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Alpinismo - Once muertos en la 'Montaña de las Montañas'Alpinismo Once muertos en la 'Montaña de las Montañas'

La tragedia del pasado 1 de agosto alerta sobre el traslado a la segunda montaña más alta del mundo de las técnicas de asedio que se emplean en el Everest

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Todo empezó en 2004. Ese año se conmemoraba el 50 aniversario de la primera ascensión al K2, 'La Montaña de las Montañas'. Y sucedió lo nunca visto. Decenas de expediciones -alguna de ellas comerciales - se aprestaron en el campo base en pos de su conquista. No escatimaron medios. Sherpas traídos de Nepal cosieron la ruta con cuerdas fijas. Y el asedio de la montaña en la que hasta entonces las expediciones se medían cada año con cuentagotas dio resultado. En apenas tres días, medio centenar de personas alcanzaron la cumbre. En los cincuenta años anteriores, no lo habían conseguido ni doscientas.
La interpretación que de esas cifras realizó el planeta alpino fue tan contundente como peligrosa. «El 'ochomil' más difícil», según Reynold Messner, no era tan inaccesible como parecía. Ni tan peligroso. Todo era cuestión de aunar fuerzas, conseguir unos buenos sherpas para hacer el trabajo sucio -o, en su defecto, aprovecharse del trabajo de una expedición experimentada- y tener un poco de suerte con el tiempo para asegurarse la cumbre. Justo lo que sucede en el Everest desde hace una década.
Pero las cosas no son tan sencillas en el Chogori -'La Gran Montaña' en baltí- como en el Techo del Mundo. Al año siguiente, nadie pudo alcanzar la cima y, en 2006, sólo cuatro alpinistas lo consiguieron al precio de otras tantas vidas. Hubo que esperar al año pasado para ver cifras similares a las del cincuentenario: 31 cumbres. Aunque no hay que engañarse. Salvo un grupo coreano, que usó sherpas y oxígeno, el resto pertenecía a potentísimas expediciones con alpinistas muy experimentados, entre ellas la rusa que abrió la Cara Oeste, uno de los retos pendientes del 'ochomilismo'.
Pero en el himalayismo de hoy el cómo cuenta poco. De nuevo el planeta alpino se fijó sólo en la cifra. Así que el pasado junio, una decena de expediciones enfiló el glaciar Baltoro camino del K2. Entre ellas no había grupos comerciales como se les entiende en el Everest. Allí, en el Techo del Mundo, por 60.000 euros el cliente puede disfrutar de un 'gratis total' que incluye desde pan recién horneado para desayunar cada mañana hasta un sherpa que le acompaña con las bombonas de oxígeno hasta la cumbre.
En el K2 aún no se ha llegado a tanto. Lo que allí han proliferado en los últimos años son las llamadas 'expediciones internacionales'. Grupos de montañeros de variada experiencia y variopinta procedencia a los que el común objetivo de la cumbre les une principalmente para abaratar los costes de la aventura. Y una agencia local les facilita el material y los porteadores de altura encargados de subir el material y ayudarles a equipar la ruta, de forma que los alpinistas sufran el menor desgaste posible. Y una vez que llega el ataque a cumbre, cada uno funciona de forma más o menos autónoma, según sus fuerzas y su capacidad.
Ni suerte ni organización
Y así llegamos a la madrugada del pasado 1 de agosto, en el que un nutrido y variopinto grupo de alpinistas se encuentra en el campo IV del K2, a 8.000 metros de altitud. Hay coreanos, por supuesto con sus sherpas, holandeses, serbios, noruegos, italianos, un francés y un irlandés. Y, por supuesto, porteadores paquistaníes. Lo que sucedió a partir de la una de la madrugada, cuando el grupo partió hacia la cima, es ya parte de la historia negra del himalayismo. Ha suscitado ya polémicas de todo tipo y será argumento para libros y películas, como ha sucedido con la tragedia de 1996 en el Everest. ¿Tenían la suficiente experiencia? ¿Fue una temeridad hacer cumbre tan tarde? ¿Fue sólo mala suerte o hubo algo más? Las respuestas no son sencillas.
Por ejemplo, el palmarés de los alpinistas, salvo el de los coreanos, de los que no hay apenas datos, muestra que no eran unos novatos. Varios habían hollado el Everest, alguno sin oxígeno, o habían intentado ya con anterioridad el K2 o contaban con un amplio currículum de ascensiones de dificultad.
