Permanecen al acecho. Son invisibles a los ojos del ser humano. Sin dar excesivas pistas, las termitas van minando las estructuras de un gran número de edificios antiguos en toda Vizcaya. Alrededor del 95 % de los cascos viejos del territorio histórico, estiman los expertos, han su frido esta tortura. «Es una pesadilla», reconocen los afectados por estas plagas que destrozan la madera. En la mayoría de las ocasiones, de hecho, afrontan los ataques en solitario, sin la ayuda de ninguna administración. De ahí que tanto los perjudicados por la voracidad de estos insectos como los especialistas urjan a las instituciones a que se impliquen en su exterminación. «Es necesario que tanto los ayuntamientos como la Diputación elaboren planes globales para luchar contra este problema. Hacer proyectos, estudios e incluso un censo de las casas susceptibles de padecer termitas», solicitan los técnicos.
Los vecinos secundan esta propuesta. «Nos dejaron solos», se quejan varios vizcaínos consultados por este periódico. Ellos, sin embargo, inciden en la parte económica. «No nos dieron ayudas. Y eso que el Consistorio sabía que había termitas. Arreglamos todo y luego tuvimos que trasladar la tienda a otra zona», se duele Maite Arrillaga, dueña de una zapatería en Durango. Esta comerciante se topó con el problema hace diez años. Bajo su local pasaba un río. Eso atrajo a los insectos.
La unión de la humedad con una estructura de madera resulta explosiva. Por este motivo, en casi todos los cascos antiguos de Vizcaya conocen los efectos de estos xilófagos. Bilbao -el barrio de Irala, donde el Consistorio se ha dejado más de medio millón, y Unión Begoñesa-, Bermeo, Güeñes, Mundaka, Las Arenas... «Los ataques más graves se dan en las partes viejas. Y es aún peor si hay cerca un río, el mar, si existe un alto nivel de aguas subterráneas...», explica Estela García, directora técnica de Tecma.
O si la localidad se erige en un valle húmedo, como Ea. «Aquí siempre ha habido termitas. Somos conscientes de que es imposible acabar con ellas porque hemos colonizado su espacio y la orografía de Ea, además, es muy complicada. Es un pueblo muy húmedo», asiente Asier Madarieta, alcalde de este municipio, cuyas arcas tienen previsto desembolsar 100.000 euros para el control de las plagas y efectuar diversos estudios. «A los particulares les ayudamos con la exención del pago del impuesto de obras», aclara.
Este paso, sin embargo, es «insuficiente» para los perjudicados en esta localidad de Uribe Costa y en muchas otras. «Las actuaciones se hicieron a título personal en las casas afectadas», lamenta José María Arrizabalaga, presidente de la asociación de vecinos del Casco Viejo DAZ de Durango.
«Se lo comen todo»
La cuestión es que además del coste del tratamiento -ronda los 3.000 euros-, los afectados deben en muchos casos abandonar su hogar. «Y el alquiler no nos lo paga nadie», reprocha Javier Rodríguez, presidente de la asociación Bihotzean del Casco Viejo bilbaíno y que ha sufrido las termitas.
Y es que para exterminarlas es necesario levantar «toda la madera» de la vivienda si se opta por el método químico: fumigar. «Es el más rápido porque se hace un tratamiento más directo», ilustra Borja Garay, de Insec. El otro mecanismo emplea los cebos. «Es el que mejor funciona. Pero puede tardar cinco años o más», relata Javier Carneros, especialista de TSA, que recuerda que nadie está a salvo de tener que encarar una plaga. «Aunque el piso sea nuevo, los suelos son de parqué, de madera...», alerta.
De esta manera, los expertos efectúan una serie de recomendaciones. La primera y básica, evitar las goteras, la humedad. Sobre todo, si la vivienda se encuentra a ras de suelo. Asimismo, recuerdan que no hay una madera «suficientemente resistente». «Ni siquiera el roble -recalca la representante de Tecma-. Las termitas se lo comen todo». Y es complicado darse cuenta de su existencia. «En nuestro edificio se descubrieron en el primer piso cuando faltaba un trozo en uno de los pilares. Vivimos en el segundo y encargamos un estudio», evoca Roberto Álvarez, de Portugalete. «Por fuera, la madera puede estar lisa y tener buen aspecto, pero por dentro estar infectada», insisten los técnicos.
El nivel de afección, en este sentido, puede ser tan alto que la estabilidad del edificio corra peligro. «En el Casco Viejo de Bilbao he visto casas donde no había pilares. Se sostenían gracias a los tabiques», desvela la portavoz de Tecma. «A veces te preguntas: '¿Cómo es posible que esta casa siga en pie'?».