Cada día aprieta más el calor. En Palas de Rei, el pueblo de Pepiño Blanco, vicesecretario general del PSOE y azote del PP, que tiene su casa detrás del albergue municipal, desayunamos las mejores tostadas del camino hasta la fecha, en la pensión Plaza. Cedemos el sitio a dos jóvenes húngaras que se disponen a hacer lo propio. La caminata resulta agradable. Nos rebasan dos chicos madrileños a un paso vivo, al que nos sumamos con la respiración agitada. Ángel y Jorge, de Pinto y Alcobendas, empezaron a caminar en Ponferrada. La charla con ellos resulta ágil. En pocos minutos Jorge o Jordi, de padre catalán, nos cuenta que está opositando a policía nacional por tercera vez y que se está preparando a fondo. Se conocieron hace tres años trabajando para una empresa de 'El Pocero', que terminó implicada en un caso de corrupción. Uno llevaba una hormigonera y el otro una grúa.
Han decidido peregrinar al alimón porque se sienten «muy afines». Llevan el mismo ritmo y a sus respectivas novias les gustan otros planes para las vacaciones, como «la playa y un hotelito tranquilo». Envenenado, Jorge ha llegado a caminar hasta 60 kilómetros en un día, desde Ferreiros, un pueblo anterior a Cebreiro, hasta Melide. Terminó de andar a las nueve de la noche y se comió varias raciones de pulpo 'a feira' sin pestañear. Batió su récord de 6 kilómetros a la hora (lo normal es ir a un ritmo de 4).
En la primera parada, en Leboreiros, en un bar llamado Los Dos Alemanes (Die Zwel Delitschen), dentro ya de la provincia de A Coruña, nos encontramos con nuestros amigos de Benidorm, sentados en una terraza al sol. Natalia y su hermana vuelven a caminar, aunque no en plena forma, después de pasar un día lesionadas. De repente, salen de una esquina siete caballos en fila. Sus jinetes son alemanes, de Berlín. Sabrina, la amazona que encabeza a estos peregrinos de la empresa Hufbeschlagartikel Reitershop Philipp, de Poaareb-Glien, nos cuenta que partieron de Fonsagrada (Lugo), en el Camino del Norte, que discurre por la costa cantábrica, y pasa por Bilbao, Castro Urdiales... y que han recorrido de 25 a 30 kilómetros al día. Vestida con un gorro a lo Indiana Jones y una camisa blanca con cordones, monta a una yegua llamada Galia, de color blanco tostado con pecas oscuras y unos sorprendentes ojos azules claros.
Según dice, los animales «lo llevan muy bien». El año pasado empezaron en los Pirineos, en San Juan a Pie de Puerto. No todos los albergues del camino permiten guardar caballos, aunque es una de las formas de peregrinar para conseguir el jubileo. «Nos quedamos siempre en pueblos pequeños donde hay algún prado, le preguntamos al dueño si le importa y todos se alegran de ver a los caballos, la gente aquí es muy amable», agradece. En dos días llegarán a Santiago. Tendrán que entrar antes de las diez de la mañana, por estrictas normas del Ayuntamiento. «Dicen que tienen que limpiar los excrementos y que más tarde habría turistas, gente haciendo compras... Tendremos que hacernos la foto corriendo y marcharnos», se resigna Sabrina.
El viaje por carretera desde Berlín les costó tres días. Los caballos iban en remolques. Algunos de los jinetes peregrinos tienen «una motivación religiosa, pero la mayoría lo hacen para conocer el camino, una ruta histórica tan importante para toda Europa», justifica Sabrina. Lo que más les ha gustado han sido «los paisajes maravillosos, que cambian cada día, las iglesias, el arte...» Se alegran de que haga tan buen tiempo. Sabrina ha vivido seis meses en Madrid y también en Galicia. «Me gusta mucho el país, ¡la gente es tan amable y simpática!», sonríe.
Hambre voraz
Quedan sólo 55 kilómetros para Santiago, nos chiva uno de los cientos de mojones indicativos colocados cada medio kilómetro en Galicia. Nos volvemos a encontrar de frente con Danielle, la mujer que peregrina al revés, quien lleva recorridos 3,4 kilómetros para coincidir con su marido en la mitad de la etapa. Le recomendamos que en Melide hagan una parada en Casa Ezequiel y coman pulpo. Luego nos lo agradecerán.
