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Vizcaya

21.09.08 -

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P arece que ha llegado la crisis, pero tal vez no sea conveniente que lo repitamos a cada rato. Las crisis económicas, como las personales, tienen una parte real y otra imaginaria. El mundo no es tan estupendo como se empeñaba en creer el doctor Pangloss mientras le sucedían horribles desgracias, en el 'Cándido', de Voltaire, pero tal vez sea preferible esa actitud a la del agonías que se lleva todas las tortas, las propias y las ajenas, las presentes y las anticipadas, las reales y las hipotéticas. La candidez nos puede llevar a que las dificultades nos cojan desprevenidos, pero el pesimismo es una enfermedad contagiosa. Los agoreros agravan objetivamente la situación.
Los economistas explican las cosas después de que hayan sucedido, son adivinos con espejo retrovisor, comentaristas de moviola, profetas a posteriori. En Física la manzana cae. Ni asciende a los cielos ni se queda quieta en el aire. La gravitación no falla. Las ciencias económicas, en cambio, son más volubles. Las personas corrientes, como la inmensa mayoría de los economistas, no suelen conocer las causas, al menos de antemano, pero experimentan los efectos. Cuando las grandes corporaciones hacen buenos negocios, las personas corrientes no son convocadas al reparto del botín, pero cuando a esas corporaciones, por remotas que sean, no les va bien, las cosas se ponen difíciles en general. Cuando cae la Bolsa hay cascotes para todos, incluso para quienes no leen las cotizaciones de Bolsa.
El viernes y el sábado, el Casco Viejo se convirtió, otra vez, en un mercado de gangas. La explicación ya no fue meteorológica. No se trata de que unas inesperadas rachas de frío polar se hayan cargado las ventas de bermudas en verano. El gerente de la Asociación de Comerciantes no se anduvo con eufemismos del estilo de la desaceleración, los aterrizajes suaves o los ajustes blandos. Habló directamente de crisis. En septiembre, terminadas las rebajas de julio y agosto, los bilbaínos que conservaron algún dinero después de las vacaciones, pudieron encontrar, paseando por las Siete Calles, chollos irresistibles. Dos actividades, pasear y comprar barato, que mejoran el estado de ánimo, incluso el postvacacional. En las crisis, sean económicas o personales, no conviene cambiar radicalmente de costumbres. Sería insensato ponerse a comprar alocadamente, pero sólo un poco más insensato que dejar de hacerlo por miedo, o a la espera de un mercado de gangas diario y en los más diversos ramos.
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