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Vizcaya

07.09.08 -

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L a mejor manera de conservar los monumentos que nacieron para ser funcionales es mantenerlos activos, bien engrasados, en forma. El Puente Colgante no se hizo para que fuera una simbólica puerta de hierro hacia el mar, un adorno, una escultura, una emulación, en plan mecano, del Coloso de Rodas, sino para cruzar de una orilla a otra. Fue un acierto definitivo diseñarlo útil y estético a la vez, moderno y vaporoso como la Belle Époque en la que fue construido, sólido como el hierro aplicado a la arquitectura que se puso de moda entonces. La estética le será también de utilidad para mantenerse en el tiempo. La belleza, cuando es evidente, sobrecoge. Incluso a los más brutos. Por eso se han conservado tantos vestigios de la antigüedad. Sería un disparate inconcebible sustituir el Puente Colgante, pero tal vez alguien se lo hubiera planteado, de no ser tan airoso. Si hubiera dejado de ser útil no se conservaría tan bien, probablemente. Belleza y funcionalidad son buenos aliados.
A la barquilla le están cambiando ahora las ruedas de hierro por otras de un material plástico cuyo nombre parece sacado de un cómic futurista, el Nylatrón. Le están ajustando las tuercas, los engranajes y amortiguadores, las grapas, los pasadores. Esa barquilla funciona todo el día y todos los días del año, sólo se detiene para que pasen los barcos grandes, a veces tan altos como las casas de las riberas, que pasan bajo el puente creando un juego de contrastes, unos instantes de irrealidad visual, como de cuento de Gulliver. También es fantástico el paso ocasional de algún clipper tardío de Conrad, con sus velas desplegadas, como lo era el paso de la antigua cabria de La Naval, una torre Eiffel curva y flotante que doblaba la pluma para no pegar en el larguero del Puente. Otras grúas más modernas y prácticas la enviaron al desguace, aunque también era una obra de arte. La mejor manera de conservar los monumentos funcionales no es confiando en el rescate de los heroicos arqueólogos industriales, sino manteniéndolos en uso. El Puente Colgante es el ejemplo perfecto. Un edificio modernista se convierte en contemporáneo por las personas que siguen pasando, de un lado a otro de la ría, subidas en su barquilla, con la naturalidad de lo cotidiano. Los forasteros y los turistas que llegan en los cruceros piensan que se trata de una variedad, inversa, de funambulismo.
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