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Vizcaya

09.08.08 -

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D efinitivamente, agosto es tiempo de becarios. Nuestro mundo se rige por leyes inexorables y una de ellas establece que, llegado el octavo mes, los fijos en plantilla se van a lejanos chiringuitos mientras algunos jóvenes pardillos cubren sus puestos por dos duros. Por supuesto, nada hay de malo en ello. Es en el periodo de prácticas donde el becario se hace un hombre o una mujer, según le toque. Bastarán un par de semanas en la oficina, en el laboratorio o en la redacción para que olvide todas las tonterías que tiene en la cabeza sobre la vocación y el esfuerzo y comience a familiarizarse con las claves del mundo laboral adulto: el rencor, la holganza, el arribismo, el escaqueo, la tiranía, la incompetencia, etc.
No hay duda de que agosto es un buen mes para adiestrar jóvenes: los lugares de trabajo están medio vacíos y se escucha mejor el ritmo que marca el cómitre. Lo malo es que no todos los becarios pueden ser arrojados al ruedo con la misma despreocupación. Es distinto encargarle al aspirante a oficinista que haga una llamada -«Habla con Peláez»- que permitirle al aspirante a neurocirujano que haga un corte -«Descorcha a Peláez»-. Suponemos que el Ayuntamiento ha valorado cuidadosamente esa diferencia antes decidir el debut en Semana Grande de 29 policías municipales que aún no han completado su formación.
A los sindicatos la idea no les parece muy brillante. De hecho, creen que es inoportuna y poco práctica. Las fiestas son un periodo complicado y temen que los nuevos agentes, más que ayudar, estorben. El Ayuntamiento lo plantea como un simple refuerzo y, por si acaso, no va a permitir que los novatos lleven pistola. Habrá que esperar a que pasen las fiestas para ver cómo sale el experimento. Lo que está claro es que, si a los becarios no les asusta la Semana Grande, ya no les asustará nada. Confiamos en que les vaya bien. A lo largo de nuestra vida hemos visto millones de telefilmes americanos y a los polis nunca les pasa nada en sus primeras semanas de servicio. Al contrario, es el día antes de jubilarse cuando deben andarse con mil ojos y evitar a toda costa salir de la comisaría.
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