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07.08.08 -

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S uele decirse que la ría es el corazón de Bilbao. Si damos por buena la metáfora deberemos concluir que el cauce y los muelles del Nervión son, aproximadamente, las arterias de nuestro organismo chirene y metropolitano. Como es sabido, las arterias son unos conductos que conviene tener relucientes y sin obstrucciones. Es, según dicen, el modo de evitar infartos, aneurismas y demás variantes del popular jamacuco.
El problema es que nuestra ciudad no tiene esas arterias como para andar presumiendo. Lo sabemos porque en los últimos años nos han dado algunos sustos. El peor ocurrió en abril de 2001, cuando parte del muelle de Urazurrutia se desplomó, obligando a desalojar a una veintena de vecinos. No hubo heridos, pero aquello puso a la ciudadanía sobre aviso. No parecía presentable que en la afamada capital del titanio hubiese zonas susceptibles de hundirse repentinamente en el verdoso lecho del Nervión.
En 2004 fue el muelle de Uribitarte el que se nos vino un poco abajo. Ocurrió cerca de la pasarela de Calatrava y se organizó su porción de revuelo. El último episodio tuvo lugar hace un año en Atxuri y fue de menor importancia: el desgaste hizo caer parte de la pared situada tras la estación de tren. No hay que ser un lince para deducir que los muelles bilbaínos llevan tiempo avisando. Tocamos a un derrumbe cada tres años y, en teoría, faltan dos para el próximo. Se impone la necesidad de hacer un diagnóstico exacto de la salud de esos muros y acometer su saneamiento. Lamentablemente, las administraciones que tienen mano en el asunto (Ayuntamiento, Autoridad Portuaria y Dirección de Costas) han pasado años enfrascadas en un conflicto de competencias que comenzó a resolverse hace más de un mes, cuando el Tribunal Superior de Justicia de Madrid dictaminó que los muros de contención son de titularidad estatal. Ahora parece que por fin se pone en marcha el convenio que las tres entidades firmaron en 2006. En septiembre, si el tiempo no lo impide, comenzará a estudiarse la situación de los muelles: el paso previo a su rehabilitación. Esperemos que esta vez sea la definitiva, aunque quién sabe. 'Burocracia', se llamaba la tortuga de Mafalda, aquella niña argentina de verbo afilado y pelo extraño.
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