Burgos ya está en el aire. Acaba de despegar. La ciudad castellana más cercana a Euskadi estrenó el pasado 10 de julio un coqueto aeropuerto con su primer vuelo comercial. De momento, el aeródromo, junto a la autopista A-1, ofrece tan sólo dos rutas: a Palma de Mallorca, operada por Lagun Air y Air Nostrum, y a Barcelona, en manos de la primera compañía. El futuro, sin embargo, promete. Está previsto que Air Nostrum, filial regional de Iberia, establezca en septiembre una conexión con la ciudad condal y en octubre será el turno de París. A partir del aeropuerto barcelonés de El Prat se podrá enlazar con Albacete, Ibiza y Valencia, en territorio nacional, y con Bolonia, Londres, Niza, Turín y la capital gala, en el continente europeo.
Los burgaleses y los residentes de provincias cercanas, como Palencia, se ahorrarán incómodos desplazamientos hasta Loiu, a 170 kilómetros y con peaje de por medio (16,70 euros); o hasta Madrid, a 234 kilómetros. «No tenemos datos concretos, pero sí es verdad que la mayoría de la gente de la provincia se desplaza a Barajas, a Bilbao o a Villanubla, en Valladolid», explica un portavoz del Ayuntamiento de Burgos. Lógicamente, el aeródromo burgalés tendrá alguna incidencia en el tráfico de la terminal de Loiu, aunque será escasa. Se calcula que alcanzará los 120.000 pasajeros en 2015 (Bilbao supera los cuatro millones).
Según los estudios realizados, el área de influencia del nuevo aeropuerto -el cuarto de Castilla y León, tras los de Valladolid, Salamanca y León- comprende una población cercana a los 670.000 usuarios, situados a menos de una hora y media de distancia. Y ahí está la «clave», estima el alcalde de la capital castellana, el popular Juan Carlos Aparicio, ex ministro de Trabajo y Asuntos Sociales. «No sólo tenemos que conseguir que muchos burgaleses viajen desde aquí, sino que muchas personas entiendan que Burgos es una ciudad de proximidad», aprecia el regidor.
Los resultados, de momento, son esperanzadores. En las dos primeras semanas de tráfico comercial, el aeropuerto, codificado como RSG -BUR pertenece a un recinto estadounidense-, rozó el 50 % de ocupación media por trayecto, cuando lo habitual, apuntan tanto Lagun Air como Air Nostrum, es llegar a un escaso 30% por vuelo. Los precios tienen mucho que ver con el tirón de este aeropuerto, enclavado en Villafría, a unos cuatro kilómetros del centro de Burgos y en el que, hasta ahora, han operado aviones de 50 plazas, aunque puede acoger aparatos de hasta 150 personas.
Lagun Air, una compañía con base en León, ha establecido una tarifa de promoción que arranca desde los 29 euros para los viajes, «principalmente de negocios» a Barcelona (lunes, miércoles, viernes y domingo); y, «de ocio», a Mallorca (viernes y domingo). No obstante, Lagun Air ha advertido de que, en el futuro, el viajero tendrá que desembolsar al menos 90 euros. Air Nostrum, por su parte, cobra 36 euros ida y vuelta a Baleares, aunque las 'rebajas' acabarán el 7 de septiembre.
Atapuerca
Pero más allá de estas cifras, el aeropuerto de Burgos esconde una peculiar historia, llena de contratiempos. De turbulencias. Su gestación ha sido ardua. De carácter militar, creado por un Real Decreto de Alfonso XIII en 1927, no fue hasta 1995 cuando el Ministerio de Defensa cedió los terrenos al municipio para convertir el aeródromo en un recinto civil. Pero hubo parones. Como el de 2001, cuando el Plan Director aprobado por el Gobierno estableció que, entre otros defectos, la pista no tenía una longitud y una orientación adecuadas.
Por este motivo, se trazó un nuevo proyecto, que culminó con el inicio de las obras en marzo de 2005. Tras una inversión de 45,6 millones de euros, el aeródromo castellano recibió su primer vuelo comercial el pasado 10 de julio. Pero aún quedan más pasos, como la construcción de una torre de control, ya que la actual es provisional.
Cuando llegue ese momento, la terminal quizá no se conozca con el simple nombre de aeropuerto de Burgos. Y es que los codirectores del enclave prehistórico de la Sierra de Atapuerca han solicitado que lleve el nombre de ese lugar. Y el antropólogo Eudald Carbonell ha sugerido que en las instalaciones se ubique una exposición sobre el yacimiento, que ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad y está situado a escasos doce kilómetros.