Nadie diría que una región tan pequeña y remota como Osetia del Sur, perdida en la inmensa cordillera caucásica, pueda llegar a revestir una enorme importancia geoestratégica. Tampoco que la guerra amenace con sacudir los cimientos del actual orden internacional. Son muchos los intereses que se entrecruzan en el Cáucaso y un conflicto a gran escala en Georgia terminaría enfrentando a las grandes potencias e implicando a todos los países de la zona.
Y un gran incendio es lo que se vaticina si Moscú no se contiene. A juzgar por el rechazo del Kremlin a negociar un alto el fuego y la imposición de nuevas condiciones, incluida la dimisión del presidente georgiano, Mijaíl Saakashvili, da la sensación de que Rusia va a por todas. Su ministro de Exteriores, Serguéi Lavrov, y su homóloga estadounidense, Condoleezza Rice, mantuvieron ayer una conversación telefónica en la que el primero habría exigido que Saakashvili se vaya como condición para poner fin a las hostilidades.
Desde la llegada al poder de Saakashvili, a lomos de la 'revolución de las rosas' de noviembre de 2003, son muchos los agravios acumulados por Moscú y Tiflis. El ex presidente y actual primer ministro, Vladímir Putin, ha hecho todo lo posible para desestabilizar Georgia y provocar la caída de su máximo mandatario. Moscú, no sólo ha ayudado a los opositores de Saakashvili y ha envalentonado a los separatistas abjasos y osetios, sino que decretó además un demoledor embargo, entre el otoño de 2006 y el pasado mes de abril, que ha hecho que la ya debilitada economía del país se resienta todavía más.
«A traición»
Ahora, después de que el líder georgiano decidiera el pasado jueves lanzar sus tropas para recuperar Osetia del Sur, haciéndolo, según los rusos, «a traición», la posibilidad de que los dos países puedan volver a recomponer sus relaciones sin que Saakashvili abandone el cargo son prácticamente inexistentes. La pregunta que flota en el aire es ¿hasta dónde piensa ir Rusia en el empeño de acabar con su bestia negra?
Después de lanzar la piedra, probablemente no sin el consentimiento de Washington, Saakashvili no va a poder dejarse humillar haciendo a Rusia concesiones inadmisibles. Hay que tener además en cuenta que el pulso con Moscú le ha fortalecido en los últimos años. Obtuvo la reelección el pasado enero y, en mayo, su partido arrasó. Aumentó su ventaja en casi siete puntos, del 53,4% en las presidenciales al 60% en las legislativas. Así que Saakashvili tiene quien dé por él la cara.
Ayer en Moscú se comentaba que las tropas rusas podrían aventurarse a tomar Tiflis para apear a Saakashvili del poder. «Si EE UU lo hizo con Sadam Hussein, por que Rusia no lo va a poder hacer con otro dictador», comentaba un locutor de radio famoso por su ideario ultranacionalista.
El gran peligro reside en que a Putin, que por lo que se está viendo sigue siendo el hombre fuerte en Rusia, se le vaya la mano, como se le fue ya en Chechenia, y provoque una catástrofe de dimensión ciclópea. Son varios los países que no van a permitir que un grandullón se cebe con Georgia. Por el país pasan las tuberías de los hidrocarburos que Azerbaiyán extrae en el mar Caspio y en el negocio están implicados además EE UU y Turquía. Ucrania está incluida en los proyectos futuros.
El sentido común y la lógica indican que Moscú tendría que parar la máquina y amoldarse a las componendas que promuevan EE UU y la UE. Pero, desde el pasado jueves, han pasado muchas cosas y podría haberse alterado el equilibrio de fuerzas en el seno de la cúpula rusa en favor de los 'halcones' y en detrimento del supuestamente 'liberal' Dmitri Medvédev.