El alcalde de Bilbao, Iñaki Azkuna, abrió ayer un nuevo debate sobre la seguridad en la ciudad a raíz del enfrentamiento a tiros entre un guarda y un escolta en la estación de Abando el pasado viernes. ¿Deben llevar arma los vigilantes en lugares con gran concentración de personas, como una estación de tren? ¿Podrían enfrentarse con una simple porra a delincuentes u otros peligros contra ellos mismos?
En una comparecencia pública en el Consistorio, Azkuna respondió ayer con contundencia. El responsable municipal cree que «hay demasiadas armas en la calle» y pidió que se retiren «las que no sean necesarias» - «algunas sí lo son», subrayó- tras el «gravísimo» y «deleznable» enfrentamiento en el que resultaron heridos el propio vigilante y un viandante ajeno a la trifulca. Para usar un arma -dijo- hay que recibir «mucha formación» y «ser equilibrado». «Quien lleva una pistola, lleva la tentación», advirtió. El alcalde puso en duda que los guardias que prestan sus servicios en una estación ferroviaria o en un museo, como el de Bellas Artes de Bilbao, tengan que ir armados -«no se trata de liarse a tiro limpio con un mangante», espetó-, y abogó por que exista «una buena comunicación» entre esos profesionales y la Policía.
El mandatario nacionalista anunció que la próxima junta de gobierno de la pinacoteca solicitará que a los vigilantes del recinto les sea retirada la pistola. En este sentido, recordó que a los contratados para controlar el acceso al Ayuntamiento sólo se les dota de defensa, lo que, en su opinión, resulta suficiente.
No piensan lo mismo otras voces. Entre ellas, las de profesionales del sector, que se preguntan: «¿cómo nos vamos a enfrentar con una porra, por ejemplo, a quince tíos bebidos que se ponen violentos?». Su capacidad de actuación está limitada: no pueden detener ni cachear, y sólo piden el DNI o identifican a personas cuando están en un control de entrada a un recinto. Si descubren a un ladrón 'in fraganti', pueden retenerle mientras llega la Policía; y sólo están capacitados para ponerle los grilletes si se pone violento, según la normativa.
Plus por arma
En Vizcaya trabajan 4.500 vigilantes, de los que en torno a 1.500 son escoltas; 800 de ellos, de la empresa Ombus, la misma para la que trabajaba el guardaespaldas detenido por la Ertzaintza como autor de los disparos del pasado viernes. Tras ser puesto el domingo a disposición judicial, Carlos D.J., de 31 años, quedó en libertad, indicaron fuentes de la investigación.
El sector ha crecido a ritmo galopante en los últimos años debido a la amenaza terrorista y al incremento de la criminalidad. También ha aumentado la demanda de seguridad por parte de ciudadanos y empresas. Así, entre 2000 y 2008 la cifra de vigilantes prácticamente se ha duplicado al pasar de 2.500 a 4.500. La imperiosa necesidad de trabajadores ha relajado las exigencias a la hora de contratar.
No todos los profesionales llevan arma; sólo los destinados a lugares especialmente conflictivos, como por ejemplo estaciones de tren con gran volumen de tráfico de mercancías y personas, o las centrales nucleares, tal como se regula en la Ley de Seguridad Privada de 1992, que fundió las figuras del vigilante de seguridad y el antiguo guarda jurado. «Un vigilante con arma sale más caro porque cobra un plus de unos 130 euros y necesita una autorización expresa de las autoridades», señalan fuentes sindicales. En centros comerciales o en el metro -lugares muy frecuentados-, sólo llevan porra. «Si ocurriera algo, su principal problema sería que no le arrebataran la pistola», justifican las mismas fuentes.
En la intermodal de Abando, que da servicio de cercanías, de larga distancia y metro, no todos los uniformados van armados. César C., el herido, sí. Usaba un revólver con munición 38 milímetros parabelum.
El pique entre los dos empleados de seguridad, que terminó con ambos desenfundando sus armas y disparando en plena hora punta y delante de numerosos viajeros en tránsito que se tiraron al suelo, ha conmocionado a sus compañeros. Todos los profesionales consultados por este periódico, tanto vigilantes de seguridad privada como acompañantes de personas amenazadas, coinciden en que ninguno de los protagonistas debió exhibir su pistola o revólver, y muchísimo menos, apretar el gatillo.
«Llevo muchos años trabajando como escolta en el País Vasco. Hemos recibido puñetazos, insultos, escupitajos y hasta pedradas y jamás he sacado el arma; ése tiene que ser el último recurso», comenta un veterano guardaespaldas. Para él, el suceso del viernes fue «vergonzoso» y demuestra falta de profesionalidad.