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DE CUANDO EN CUANDO

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Fausto Lasuen era un vecino de Berriz, que allá por los finales del siglo XIX -la noticia se publicó en 1886- tenía en su caserío un gallinero con el que disfrutaba haciéndose suculentas tortillas y nutritivos caldos. Caldos de gallina se entiende.
Pero los cacos de aquella época, que no tenían miras tan altas como los de ahora (qué ladrón del siglo XXI se rebaja a robar gallinas?), echaron el ojo al gallinero de Fausto y una noche de marzo, amparados por las sombras -posiblemente no había luna- se llevaron trece ejemplares de gallinas ponedoras. Aunque supongo que no lo hicieron para aprovechar sus huevos, sino más bien sus muslos y pechugas.
Nunca he entendido el robo de gallinas por una razón muy sencilla que comprenderán todos los lectores. ¿Quién no conoce el temperamento de estas aves de corral? Porque las gallinas, a poco que se las moleste, sobre todo durante el sueño, suelen organizar unos alborotos que se oyen a distancia, y los rateros, por regla general, prefieren trabajar en silencio.
Cuando Fausto apareció por la mañana en el gallinero y se dio cuenta de que estaba vacío -me imagino que los ladrones no iban a dejar alguna gallina para que pidiera socorro cacareando-, acudió como es lógico a la Guardia Civil. La benemérita inició entonces las pesquisas pertinentes, que dieron como resultado la detención de una mujer del mismo pueblo, en cuya casa fueron halladas las gallinas.
Y aquí es donde yo quiero dejar constancia de mis dudas, preguntando: ¿Cómo identificaron los guardias a las gallinas? Porque según mi experiencia, todas las gallinas se parecen y se me antoja muy difícil la identificación. Ni siquiera existe la posibilidad de identificarlas por las huellas dactilares.
Por eso el caso de las trece gallinas me resulta doblemente extraño: primero por el problema alborotador de los cacareos, y después por la dificultad de identificar gallinas.
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