El Gobierno regional de Cantabria ha declarado la guerra a la 'carabela portuguesa', una variedad de medusa altamente tóxica que este verano no sólo ha tomado la costa de esa comunidad, sino una buena parte de las playas de Guipúzcoa y algunas de de Vizcaya. Alrededor de 60 personas han sufrido sus picaduras en esos tres territorios desde julio, según datos de la Cruz Roja. La peliogrosa especie ha obligado a los socorristas a colocar banderas amarillas y también ha puesto en estado de alerta a los padres, ya que los niños se sienten atraídos por el sugerente color azul de estos ejemplares.
Sólo en Cantabria, 41 bañistas han sentido una molestia comparable a un 'latigazo' o al escozor que causan las ortigas, pero multiplicado por mil. En el último mes, el Servicio de Emergencias de la comunidad autónoma informa sobre avistamientos de 'carabelas' frente a la costa. Alarmado por esas noticias, el Ejecutivo regional ha decidido activar un dispositivo de vigilancia y recogida, que libra a diario una batalla por tierra, mar y aire para evitar las picaduras. En julio el promedio fue de tres heridos cada día.
Dos embarcaciones 'Rodman 700' -pequeños barcos de siete metros de eslora- rastrean las aguas, apoyadas por tres lanchas 'Lima Sierra' de la Cruz Roja. La misión de esas unidades, tripuladas por funcionarios autonómicos y por voluntarios, es avistar las medusas y recogerlas antes de que lleguen al litoral. Su plantilla total asciende a veinte personas, que trabajan a turnos e intensifican las tareas de vigilancia cuando hace buen tiempo para evitar que las miles de personas que cada día visitan las playas se expongan a la amenaza.
Con prismáticos
Al mismo tiempo, un helicóptero 'Helimer 204', de Salvamento Marítimo, sobrevuela la costa cántabra tratando de distinguir en la superficie del mar las 'velas' características que delatan los bancos de 'carabelas'. En tierra, otros tres equipos repasan con sus prismáticos durante todo el día las aguas de Liencres, Oyambre y las marismas de Santoña. Cuando encuentran un ejemplar que ha llegado muerto a la orilla, lo recogen y limpian la zona con minuciosidad, ya que incluso en esas condiciones resultan tóxicos.
Los filamentos venenosos, de hasta treinta metros de longitud, contienen una toxina más potente que la de las medusas normales y provocan heridas de hasta veinte centímetros. Sus efectos pueden poner en peligro a los submarinistas, las personas enfermas y los niños muy pequeños.
A los medios movilizados por el Gobierno cántabro, que han recogido 283 'carabelas' desde el pasado 10 de julio, se suman los voluntarios de Protección Civil destinados en los municipios afectados. Ellos también rastrean el mar con sus lanchas neumáticas y colaboran con los socorristas para contener a las medusas en su implacable avance hacia la orilla.
«No hay alarma»
Guipúzcoa también se ha movilizado para prevenir la invasión. La empresa Fomento de Construcciones y Contratas (FCC), que se encarga del servicio de limpieza de la bahía de San Sebastián, ha tenido que ocuparse de capturar carabelas y otras medusas, como si fueran un residuo contaminante más.
La Cruz Roja ha contabilizado 15 picaduras en el territorio guipuzcoano, una cifra muy inferior a las 221 heridas provocadas por las medusas normales y a las 416 causadas por los peces salvario. La ONG ha lanzado un mensaje de tranquilidad a los ciudadanos y ha recalcado que, a diferencia de Cantabria, la presencia de carabelas no constituye una plaga en Guipúzcoa.
En Vizcaya, se han recogido hasta ahora veinte ejemplares y cuatro bañistas han resultado picados. Uno de ellos fue evacuado al hospital. La Diputación foral, que se ha esforzado en evitar la alarma entre los bañistas, asegura que, hasta el momento, no constan avistamientos «de riesgo». De todos modos, la institución puso en marcha el mes pasado un dispositivo especial para hacer frente a la'carabela'. Los equipos de salvamento y socorro aumentaron los controles. Además, fueron instalados en las playas unos carteles que informan a los ciudadanos sobre las pautas a seguir en caso de sufrir una picadura.