A la entrada de Melide se sitúa el Bosque de los Peregrinos, donde se alza un joven roble con una placa en memoria a Miguel Ángel Blanco, el concejal de Ermua asesinado por ETA (19-7-97). Sus padres son de esta localidad coruñesa, como tantos otros emigrantes gallegos en Vizcaya, que regresan en sus vacaciones. De fondo suena el 'cri-cri' de los grillos. El paisaje empieza a cambiar. Los castaños y robles dan paso al pino y el eucalipto, un árbol que arrasa la tierra en la que se planta.
A mediodía llegamos con hambre voraz a Casa Ezequiel, la pulpería de Melide en la que tradicionalmente los peregrinos paran a comer. El negocio lo abrieron Ezequiel y su mujer justo después de casarse, en 1960. Dentro de dos años cumplirá las bodas de oro. Entonces, cocían el pulpo en la calle y cuatro mujeres vestidas de negro les ayudaban a cortarlo y servirlo. Los comensales se sentaban en bancos corridos y las mesas eran tablones. Hoy, el 'alma mater' está jubilado y su mujer sufrió recientemente una trombosis de tanto trabajar. Ahora llevan las riendas su hija Mercedes y su yerno Jorge, un digno sucesor que ha aprendido el oficio de cocinar el octópodo al estilo de la casa.
La pulpería ha sufrido varias remodelaciones y, aunque mantiene la esencia, tiene capacidad para 600 comensales. Jorge desvela que el secreto de su receta es «que el pulpo sea del país», mientras extrae de un cubo varios cefalópodos rosados. «Los congelamos de ocho a diez días para matarles el nervio». Ezequiel vende 150 kilos de pulpo al día, y eso que «se nota la crisis; hace dos años eran 300 kilos». La gente llega por oleadas; las mayores, de 1.30 a 4, y por la noche, sobre todo los sábados y domingos.
Pimienta y sal gorda
Jorge cree que los peregrinos acuden en masa a su local, en el que lleva trabajando 18 años, «por la forma de atenderles. Nosotros y todo Melide, si no es por los peregrinos, estaríamos a verlas venir», señala pasándoles los dedos por la nariz en un claro gesto. «Muchos dicen que son un estorbo, pero no», sentencia.
Primero calienta el agua. «El pulpo tiene que estar tieso, las hembras no se comen porque son como goma al masticar». «Lo tengo diez minutos hirviendo y después hora y media de descanso en el agua», detalla. Una vez listo, se corta con unas tijeras y se sirve sobre platos de madera. El toque final es la sal gorda y el pimentón, que se vierten de botes de colacao con agujeros en la tapa, a modo de salero. Cada ración cuesta seis euros. El pulpo se acompaña con cachelos, pan de aldea y otras delicias de la gastronomía gallega, todo ello regado con tazas de vino blanco ribeiro. De postre ofrecen a elegir una tarta de Santiago empapada en oruxo o una de queso de la tierra. Por último, un café de puchero y chupito. El efecto del alcohol se nota en los peregrinos -japoneses, ingleses, australianos... comiendo pulpo a dos carrillos- que terminan cantando y montando un gran alboroto.
No para de entrar gente. «Este negocio te da para criar a tus hijos y vivir relativamente bien, dándote algún pequeño lujo en verano, pero en invierno no hay gente». Mientras nos habla, Jorge está pendiente de las mesas y de los clientes que entran. «He aprendido a respetar a quien te deja un duro y a dar de comer a quien no tiene». Es la filosofía que tanto éxito ha dado a sus suegros.
En una de las mesas se sienta un grupo canario; en realidad son «cuatro 'conejeros' (de Lanzarote) y un canarión, que les trajo a todos». Sergio, Marcial, Paco, Paco Juan y Pedro. El primero, que ata su pelo rizado negro en una coleta baja, se confiesa un poco desencantado. Le fastidia el afán de la gente por llegar a los sitios. «Santiago no lo es todo, lo importante es el camino. Nosotros nos vamos relacionando con los lugareños, no tenemos prisa, pero algunos peregrinos sólo piensan en llegar al albergue, no disfrutan. Esto es un jolgorio, la gente va en gua-gua (autobús), ¿qué camino es ése?», protesta. Empezaron en Cebreiro, y no planean las etapas, sino que paran y duermen cuando se sienten cansados; tampoco saben cuándo van a llegar a Santiago. Juan lo ha pasado bastante mal. «El lunes estuve caminando con fiebre, y además tengo una lesión muscular, pero no quiero abandonar».
Con la tripa llena de pulpo y el Ribeiro corriendo por las venas, los peregrinos continúan su marcha. Aún quedan 13 kilómetros y medio hasta Arzúa. ¡Puf!