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Sociedad

7ª ETAPA | SANTIAGO DE COMPOSTELA

Monseñor Corrada, vestido con 'clergyman', caminó desde Sarria con su familia y al llegar a Santiago presidió la tradicional misa del peregrino en la catedral

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El Botafumeiro del obispo de Texas
Monseñor nos atendió ataviado con casulla y tocado con una mitra. «Pagué el Botafumerio por Internet», le está diciendo a una monja en este momento.
Los peregrinos son engullidos por oleadas de turistas en un soleado día de junio. Conchita Barón y Victoria Roca, dos encantadoras barcelonesas de 62 y 45 años, se desenvuelven exultantes por la plaza del Obradorio. Son las diez de la mañana, y llevan casi tres horas en Santiago. No podían dormir, se despertaron a las seis de la mañana en Monte do Gozo y a las siete y media ya estaban frente a la catedral. Para esa hora, Victoria ya había enviado un mensaje por móvil a sus amigas anunciándolas que pediría por todas ellas al santo.
-«Perdonad, ¿sois peregrinas?», les preguntamos
-«La duda ofende», sonríen.
Las dos mujeres salieron desde Sarria y han cubierto la distancia con Santiago, 110 kilómetros, en cuatro días. No ocultan su entusiasmo. Conseguida la meta, las amigas se abrazan y levantan los puños en señal de victoria. «Para nosotras es cumplir una meta; hemos llegado a la cima de la montaña». Conchita, la mayor, tenía una espinita clavada desde el año pasado cuando intentó hacer el camino desde Arzúa con su hija y una amiga, pero esta última se dañó una rodilla y tuvieron que bajar el ritmo y pernoctar en hostales. Para la ama de casa catalana, «lo bonito es ir de albergue en albergue, como esta vez. ¡Hemos dormido con cantidad de hombres!», dice con picardía. El año pasado su marido seguía cada etapa en el mapa para ver por dónde andaban, pero en esta ocasión, «como ya no venía mi hija..., ni caso».
A Victoria le ha sorprendido la «solidaridad» entre los peregrinos y «el respeto por tus cosas; lo dejas ahí todo en el albergue con la bolsa abierta y nadie te las toca». Aconseja a quien quiera aprender idiomas que haga el camino, «se escucha de todo: inglés, francés, italiano...». Conchita agradece que «las parejas jóvenes no se estén todo el día haciéndose arrumacos».
Acostumbradas a trabajar duro como madres de familia -a lavar, cocinar-, esto para ellas «es un relax». «¡Uy!, con estos pelos», rehuyen coquetas al fotógrafo.
Los peregrinos sueñan con darse un homenaje, una mariscada, cuando llegan a Santiago para compensar tantas penalidades. Para ellas, «el mejor regalo es la satisfacción personal de haberlo conseguido. «A mis hijos nunca les he prometido nada si aprobaban porque esa era su obligación», compara Victoria, que tuvo su último hijo a los 45 años, cuando ya no lo esperaba. «Eso me ha rejuvenecido».
Se lo han pasado de maravilla, han disfrutado del paisaje y del olor a eucaliptus de los bosques próximos a la capital gallega. El año que viene se proponen cubrir la zona inmediatamente anterior, desde Ponferrada a Sarria, y así sucesivamente hasta que dentro de unos años lleguen a Roncesvalles. Aún les queda un duro viaje de regreso de 17 horas en tren. Saldrán a las tres de la tarde de La Coruña y llegarán a Barcelona a las once del mediodía.
La entrada del peregrino en la catedral sigue todo un protocolo, aunque ahora vetado en parte. El Pórtico de la Gloria está siendo restaurado y el Santo dos Croques, víctima de un gran desgaste, está rodeado de vallas. Los visitantes ya no pueden cumplir con la tradición, inspirada hace cuatro siglos por los universitarios, de golpearse la cabeza tres veces contra el pilar y posar las yemas de los dedos sobre la pilastra de mármol. Lo que sí pueden es abrazar al Santo, después de esperar una larga cola, y asistir a la misa del peregrino.
Victoria y Conchita se encontraron un día en mitad del camino «a un cura bebiendo una cerveza y fumando», como hacen casi todos, religiosos y herejes, para recuperar el resuello. Era monseñor Álvaro Corrada del Río, nacido en Puerto Rico y obispo desde hace siete años del condado de Tyler, en el Estado de Texas, el segundo más grande de Estados Unidos. El propio obispo nos la define como «una diócesis de misión con un 5% de cristianos en un mundo protestante», en la que tiene a gala que se declaren al año 10.000 conversos.
«Lo mínimo posible»
