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02.08.08 -

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«Espero que el lunes se encuentren con siete mil reclamaciones»
Usuarios de la línea 40.
Los conductores de Bilbobus a los que ayer les asignaron la línea 40 no olvidarán este 1 de agosto. Pagaron un pato de otro y llegaron a temer por la integridad física de muchos usuarios, embutidos, como pocas veces se ha visto, hasta ocupar cada rincón posible de cada autobús a Santutxu. Los viajeros llegaban 'encendidos' a su mostrador después de una interminable cola de pasajeros que no se alivió en todo el día. Y pedirles el precio del billete colmaba el vaso de muchos viajeros, que descargaron su furia en la puerta del 'bilbobus'.
La mayoría daba por hecho que las incomodidades terminaban con la maniobra de salir del metro, cruzar la calle, esperar una cola, viajar estrujado y tardar el triple en llegar al barrio. «¡Cómo que no vale el pase del metro!», replicaba indignada una de tantos usuarios que pronunció ayer esta frase. «Señora, esto es un autobús, no es el metro. Son compañías distintas y nosotros no tenemos nada que ver con las obras», explicaba el chófer. Viajero tras viajero, exabrupto tras exabrupto, los autobuses parecían estirarse como un chicle para hacer hueco a tanto mal humor, pero la situación terminó rozando la caricatura.
Cadena humana
En medio del caos, el conductor organizó una cadena humana para que todos los viajeros apiñados en la parte delantera del vehículo pudieran 'picar' el billete. Los creditrans iban pasando de mano en mano, cumplían con la canceladora y volvían a su dueño. «Esto es inaudito. ¿Cómo tengo que reclamar?», preguntaba otro pasajero. La mayoría estaba ya bien informado. El personal de atención al público del suburbano no dudaba en explicar a todos los viandantes que les asaltaban en los fosteritos -cientos- que debían «guardar una fotocopia del billete, bajar con ella a una ventanilla y pedir una hoja de reclamación». Estas instrucciones corrieron como la pólvora en el '40'.
Subir al autobús era difícil; cerrar las puertas, más. Pero después, a los conductores les tocaba iniciar la ruta con viajeros pegados al parabrisas -con el consiguiente peligro- y lidiar con los gestos, y algo más, de los usuarios de las siguientes paradas, que, por supuesto, se quedaban en tierra una y otra vez. Tenían dificultades, incluso, para abrir las puertas traseras por la acumulación de viajeros y terminaron por explotar.
«Espero que el lunes se encuentren con siete mil reclamaciones», exclamó uno de los chóferes. «Es incríble que el metro se lave las manos en una situación como ésta. Luego ellos se llevan la gloria dando datos de todos los usuarios que tienen a lo largo del año, pero a nosotros nos cargan con todos los marrones», protestaba. Nunca se les había hecho tan largo el trayecto de 20 minutos que separa la Gran Vía y Basarrate.
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