En cuanto a la hora de cumbre, no hay duda. Hollar a las ocho de la tarde supone saltarse todos los códigos de seguridad que manejan las expediciones. Sin embargo, no es la primera vez que sucede, sobre todo en el K2, donde la jornada de cumbre es muy larga. Otros alpinistas lo han hecho con anterioridad y no ha pasado nada. O sí. Todo depende de las circunstancias de la ascensión, de las fuerzas de cada uno, de la meteorología... En todo caso, un repaso a las estadísticas evidencia la peligrosidad del K2 en este aspecto. Es, de largo, el 'ochomil' con el mayor índice de muertos en el descenso. Uno de cada diez alpinistas que hollan su cumbre perece durante la bajada. El doble que en el segundo, el Annapurna.
Alberto Zerain, testigo de excepción al cruzarse con ellos en el descenso, es de los que cree que, en este caso, algo estaba fallando. «Vi a muchos justos de fuerzas, y eso que casi todos llevaban botellas de oxígeno. Según cómo iban y el horario que estaban haciendo, yo diría que estaban rozando la temeridad».
Pero siguieron subiendo. E hicieron cumbre. Prácticamente de noche. Y en el descenso llegó la avalancha en el 'Cuello de Botella', que arrastró a tres coreanos y dos sherpas y dejó aislados a media docena de alpinistas. ¿Mala suerte? Evidentemente, que el alud se produjese justo en el momento en el que cruzaban cinco escaladores lo es. Sin embargo, las declaraciones de los dos únicos supervivientes del grupo bloqueado invitan a pensar que al infortunio se sumaron algunas circunstancias que no hicieron más que empeorar la situación.
Así, el italiano Marco Confortola ha asegurado que el grupo pecó durante la ascensión de desorganización e inexperiencia, a las que atribuyó buena parte del retraso acumulado (el otro factor fue el fallecimiento del serbio Dren Mandic y su porteador paquistaní en una caída poco después de iniciar el ataque a cumbre, lo que suscitó un debate en el grupo sobre si continuar o abandonar). Por su parte, el holandés Wilco van Rooijen también ha afirmado que un error al colocar las cuerdas en el 'Cuello de Botella' retrasó la ascensión e incluso ha aventurado que si hubiesen estado bien puestas quizá no les habría afectado el alud.
Asumir responsabilidades
Reproches al margen, todos los alpinistas expertos consultados coinciden al valorar lo ocurrido y una frase de Juanito Oiarzabal resume el sentir de todos ellos: «Al K2 se le ha perdido el respeto». Para el vitoriano, una de las tres únicas personas que han ascendido dos veces el Chogori, «al K2 sólo puede ir gente con experiencia en 'ochomiles', no como al Everest. Y aún así, hay gente con experiencia de todo tipo, gente que abre la vía, y gente que espera a que la abran los sherpas u otros alpinistas». La conclusión de Oiarzabal es que «ahora es es más intrépida que antes, se atreven a más con menos experiencia. Si no pasa nada todo va bien, pero ante una situación límite les faltan recursos». Y alerta del peligro que supone que «se esté empezando a usar en el K2 el mismo estilo de expediciones que en el Everest» cuando «son dos montañas que no tienen nada que ver».
Reynold Messner se suma a esa preocupación: «La gente reserva paquetes que incluyen el ascenso al K2 como si comprara un viaje 'todo incluido' a Bangkok». «Pero quien quiera subir a un 'ochomil' debe asumir su propia responsabilidad y ser capaz de desenvolverse de forma autónoma en tal altura». El primer conquistador de los 14 'ochomiles' apunta los errores en los que incurrieron los implicados en el accidente del 1 de agosto y los compara con los de la tragedia del Everest en 1996. «Entonces fue una tormenta y la muerte de dos guías lo que desencadenó todo. Ahora ha sido una avalancha que bloqueó el camino de regreso. El caso es que a los accidentados les faltó la experiencia suficiente como para salvarse de forma independiente». Y con la autoridad que le da su condición de gurú del alpinismo, no tiene reparos en afirmar, rotundo, que «asaltar la cumbre cuando comenzaba a oscurecer es una tontería. No es profesional».
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