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Ex mineros y vecinos de Gallarta recuerdan el pueblo que dio paso a la mina Concha II, sobre la que pende la amenaza de un vertido a cargo del Gobierno central

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Sin saberlo, el antiguo pueblo de Gallarta hundía sus raíces en una de las vetas de mineral más ricas del país. Su cercanía al mar y la calidad de su hierro, especialmente válido para el proceso del convertidor Bessemer, pusieron la explotación en el punto de mira de las grandes industrias. Fue a mediados del pasado siglo XX cuando se comenzaron a tomar muestras del subsuelo sobre el que se asentaba Gallarta, que también sin saberlo, estaba a punto de desaparecer, para convertirse en el mayor yacimiento a cielo abierto del País Vasco.
Su recuerdo vive ahora en unas cuantas fotografías y en el testimonio de los vecinos. También en el enorme socavón cincelado en la dura piedra que alcanza los 20 metros bajo el nivel del mar, y del que nacen kilómetros de galerías que profundizan hasta los 200 metros. Sobre él, por encima de las fallas que muestran el interior la tierra como una maqueta gigante, pende ahora la amenaza de un relleno. Un vertido de dos millones de metros cúbicos de tierra procedentes de un cercano polígono industrial obra de la Sepi -propietaria de la explotación-, que ha incendiado los ánimos del Ayuntamiento, las asociaciones y hasta de los propios ciudadanos.
«El relleno de la mina es un crimen», asegura Carmelo Uriarte, presidente de la Fundación del Museo de la Minería del País Vasco y vecino de Gallarta. Él conoce bien el yacimiento, denominado Concha II. Seguramente mucho mejor que los políticos e ingenieros que ahora especulan con sus terrenos, porque trabajó en la explotación desde la temprana edad de 17 años. «Había que hacer de todo. Romper la piedra, cargarla y transportarla... Así durante las horas que fuera hasta alcanzar las 15 toneladas diarias por las que nos pagaban 14 pesetas», rememora.
Una ofensa
Para Carmelo, sobre ese agujero descansa toda la historia del pueblo y su propio pasado. Por eso el proyecto le parece una ofensa. «Parece mentira que el Gobierno vasco lo tolere sabiendo la importancia que tiene esta mina. Presumen de la altura que tiene el Gorbea y no de la zona más profunda, que encima la ha excavado el hombre», se duele. De la misma opinión es Carlos López, otro de los fundadores del museo minero, quien también se lleva las manos a la cabeza cada vez que piensa en lo que se les viene encima. Se enoja. «Concha II no deja de ser un símbolo. Rellenarlo es como convertir la Historia del pueblo en un basurero», protesta.
Muchos todavía conservan intacto el recuerdo de aquella localidad ahora perdida, que extrajeron del mapa como una muela podrida. «Cuando tenía seis años estudiaba en la escuela de Gallarta. Recuerdo que la calle principal se componía de tramos de escaleras y descansillos, y que a los lados estaban los comercios y los bares donde por las mañanas dejaban pellejos de vino y lingotes de hielo», rememora Adolfo Brazaola, tercer fundador del museo minero. Entonces aquella zona era una especie de capital para todos los pequeños núcleos de alrededor. «Tenía el Ayuntamiento, varias escuelas, la iglesia, un cine, los locales de la Policía Municipal...», enumera. Eso fue en 1958. Veintiocho años más tarde, el pueblo ya había desaparecido.
Hasta la Guardia Civil
Sobre todo llamaba la atención el frontón, del que decían era el mejor de todo Euskadi. «Era enorme, y cuando trasladaron el pueblo sus placas de piedra fueron a parar a los chalés de Getxo», cuenta con amargura. Y es que, según cuenta, «allí lo vendieron todo». Algo que para la mayoría de sus habitantes fue una tortura. «Muchos no querían irse y los sacaron por la fuerza», asegura. Todavía guarda en la memoria la imagen de la Policía echando a los vecinos. «Recuerdo que había seis 'Land Rover' de la Guardia Civil en la zona alta y otros seis en la parte baja». Han pasado los años y un nuevo Gallarta ha nacido junto a la mina. Ahora los vecinos ven en ella su pasado, aunque lamentan que «otros, como algunas instituciones, sólo ven beneficios».
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