El sector turístico, algo agobiado ante la crisis aunque menos que otros, ha recurrido a descuentos masivos para salvar el final de la campaña veraniega. Las rebajas han sido de tal calibre que ha sido posible pasar una semana alojado en algunos hoteles de la costa mediterránea por la mitad del coste que en años anteriores. En otras zonas no se ha llegado a ese extremo, aunque sí se han producido recortes sustanciales. La fuerte competencia de otros destinos -como Egipto, Turquía y, en menor medida, Croacia-, que pujan por los mismos mercados -británicos y alemanes-, ha hecho que los hosteleros españoles se 'pongan las pilas' a la espera de que los viajes del Imserso y los jubilados europeos eviten que la temporada 'baja' lo sea más de lo normal.
Pero el problema no es nacional, por mucho que aquí resulte más significativo porque España es una potencia turística. Prácticamente todas las encuestas realizadas desde junio hasta ahora entre los ciudadanos europeos revelan que éstos se han apretado el cinturón estas vacaciones o, al menos, así lo han declarado tras afirmar que habían disfrutado su período de descanso en destinos más cercanos y, al mismo tiempo, habían reducido su estancia, pasando así menos tiempo fuera de casa.
El frenazo económico generalizado en la UE-27 y la elevada inflación en muchos de sus Estados miembros han hecho que la demanda de viajes se retraiga pero, sobre todo, que se mire más el bolsillo a la hora de decidir cómo pasar el tiempo libre, lo que ha pasado factura a la industria turística europea, la primera del mundo con unos ingresos anuales de 316.000 millones de euros. Al igual que ocurre en España, donde son la restauración y los servicios complementarios los que están 'pagando el pato' del impacto de la crisis en el turismo -bares, restaurantes y cafeterías redujeron casi un 6% su negocio entre julio y agosto-, las ventas de la hostelería francesa han caído entre un 10% y un 30% este verano.
Lo preocupante para el sector, tanto en España como en otros países europeos, es que todo ello ha ocurrido en plena temporada alta, que supone más de la mitad de sus ingresos anuales y, además, sin que la temida crisis haya tocado suelo, pues lo peor se espera para finales de 2008 y principios de 2009. Pese a ello, desde el Gobierno se mantiene la confianza que en la industria turística nacional logrará, al menos, repetir los mismos resultados que en 2007. El ministro de Industria, Turismo y Comercio, Miguel Sebastián, advertía en los últimos días que el negocio iba «razonablemente bien». Tras un pésimo julio, las cifras de agosto muestran una cierta recuperación, aunque sigue existiendo una gran incertidumbre de cara a la recta final del verano.