'Madre e hija inmigrantes sin papeles a la espera de plaza en un piso'. 'Problemática de adicción en tratamiento, pendiente de valoración para piso de apoyo'. 'Solicitante de asilo'. 'Alcohólico crónico. Convaleciente'. 'Inmigrante a la espera alojamiento autónomo con ayuda eco- nómica gestionada a través de Cear'. El informe del programa de media estancia en el albergue de Elejabarri, un día cualquiera del año pasado, refleja diferentes situaciones personales, pero hay un concepto que se repite: todos están a la espera.
Hace tiempo que el centro bilbaíno dejó de ser «una puerta giratoria» por la que entraban y salían indigentes que iban de una ciudad a otra. La figura del 'carrilero' «es cada vez más minoritaria y todos tratamos de que no exista», dicen los técnicos del servicio. El objetivo es poner a su alcance algo más que un techo, un proceso que les ayude a encontrar su sitio. Cuando en 1999 se inauguró Elejabarri, el albergue más grande de la ciudad, las normas eran muy estrictas: tres días de alojamiento cada tres meses. Pronto se quedaron pequeñas ante la realidad social, que demandaba el paso de las políticas asistenciales a las de atención integral.
Poco después se puso en marcha el programa de media estancia, un periodo de transición hacia recursos más específicos o hacia una vida autónoma que exige un compromiso del beneficiario. La media es de dos meses, aunque a veces eso no basta, ni tampoco tres, y si se ponen límites se rebasan. «Cada vez la gente está más tiempo por las dificultades de encontrar una salida», explica el concejal de Acción Social, Ricardo Barkala. En 2007 hubo 17 personas que estuvieron entre cuatro y seis meses y seis que se quedaron más de medio año. En lo que va de 2008, ya son 26 los huéspedes que superan la estancia media.
A veces falla el servicio al que estaban encaminados o no tiene plazas disponibles. La lista de espera se traslada entonces a Elejabarri, que cuenta con 61 camas: 40 para el programa de media de estancia y el resto para los que se quedan menos de una semana. En 2007 pasaron por estas instalaciones 1.313 personas distintas, cuando en el anterior ejercicio fueron 2.210. Tan importante descenso no significa que haya menos necesidad, sino que a la gente le hace falta más tiempo.
«Buscarse la vida»
Muchos aguardan a que se abra un hueco para ellos en centros especializados en dependencias o problemas de salud mental, o en pisos de apoyo a inmigrantes. Otros están a la espera de cobrar su primer sueldo tras una mala racha. Y algunos están en condiciones de vivir por su cuenta pero, simplemente, no tienen adonde ir. «Hay extranjeros que, incluso aunque estén trabajando, tienen dificultades para alquilar una vivienda», afirma el jefe de sección de Inclusión y Urgencias Sociales, Txema Duque.
Las situaciones más duras son las de las madres inmigrantes. Algunas mujeres llegan con su bebé recién nacido. No quieren separarse de él, pero tampoco pueden ofrecerle un sitio donde vivir. «Ahora tenemos dos casos con un pronóstico difícil», dice el responsable del servicio. En 2007 hubo una familia alojada con cuatro hijas de 7, 6, 3 y un año de edad.
Los inmigrantes son mayoría en el albergue. El 72% de las personas atendidas en lo que va de año son extranjeras, cuando en 2005 el porcentaje era del 55%. 'Recién salido de un centro de menores' es una de las tarjetas de presentación más habituales. Los chavales que al cumplir los 18 quedan fuera del sistema de protección cuentan con el apoyo del proyecto Hemen, en el que participan seis asociaciones, pero la búsqueda de alojamiento y papeles suele demorarse.
Los responsables municipales intentan acortar las estancias, conscientes de que si se forma un cuello de botella «hay gente que se queda sin atender, porque el servicio tiene un límite». Trabajan con los centros de destino y con los usuarios, que participan en talleres y centros de día con programas individuales de inserción. «La gente que no tiene patologías lo que debe hacer es buscarse la vida», resume Duque, que reclama alojamientos «más flexibles y normalizados» para evitar la saturación de los servicios sociales. «No debería ser tan difícil acceder a una vivienda», se queja. Del albergue se sale en distintas direcciones. En el primer semestre de este año, el colectivo más numeroso, 46 personas, ha empezado a vivir por su cuenta. 36 han ido a centros especializados y 27 han decidido marcharse porque «rechazan el acompañamiento social» y prefieren vivir con sus propias reglas, aunque han ganado en «autonomía personal». También ha habido diez expulsiones por incumplir las normas de forma reiterada y por «comportamiento agresivo».