Vestido con 'clergyman' y alzacuellos, monseñor se metió en la piel de un peregrino, durmió en albergues y recorrió con una veintena de familiares -primos y hermanos de Puerto Rico y Texas-, y otro sacerdote de su parroquia, los 110 kilómetros que separan Sarria de Compostela, «lo mínimo posible», confiesa el religioso en una amable conversación en la sacristía momentos antes de que presidiera en castellano e inglés la celebración de la eucaristía, a las doce del mediodía en la catedral de Santiago. Mientras hablábamos, los demás sacerdotes, entre ellos el rector del cabildo de la catedral, se colocaban sobre su ropa las casullas blancas, cada uno de su talla en función de la altura (1,50; 1,60...) y corrían nerviosos de un lado a otro.
Su Excelencia nos atiende tocado con una espectacular mitra y la vestidura sacerdotal con la cruz de Santiago bordada en hilo rojo en el pecho, y luciendo un gran anillo de plata con piedra negra en el meñique. Ha sido obispo auxiliar de Washington DC durante quince años. El religioso ha vivido el camino como «una experiencia extraordinariamente humana de solidaridad y también espiritual». Desde un punto de vista cristiano, que la peregrinación se mantenga viva «refleja que los doce apostoles todavía están con nosotros», lo que le parece «interesante para un mundo donde la ideología secularista quiere excluir a Dios», afirma. Para monseñor, «el camino es de todos, una experiencia única donde el ateo se reúne con el creyente; ¿quién tendrá la mano más fuerte? -se pregunta-. ¿Los que tienen la fe o los que no?».
El obispo, corpulento, luce buen aspecto. Sufrió la penitencia de alguna «'ampollita' en los pies», pero demostró a su círculo y a sí mismo que podía hacerlo. «Todos en mi familia pensaban que no lo iba a conseguir; la gente cree que los obispos somos débiles», dice socarrón. «La debilidad no está en las piernas, sino en el corazón», sentencia.
Durante la celebración eucarística, monseñor recordó a Paul, un inglés de 61 años que murió en Valcarlos cuando peregrinaba hacia la tumba del apóstol, y a Antonio Ruiz, familiar fallecido de unos peregrinos con los que coincidió en su camino. Una monja de Irún enumera por lugar de procedencia a los peregrinos que han llegado hoy por la mañana a Santiago, entre ellos un grupo de la Dirección General de la Guardia Civil. Al final de la misa, el obispo confiesa que su madre falleció hace un año con 91, y que él y sus familiares han hecho la peregrinación en su honor.
Cuando en la iglesia se lanza el Botafumerio, todo Santiago se engalana. Si un particular o un grupo quiere ver volar el gran incensario por la catedral tendrá que pagar entre 200 y 300 euros. «El Botafumeiro, por supuesto, lo mandé yo; lo pagué por Internet», dice el prelado a una monja. Después de verter el incienso de una urna con una cuchara, los ocho tiraboleiros de Santiago con túnicas granates agarran las cuerdas para mover el enorme brasero. El olor a resina quemada invade la estancia. «¡Viva Cristo Rey!», grita el obispo para terminar. «¡Viva Santiago!», cierra una voz entre el devoto público desde el fondo.
La sala de estar más bonita
Al pasar los días, hemos ido perdiendo la pista a nuestros amigos. Así es el camino, lleno de encuentros y desencuentros; cada uno a su ritmo. Estamos seguros de que habrán ido llegando a Santiago con bien. La perrita 'Bruxa' correteará feliz por la plaza del Obradoiro. Juan Manuel, el caballero templario, habrá cumplido su misión de guardar el camino. Los de Benidorm se darán un homenaje en una marisquería y el obispo Corrada regresará a Texas para seguir predicando su fe. Probablemente todos admiraron a 'Zapatones',el eterno peregrino de pelo y barba cana a quien siempre se encuentra en el Obradoiro disfrazado de romero medieval, con su túnica marrón, el bordón con la calabaza seca y el gorro de ala ancha recogida en el frontal con una concha.
Cuenta Juan Carlos Lama, 'Zapatones', que su tocayo el Rey de España le espetó un día: «Tienes la sala de estar más bonita de España». 'Zapatones', al que todo el mundo conoce por el mote desde pequeño -se lo puso una maestra del colegio «por andarín»-, ha hecho el camino más de 40 veces, ha perdido la cuenta. Últimamente ha abandonado el tradicional recorrido francés por el portugués, menos castigado, «más tranquilo», y en el que va de monasterio en monasterio por 15 euros la noche. Y ya lleva siete. «El camino francés lo están matando, es un negocio. La vía de la Plata también está bien, el del Norte es muy duro, aunque me flipa la cuesta de Zenarruza con el padre Patxi», enumera mientras da caladas a un ducados. Cada año después de Navidad y Reyes, día en el que va a entregar regalos «a los niños oncológicos del hospital», «cojo la mochila, que ya tengo preparada, y las botas chirucas, y me largo».
Nuestro camino no termina en El Gato Negro, la vieja tasca de Santiago donde se citan los peregrinos para hacer empatía. Queremos seguir. Es cierto que engancha y continuamos hasta que el mar frene nuestros pasos, en Fisterra.
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