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Vizcaya

08.08.08 -

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H asta en el mundo del hampa existen clases. Hay quien se hace con el tren correo a Glasgow y quien le quita el monedero a una anciana medio ciega, quien se desliza en el museo Gardner y levanta un autorretrato de Rembrandt y quien aprovecha que el cura ha ido a echar la quiniela para meterle mano al cepillo de la iglesia. Por supuesto, todos estos robos son reprobables y en todos se aprecia un deficiente respeto al prójimo y a sus propiedades, pero en algunos, además, se echa en falta, no sé, un poco de grandeza.
Nos enteramos ahora de que Bilbao está padeciendo una oleada de robos de esta última clase, vamos, de los tirando a cutres. Desde junio, han desaparecido de nuestras calles más de cien tapas de arquetas y alcantarillas. Como lo oyen. Vayamos con el 'modus operandi'. Los ladrones llegan, arrancan por las bravas los pesados objetos metálicos, los cargan en su furgoneta y ponen rumbo al chatarrero. Como ven, no se trata de golpes demasiado sofisticados. Sería raro que hiciesen palidecer de envidia al profesor Moriarty.
Al Ayuntamiento la epidemia de robos alcantarilleros no le está haciendo ninguna gracia. En parte porque es costoso reponer las tapas sustraídas y en parte porque temen que cualquier día de estos un contribuyente despistado pise donde debería haber una de esas tapas e inicie un largo viaje a las antípodas. En el caso de los bilbaínos este viaje es especialmente poco deseable ya que nuestras antípodas no se corresponden, como muchos creíamos, con la bonita Nueva Zelanda, sino con un punto francamente insulso del océano Pacífico.
Tiene uno la impresión de que los ladrones de alcantarillas deben ser gente un poco en blanco y negro, tipos que se han quedado entre el neorrealismo y la picaresca, como recién salidos de una escena de Berlanga. Quizá lo que ocurre es que la crisis también está afectando al sector de los cacos y hay quien encuentra una buena salida en los robos de infraestructuras urbanas. Bilbao no es la única gran capital que ha sufrido en su asfalto el proceder de estos ladrones. En los últimos años, ciudades como Bruselas, Londres y Abadiño han visto cómo les volaban las tapas de alcantarilla. No bromeo. En Abadiño lo solucionaron soldándolas al suelo: una forma categórica de demostrar que el crimen nunca vence.
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