calle?
-M. F.: Hace unos años sí, ahora no tanto, aunque a mí me ha parado gente para hacerse fotos conmigo. Si lo hacen con respeto... A veces, hacen una categoría y me meten en ella, pero yo soy yo.
-J. J.: En general, nos gusta que nos vean, no que nos miren. Ya veo que Marta asiente. A través del vestido, buscamos variar, atraer y singularizarnos, en distintos grados. Algunas personas se sienten más cómodas en el anonimato, mientras que otras tienen una personalidad más fuerte y crean su propia singularización.
-¿Qué es vestir bien?
-J. J.: Un hombre bien vestido es aquel que compra ropa con inteligencia, se la coloca con esmero y, a continuación, se olvida de ella.
-M. F.: Creen que nos gusta llamar la atención, pero no es así. Yo me visto para mí; a veces me pongo un vestido romántico y me siento la princesa de mi cuento.
-Hay quien carece de creatividad para vestirse.
-J. J.: Pero se apoyan en esquemas, en marcas.
-M. F.: He trabajado en una tienda de ropa gótica, y hay gente que llega y dice 'Quiero ser gótico'. ¿Quieres ser o vestirte? En una tienda te ayudan a vestirte, no a ser. No es lo mismo ser que parecer y, ojo, todo es respetable. Cada uno que lleve lo que le de la-re-al-ga-na.
-J. J.: La clave está en no molestar a los demás.
-¿Cómo se aprende a vestir?
-M. F.: En mi caso es una evolución. Me influyó mucho un programa de la tele, 'La bola de cristal', que presentaba Alaska. Ya desde muy pequeña me atraía el negro, y para mi edad no había nada. Poco a poco fui combinando con muy distintas influencias. Por ejemplo, ¿por qué no me tiño el pelo de negro como todas las góticas y lo conservo con tonos rojos? Porque me gusta.
-J. J.: Estamos inmersos en una cultura estética y los cambios de moda responden a grandes cambios sociales. En los últimos 2.000 años se han producido del orden de 62-64 grandes cambios de moda, que nunca han obedecido a diseñadores sino a revoluciones sociales.
-¿Un ejemplo?
-J. J.: El pantalón.
-M. F.: En la mujer.
-J. J.: No sólamente, aunque es un buen ejemplo. Se produce en los años setenta y es un logro social, en el que la mujer consigue que se la reconozca. Pero también en el hombre, que en época de los romanos usaba un pantalón corto bajo la falda. Más tarde, se usaban unos largos de franela, bajo la armadura, y a quien los usaba se le suponía propietario de una armadura. Con los Borbones, se apostaron sastres en las esquinas para cortar las capas y los sombreros con que se protegían de los excrementos que se tiraban por la ventana al grito de 'Agua va'.
-M. F.: Hay otros cambios, como el movimiento gótico en Francia.
-J. J.: Pero tenemos unas influencias que desconocemos. Hoy, las modas se inician en un 5% de personas que llamamos IPI (Imagen Personal Impulsora). Estos son los primeros que aceptan los cambios. Hay un 15% de miméticos, personas que copian; después hay un 60% de personas ponderadas, esos que dicen que la moda les da igual, y es mentira, porque no van ni con capa ni con armadura. Finalmente, un 20% de desplazados, que llevan lo que les dejan los hijos, o así.
-Ese 60% llevará lo que hay en el mercado.
-J. J.: Luego están los grupos sociales. Hoy conviven distintos conceptos de elegancia, de moda... Están los liberales progresistas, las clases altas de toda la vida, los profesionales de éxito y los posmodernos, de una estética invertida pero con sus códigos: van despeinados pero despeinarse lleva su tiempo.
-M. F:. Más que peinarse, a veces.
-J. J.: Otro elemento son los espíritus de cuerpo creados por las profesiones.
-M. F.: ¿Cómo?
-J. J.: Los banqueros visten de manera muy parecida, porque tratan de dar una imagen tranquilizadora; el ejecutivo, de eficacia y viste de gris o negro; los médicos buscan una imagen aséptica y las profesiones creativas, como arquitectos, buscan una imagen distinta. Creemos que no nos influyen, pero necesitamos a los líderes modelicosociales. ¡Ay de aquel que no tenga su líder!
-M. F.: Sí, se coge un poco de cada uno, aunque nada tengan que ver.
-¿Quién es una IPI?
-M. F.: Alaska lo es.
-J. J.: Incluso tú misma, Marta, también lo eres, pero un ejemplo claro es David Beckham. Lo son todas aquellas personas que dan una imagen singularizada.
-M. F.: Hay gente que se gasta un pastón en ropa y me pregunta de dónde he sacado tal cosa o cómo llevo la otra. Quizá es algo que me ha costado 6 euros y le he pegado dos tijeretazos. No es que les guste mi ropa, les gusta cómo la llevo. Me gusta que me pregunten.
-¿No creen que hay gente a la que no le interesa nada la ropa?
-J. J: Sí, pero es por un concepto erróneo y han llegado a ello por sus carencias, sus propios miedos. No es encomiástico.
-M. F.: Pensamos que una persona que se cuida gasta mucho dinero en ropa y en imagen y no tiene por qué ser así. Yo soy una persona muy apañada.
-J. J.: La elegancia no tiene que ver con ir bien vestido. El traje más elegante es una buena sonrisa, y eso no es caro, pero es difícil.
-M. F.: Sí... Una buena sonrisa, no una mueca, es un antídoto contra la frustración.
-¿Se pondrían una camiseta del Athletic?
-(Ambos, de nuevo de acuerdo) No.