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Sociedad

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23.08.08 -

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Lucía yo una camisa verde pistacho planchada con toda la conciencia que merece pasearse por las fiestas de Bilbao. El día iba rodado: buen tiempo, mejor ambiente, viejos amigos, nuevas entradas en la agenda del móvil, croquetas a pie de calle, intercambio de piropos y demás parafernalia festiva. Me dirigía al coche para la vuelta -mi imperfección se llama ser de Donosti- cuando al Txetxu no se le ocurre otra cosa que pararse delante de una heladería y decir: «¿Hace un heladito?». Ahí me toco la fibra, me erigí en líder del grupo y me interné por la banda izquierda para sacar la comanda: tres de café y uno de chocolate, de cucurucho y bola grande.
Empezamos a chupar con alegría, incluso hubo alguna invitación a pasar la lengua por la bola ajena, como mandan los cánones. Me faltaban dos palmos para conquistar la felicidad en la tierra, lo tenía todo, y tanto que todo; por encima del dedo que sujetaba el barquillo empecé a notar algo, se me estaba derritiendo el helado y se escurría cucurucho abajo. Empecé a chupar con más ritmo, lengüetazo a la bola, lengüetazo al costado, y así logré controlar el alud de café. Pero, de repente, alguien señaló con su dedo mi camisa; tenía una gota de helado haciendo compañía a un botón. Leches, el helado perdía gotas por la culata, me había tocado el clásico cucurucho trampa.
Tras unos momentos de confusión, en los que eché el culo hacia atrás para que las gotas no se encontraran con mi cuerpo, decidí circuncidar el cucurucho con un mordisco y absorber el líquido. Es una técnica muy complicada, y no era el día apropiado para succionar, así que lo que hice fue agrandar el problema. Tenía tres frentes abiertos: bola, laterales y culo, mi lengua no daba más de sí, y uno es consciente de sus limitaciones; al final, decidí rendirme. La camisa acabó tan curiosa que una señora muy atenta me dijo: «Si la llevas al Guggenheim, igual te la exponen, majo». Disfruten desde ya.
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